OPINIÓN

F. A. Juan Mata Hernández: «Un esperpento entre putas y dioses de purines»

F. A. Juan Mata Hernández: "Un esperpento entre putas y dioses de purines"

«Entre el mundo de las putas y el mundo de Dios, como un río entre dos reinos, se extiende un intenso olor a orina» (Milán Kundera. “La insoportable levedad del ser”)

¿Qué vende un personaje esperpéntico como Hasél para enardecer a algunos jóvenes? ¿Qué es lo que compran quienes se lanzan con violencia a destruir la convivencia? ¿No son quienes alientan esos sucesos más culpables que quienes los realizan?

No he visto en mi vida un portavoz político más impresentable. Su opinión “¿mal expresada?” “¿Peor entendida?” rebasó ampliamente la línea roja que marca el límite de lo que en política se puede considerar como “razonable” y echó más gasolina a las hogueras que iluminan estos días la bella ciudad de Barcelona. No, no es fácil entender lo que está pasando desde la lógica de quienes deseamos vivir en un mundo de “orden y justicia”; aunque dudo que nuestro “desgobierno” pretenda alcanzar ese fin para quien no esté a su lado. La obsesión de esos políticos es épica: persiguen el éxito manipulando la opinión con la complicidad de muchos medios, unos afines por ideología y otros por pura subsistencia, «se creen dioses y mean sobre nosotros» así se explica en parte ese olor a orina que cita Milán Kundera.

No sé con qué estomago puede alguien apoyar impunemente la destrucción indiscriminada de bienes y personas, porque esas hordas son hunos, con hache, aprendices de diablos que no reparan en medios para calmar su ira. Pueden apalear a una mujer tendida en el suelo mientras sus “feministas” callan y miran a otro lado sin rubor. Nada nuevo por estos lares, sin duda, porque ese tipo de nazismo que entusiasma a la izquierda y al separatismo, ya lo conocimos en los prolegómenos de la guerra civil.

Sin duda no vivimos en el “reino de la putas”, las prostitutas, con todos los respetos, son muchos más dignas que lo que estamos viendo. Nuestro mundo es precisamente ese río de orina y podredumbre, donde prosperan rufianes proxenetas, en el valle que separa aquél del de Dios. Es un mundo de tristeza silenciosa, en el que apena sobresaltan las indecencias y el cinismo político de uno y otro signo, porque es la lógica consecuencia de una sociedad que destierra los valores éticos y estéticos. Nuestros dioses de purines desprecian la educación, el respeto a los símbolos, a las personas, a las instituciones, a las propias normas de convivencia, y esto que ocurre ahora es un avance del cielo que nos ofrecen.

Yo escribía, no hace mucho, advirtiendo que estamos perdiendo todas las guerras por el “buenismo” imperante. A veces salta la chispa del enfado y es cuando percibimos el olor nauseabundo de todo lo que hemos dejado pudrir. Son gritos de rabia de quienes golpean y de los golpeados, unos y otros tienen sin duda sus razones, pero sería injusto tratarlas por igual. Los jóvenes de nuestro país afrontan una vida llena de inseguridades y precariedad; es el tributo debido a la degradación de los ideales que construyeron la sociedad en que vivimos. Europa fue un fortín de la cultura que se apoyaba en el cristianismo como vía y como meta hacia el Reino de Dios, ese que vemos cada vez más lejos desde el caudaloso río de orina. Y ellos, los jóvenes, tienen derecho a disfrutar de una vida plena. Hace falta reconstruir puentes para pasar este gran charco y rechazar el falso mensaje de quienes pretenden ganar los votos de la pereza y la mediocridad. Pero las herramientas adecuadas para lograrlo, lejos de la ira y de la violencia, son el humor, el trabajo, la fe en Dios y el análisis crítico.

Humor, para reír la fragilidad del fracaso y la fatuidad del éxito; para desoír llamadas a la violencia que sólo aprovechan a quienes las animan.

Trabajo, porque todo hombre y mujer tiene una capacidad para crear si somos capaces de encontrarla en el silencio y la meditación. Y porque todo trabajo es digno si se obra con dignidad.
Fe, aunque nos remuerda la conciencia haber creído en falsos dioses que nos han defraudado mil veces.

Porque hay un Padre Dios que no defrauda, que comprende todo y a todos; que perdona y olvida siempre, aunque no se lo pidan.

Análisis crítico, para abogar, fiscalizar, comparar, meditar y juzgar después los hechos, sin delegar esa función en otros que, muchas veces, tratan de ocultar desatinos propios clamando contra pequeñas, medianas y, sólo a veces, graves faltas de sus enemigos.

Hacer un Reino, es desterrar virreyes, tender puentes en lugar de quemarlos. Mientras llega, caminen con mascarilla y, por si acaso, lleven paraguas.

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