OPINIÓN

Gabriel Albiac: «La voladura»

Gabriel Albiac: "La voladura"

Dictamina la primera ley de Newton que un cuerpo persevera inalterado, hasta que un vector externo venga a alterar el equilibrio de las fuerzas que lo constituyen. Es mucho más que una ley de la mecánica. Es el nacer del concepto moderno de individuo: un transitorio perseverar en el equilibrio de las potencias que en él se cruzan. Y esa composición –ya se trate de una galaxia, ya de una mota de polvo, ya de un poder humano– es siempre transitoria. Se mantiene hasta que alguno de los vectores acumule un quantum de energía suficiente para imponerse a los otros.

Los gobiernos de coalición proporcionan una escena casi de laboratorio, sobre la cual ver funcionar esa dinámica en su forma extrema. Y, precisamente por ello, el trabajo del analista debe ser, en esas situaciones, muy fino: de nada sirve aquí el tópico de la representación dual, en los términos convencionales de “derecha / izquierda” o “reaccionario / progresista”. Esos juegos léxicos son muy funcionales para generar estados anímicos favorables o desfavorables en la clientela electoral que se trata de mover, pero no dicen nada acerca de la realidad heterogénea con la que se está trabajando.

Sánchez e Iglesias dirimen, desde hace más de un año, su paciente asalto de esgrima. Y, en una partida de esgrima –o de ajedrez, o de Go– que se prolonga agotadoramente, ambos contendientes saben que ganará el que sepa cortar la inercia en el momento más favorable. Y prolongan ese aparente estancamiento, conforme a la regla en la cual Maquiavelo da la clave del triunfo político a su corresponsal Giovan Battista Soderini: “conocer los tiempos y las circunstancia y ajustarse a ellos”.

Los tiempos de la coalición que hoy gobierna vinieron dados por un procedimiento judicial: Gürtel. La intervención –entre la primera sentencia y el recurso– se ejecutó con puntualidad cronométrica. El párrafo sobre Rajoy, que acabaría por tumbar el Supremo, era mortal de necesidad en la primera instancia. Rajoy estaba muerto, si todos sus adversarios acertaban a golpear en ese momento irrepetible. Todas las incompatibilidades entre un socialismo “extraño” y un populismo en la raya misma del fascismo clásico fueron puestas entre paréntesis. Era el tiempo de tomar el poder. Y, ante eso, las hostilidades se desdibujan. Y los vectores se componen en fuerza armonizada.

Por un tiempo, por un tiempo sólo. El estado de excepción, impuesto por la pandemia, ha permitido prolongarlo mediante dos vectores potentísimos: el miedo ciudadano y la supresión real del parlamento. El horizonte que se abrirá tras la vacunación masiva –sea ésta cuando sea– anuncia un tiempo nuevo y unas nuevas circunstancias. La armonía cede al conflicto. Sánchez habrá de matar a Iglesias. O Iglesias derribará a Sánchez. Y la composición de fuerzas comenzará de nuevo. Volvemos al tiempo de las tempestades.

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