OPINIÓN

Victor Entrialgo: “Anormalidades democráticas”

Victor Entrialgo: “Anormalidades democráticas”

En España no hay presos politicos sino políticos que no estan presos.

En esta «nueva anormalidad» que padecemos los españoles, el vicepresidente del gobierno decide lo que es democrático y lo que no. Y lo dice justo antes de que se vuelva a comprobar en las elecciones catalanas, la falta de proporción y legitimidad de la representación que ostentan, él y su secta, que ya iba camino de su desaparición cuando «otra nueva anormalidad» de Sanchez los rescató del ostracismo.

“En España no hay normalidad democrática”, según Iglesias, poniéndose una vez más de parte de los golpistas o de las potencias extranjeras frente a España, de la que para vergüenza de los españoles es su vicepresidente. Él lo dice sólo por interés electoral, porque Cataluña le trae al pairo, no como a mí, que la aprecio y quiero.

Y lo dice, porque el fugado Puigdemont, después de infinitas advertencias, llevó a término un golpe de Estado proclamando, el 27 de octubre de 2017, -y en el seno de una Monarquía Constitucional-, una República que no duró ni un minuto, huyendo acto seguido en el maletero de 7n coche como un cobarde, dejando a sus cómplices abandonados, renegando de los hechos y protestando desde la cárcel.

En España no hay normalidad democrática, dice “el viceokupa del Estado”, porque en el golpe de estado de los separatistas catalanes no hubo bombas ni asesinatos. “Pero pudo haberlas”, es lo que omite, como si un golpe de estado no fuera mecha suficiente para haber provocado cualquier cosa.

En España no hay normalidad democrática, -dice el ínclito,- porque en «esta nueva anormalidad»  el Tribunal Supremo ha confirmado la pena a quien desde la flojedad de su sesera otro modo de llamar la atención que «enaltecer el terrorismo e injuriar a la Corona,» lo que quiere decir, conducirse contra la Constitución, contra el código penal y contra todos los españoles. Y luego, creerse Nelson Mandela.

Pero, -en el fondo,- Iglesias tiene razón. “En España no hay normalidad democrática”. No puede haberla con un Gobierno cuyo vicepresidente es alguien que para llegar ahi ha tenido conexiones con Venezuela, Rusia e Irán, y por lo visto con sus declaraciones, sigue cuidándolas.

Que el ministro de exteriores ruso diga las estupideces que ha dicho de la democracia española es normal. No la conoce. Que lo diga el conocido como “matrimonio Ceaucesu» desde dentro del Gobierno no es normal, es anormal. Eso sí que es un escándolo: que desde la vicepresidencia del Gobierno se cuiden y defienda en momentos delicados los intereses de potencias extranjeras, en lugar de los de España. Porque entre actuar en contra de los intereses de la Nación desde la vicepresidencia del Gobierno en beneficio de potencias extranjeras formando parte de la comisión de control del CNI y la traición no hay más que un paso.

Artículo 584.

El español que, con el propósito de favorecer a una potencia extranjera, asociación u organización internacional, se procure, falsee, inutilice o revele información clasificada como reservada o secreta, susceptible de perjudicar la seguridad nacional o la defensa nacional, será castigado, como traidor, con la pena de prisión de seis a doce años.

En España no hay normalidad democrática, porque ni sus sucesivos gobiernos ni la Nación parecen querer defender suficientemente su democracia, de políticos que la atacan desde Rusia, Bruselas, Suiza, Cataluña, o desde el propio Consejo de Ministros.

“El constitucionalismo en Cataluña” ha de saber que, -si no acude a las urnas por culpa del coronavirus que nos ocupa, el separatismo adoctrinado sí va a ir y ante la dejadez de los sucesivos gobiernos es mucho lo que está en juego y las cosas pueden ir a peor.

Ha tenido que ir a Borrell a Moscú para que algunos se enteraran. Comparar a Navalny, que pretende democratizar la Rusia de Putin y se rebela contra la potencia que le envenenó, con la fregona de Puigdemont, que proclamó una República separatista de ocho segundos en el primer Estado moderno unido de la historia y salió escondido en un maletero es, evidentemente, comparar a un valiente con un cobarde.

Eso sí que es un escándalo y una anormalidad democrática.

 

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