LA BASÍLICA DE SAN ISIDORO DE LEÓN ES UNA DE LAS JOYAS MÁS REPRESENTATIVAS DEL ROMÁNICO

El sospechoso grial de doña Urraca en el Camino de Santiago

El sospechoso grial de doña Urraca en el Camino de Santiago

Por la mañana temprano, Juan llevó a Sergio al aeropuerto. Antes de salir había vuelto a decirme que teníamos que hablar, aunque fuera la última conversación si así lo deseaba. Le di recuerdos para Esteban y ánimos para Catalina, si es que podía verla, cosa poco probable. Nos dimos un beso de despedida y un abrazo silencioso en el que sentí que me entregaba el alma. Me quedé con ese sentimiento, pero enseguida alejé su imagen de mi mente.

George se despidió de todos prometiendo volver en unos días. Virginia y Enrique decidieron alquilar bicicletas para recorrer los monumentos. A mí me hubiera gustado, pero preferí quedarme y atender a Teresa. Hacía tiempo que no hablábamos distendidamente y me apetecía, aunque sabía que me iba a dar la tabarra con Sergio.

Me sentía liberada. De pronto me encontraba sin Sergio y sin George. Era el primer día de libertad desde que había empezado el Camino y estaba dispuesta a disfrutar de manera consciente esa situación.

Empezamos nuestro tour por la catedral, consagrada a Santa María de Regla. Los grandes templos siempre tienen una historia anterior a su existencia, prueba de su origen trascendente. El enclave fue elegido por los romanos de la Legio VII Gemina para la construcción de las termas que ocupaban un espacio superior al de los edificios actuales. Era costumbre que el Imperio romanizase los lugares indígenas de culto ancestral y este no fue una excepción. Las termas fueron transformadas en palacio real durante la reconquista cristiana y después en templo. Tras ser destruida la catedral primitiva por Almanzor se construyó una nueva, patrocinada por la monarquía, al mismo tiempo que se edificaba la Basílica de San Isidoro. El templo se levantó siguiendo los cánones de la estructura románica, aunque se utilizó el arco de herradura como elemento decorativo. Un siglo después se construyó la tercera y definitiva, una de las grandes catedrales góticas, de influencia francesa, con el sobrenombre de Pulchra leonina.

Todavía teníamos reciente el recuerdo de las catedrales francesas de Amiens, Notre Dame, Reims, Chartres o Saint Denis. La de León, igual que la de Burgos, se inspira en elementos de esos templos.

Las paredes se redujeron al mínimo para ser sustituidas por vidrieras de colores que la hacen única en el mundo; alrededor de mil ochocientos metros cuadrados de cristal, lo que permite irisaciones maravillosas capaces de causar éxtasis en los visitantes. Destaca el gran rosetón del pórtico central entre las dos torres. Desde la primera construcción, uno de los principales inconvenientes fue la dificultad en la cimentación. Se llegó incluso a decir que había un topo que durante la noche hacía socavones y les deshacía el trabajo.

La Basílica de San Isidoro es una de las joyas más representativas del románico. Se levantó para acoger las reliquias de San Pelayo, el niño que sufrió martirio en Córdoba en tiempo de Abderramán III. Está edificada posiblemente sobre un templo romano. La parte occidental está adosada a la muralla, de la cual quedan bastantes tramos bien conservados. Bajo los edificios de la colegiata se han encontrado numerosos vestigios pertenecientes a la Legio VII. San Isidoro fue palacio de Fernando I y doña Sancha, abuelos de la reina Urraca de León y Castilla, la de la copa.

Entramos por la Puerta del Perdón, situada en la fachada sur del crucero, llamada así porque por ella entraron los peregrinos de todas las épocas para conseguir el perdón y las indulgencias. María y yo colocamos la silla de Teresa al final de un banco de la nave central, nos sentamos y allí permanecimos en recogimiento durante un buen rato. Las tres enviábamos al cielo nuestras plegarias, cada una en su código, en consonancia con nuestra concepción cosmogónica del mundo. Estaba segura de que nuestros dioses también eran distintos. El de María es un Dios quisquilloso que se ofende por nada y exige sacrificios y entrega total. Teresa coloca al Arquitecto del universo en una posición mucho más alta. Mi visión de la Primera Causa es tan inmensa que solo puedo situarlo entre el agnosticismo y el panteísmo. Si tuviera que personalizarlo diría que mi Dios tiene un gran sentido del humor y que muchos de nuestros pecados le producen más gracia que enfado.

La plaza de San Isidoro era un hervidero multicolor de excursionistas, peregrinos, vendedores de recuerdos, músicos y cuentacuentos. Virginia y Enrique habían interrumpido su paseo en bicicleta para reunirse con el grupo y visitar el museo todos juntos. El grial estaba resultando un reclamo importante, pero nosotros íbamos con mente crítica. El cáliz de Urraca forma parte del tesoro de San Isidoro y su existencia está documentada desde el 1054. Nos acercamos a la vitrina y allí nos mantuvimos durante varios minutos.

—Hablamos del grial de León en San Juan de la Peña y dijiste que continuaríamos la conversación cuando estuviéramos ante él —me recordó Virginia—. Pues aquí está… Y la verdad, este es mucho más bonito.

—Siempre se conoció como el cáliz de Urraca —dije—. Bonito sí es, pero nunca se relacionó con el grial.

Teníamos ante nosotros una copa de cerámica con revestimiento de metal y piedras preciosas que, según la tradición, habían pertenecido a la propia doña Urraca.

Dos historiadores actuales sitúan su origen en Egipto. La investigación que llevaron a cabo no se ceñía exclusivamente al grial, sino que englobaba una serie de objetos de procedencia musulmana. Mientras los catalogaban descubrieron un arca de plata que había pertenecido a un visir del califa de la dinastía Fatimí, en la que se supone que fue trasladado el cáliz. Entonces enviaron a Egipto a un documentalista, y este descubrió en una biblioteca unos pergaminos del siglo XIV que establecen que hacia el año 400 la copa salió con otras piezas del Santo Sepulcro de Jerusalén. Se ignora dónde estuvo durante los cuatro primeros siglos.

Según las recentísimas conclusiones, Fernando I, llamado el rey de las tres religiones, habría recibido el cáliz como regalo del emir de Denia, en agradecimiento por la ayuda del rey cristiano para paliar una hambruna en la taifa de Levante. Otras fuentes indican que la hambruna fue en Egipto y que el agradecido era el califa.

—¿Crees que tiene más credibilidad este que el de Valencia? —preguntó Virginia—. Porque mira cuánta gente hay para visitarlo. ¡Vaya cola!

—Ya sabes lo que pienso —dije—. De haber uno auténtico, creo que es el de Valencia. Yo no soy una experta, pero me guío por la opinión de los estudiosos. Este es muy sospechoso y tiene muchos críticos. Es muy llamativo que si Fernando I tenía el Santo Grial en su poder, lo hubiese mantenido en secreto.

—Dicen que quizá consideró que era una pieza demasiado valiosa como para darla a conocer y arriesgarse a perderla— apuntó Enrique— , y lo mismo debieron hacer sus sucesores Alfonso VI y la reina Urraca.

—Sin embargo —insistí—, no es muy creíble que si Urraca y sus antecesores tenían en su poder la copa de la Última Cena no lo hubieran hecho público para aumentar su poder, en un tiempo en el que las reliquias eran muy codiciadas. De hecho, Alfonso II construyó la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo para acoger las que había mandado traer desde Toledo, que allí siguen: el Santo Sudario, la Cruz de los Ángeles y la de la Victoria, el arca de las Ágatas y otras algo surrealistas, como una ampolla con leche de la Virgen, cabellos del profeta Elías, tierra con la que el Creador formó a Adán, maná del desierto, cinco espinas de la corona de Cristo, restos de pan del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, huesos de los santos inocentes… Como se creía que las reliquias ejercían una influencia benéfica, el fin era reunir el mayor número posible para que ese poder fuese mayor. Esto concitaba muchos peregrinos; ese era el fin. Imaginaos que los reyes de León hubieran anunciado que el Santo Grial de Cristo estaba en San Isidoro. Automáticamente, León se habría convertido en un centro de peregrinación de primer orden, mayor incluso que Santiago. ¿Os dais cuenta de lo que eso hubiera significado?

—Es razonable lo que dices —convino Teresa—, pero parece que el origen de esta copa está respaldado por documentos.

—Puedo equivocarme —manifesté—, pero me atrevo a decir que es una gran estafa o una trampa de alguien, una especie de conspiración. No sé orquestada por quién ni cómo. Alguien ha ido dando pistas para llegar ahí, pero creo que son pistas falsas…, y «se han pasado» con las pruebas. Han querido cuadrarlo tanto que han hecho desconfiar. Por un lado, se dice que la copa tenía poco valor material y que Urraca donó sus propias joyas para decorarla. Por otro, según los pergaminos, cuando Saladino autorizó su traslado quiso quedarse con una esquirla que le arrancaron con una gubia, que escondió entre sus tesoros… y, ¡oh casualidad!, al cáliz de Urraca le falta un trozo, una especie de bocado. Eso me parece excesivo. Pero ahí no acaba todo. Lo más grave es que Saladino nació en el año 1138, y el grial llegó a León en el 1054. Los tiempos no casan. No entiendo que esto se les haya escapado. Yo creo que es una estafa urdida recientemente.

—Para mí no tiene ninguna credibilidad —expresó Enrique—. Si en esa época estaban orgullosos de un trozo de la corona de espinas, una astilla de la cruz o la sandalia de San Pedro, ¡cómo estarían con el grial! Yo no creo nada de esto. Si Saladino hubiese tenido el cáliz, nunca lo hubiese regalado a un rey cristiano. En todo caso, habría negociado directamente con algunos de los reyes involucrados en las Cruzadas.

—¿Y por qué creéis que han urdido todo esto? —preguntó María.

—Por una cuestión de economía. La Iglesia obtiene un gran beneficio y el comercio también. Ahora todo está centrado en esto: galletas, pastelitos y bombones con forma de grial, réplicas de la copa… El eslogan de los empresarios es bien claro.

A través del cristal mirábamos el grial con sus joyas engarzadas intentando ver el hueco de la esquirla de Saladino. Los muy críticos opinan que el grial de León es solo una réplica, un souvenir comparable a las conchas de vieira fabricadas en China, que se venden en Compostela. No es creíble que un objeto tan buscado, tan cantado, por el que se derramó tanta sangre y al que se dedicaron tantas horas de estudio, haya sido un regalo de un reyezuelo de taifas a un rey español. Y, sobre todo, que se haya mantenido oculto hasta ahora.
(De mi novela El Códice de Clara Rosenberg. De Roncesvalles a Compostela, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2016).

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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