OPINIÓN

Victor Entrialgo De Castro: “No es no”

Victor Entrialgo De Castro: “No es no”

Sra. de Iglesias: “No es no”

Esta gente que necesita tantas leyes para ser libre, confunde el consentimiento amatorio con el consentimiento contractual, y lo pide todo por fax. Menos cuando se trata de ellos.

En la lucha política por hacerse con los colectivos de mujeres vale todo. El feminismo clásico de la vicepresidenta Calvo, frente al “movimiento queer” de la Sra. de Iglesias, ministra por autorización de su marido, que, cual Licurga o Solona de nuestro tiempo, exige un fax para intimar y pretende legislar frente a todos los jurisprudentes, ella que ni es jurista, ni prudente.

Como muestran los cambios de nombres, del LGTBI al “movimiento queer”, -extraño, poco usual-, ese batiburrillo de la izquierda que tras la caída del muro busca nuevos caladeros de votos, desprecia radicalmente la biología, defiende que los géneros no existen y afirma que sólo son una construcción económica y cultural.

En realidad se trata de un intento de superar el colectivo LGTBI, (lesbianas, gays, Transexuales, transgénero, bisexuales, binarios, intersex, variaciones, conmutaciones y permutaciones de dos en dos, cuestión de números…) para pastorear, también, mujeres y hombres con fobias, con paraguas, con sombrero, aficionados al punto de cruz o al color morado y demás grupos que, persiguiendo el poder, tengan a bien.

No creo que las mujeres, -salvo si viven del activismo y sus subvenciones, ya pretendan servirse de él en otros ámbitos, ya  doloridas por alguna otra legítima razón, aún desconociéndola,- necesiten ponerse a gritar histéricamente detrás de una pancarta para defender sus derechos.

A mi parecer, la mayoría de mujeres, en la reinvidicación de su identidad personal, -no sólo por su género o su vida sexual,- no necesitan que nadie hable en su nombre y pretenden, como los hombres, -quizás me equivoque,- respeto y no discriminación, así que me temo que dada la infinidad de casos y causas en las relaciones humanas, no puede existir tal apoyo sin el derecho a la presunción de inocencia del varón.

El caso es que éste gobierno tira a las mujeres de los dos brazos y amenaza con desgarrarlas, unos con el feminismo clásico y otros con el movimiento “queer” para repartir millones en subvenciones y amenaza con contagiar aún más en plena pandemia, utilizando colectivos en beneficio propio.

La manipulación de nuestro Gobierno no incluye sólo el feminismo y el odio al varón. Usa los beneficios penitenciarios para el traslado de terroristas sanguinarios, el derecho penal de autor o legisla retroactivamente para favorecer de paso que a los separatistas condenados, “al propio Gobierno”.

Todas sus actuaciones persiguen, y el pueblo lo sabe, no el interés general, como ordena nuestro ordenamiento jurídico y moral, sino sólo y exclusivamente la conservación del poder en busca de intereses particulares creando nuevas covachuelas para vivir del cuento, o sea de lo público, o sea de todos.

Por el camino quedan los auténticos derechos y desafíos de la mujer porque, detrás del empeño por cambiar las siglas y los nombres de las cosas como si así cambiaran su esencia, levantando el velo de éste feminismo histérico se llega, -como explica Jiménez Losantos,- no sólo a la manipulación electoral de los colectivos sino, -y esto es lo más importante-, a la propia financiación de los partidos políticos. Y así llegamos al meollo de la cuestión.

Hablo en general, porque sin generalizar no se puede hablar, pero yo al menos lo advierto. Algunas de las mujeres, en la pelea por encabezar las manifestaciones del 8-M con su violencia larvada, dejan entrever con su histérica representación de odio al varón, no ya lo que Anna Freud llamaba “la envidia del pene,” sino más bien el “odio, la ausencia o la envidia de relaciones”, por motivos que cada una sabrá, o quizás ignore, pero que con esa actitud difícilmente van a lograr.

Habrá que leer  «El baile de las locas,» de Victoria Más, novela de moda en Francia, ganadora del Premio Renaudot, entre otros, sobre «el valor de la mujer», por si nos hace cambiar de opinión.

Junto a la inteligencia o la belleza, el encanto de una mujer, del que a veces forman parte el pudor, el recato o el candor, el tesón, el arrojo, la voluntad, la fortaleza o la constancia no son imposiciones del hombre sino dones, atributos y armas que el varón encuentra o no, en esa eterna lucha del hombre con la esquivez de la mujer.

Por eso esas cualidades no adornan a todas las mujeres por igual, aunque se respete escrupulosamente el principio de igualdad. Y con la misma escrupulosidad el hombre distingue a la mujer que, lejos de emplear las virtudes de su condición femenina, la ocultan bajo su militancia radical para que no se vea, porque su credo ordena que han de suprimirse los géneros, cargándose así el poder profundo que en las relaciones entre sexos detenta la mujer desde el inicio de los tiempos. No sólo en los matriarcados, algunos de los cuales por cierto, en su defensa a ultranza de lo indefendible, en su instinto protector, han contribuído a justificar cualquier acto de un hijo, ya sea el vandalismo reciente o incluso los atentados de ETA.

Las contradicciones del feminismo militante llegan a defender que la lucha no se acabará hasta la supremacía de la mujer. En qué quedamos. ¿No era una lucha por la igualdad?

El poder profundo de la mujer es, -con frecuencia-, superior al del varón, precisamente porque no son iguales. Porque la mujer es, siempre hablando genéricamente, no sólo diferente sino superior en muchas aptitudes y ámbitos de la vida. Cualquiera puede hacer su propia enumeración: Sensatez, sentido común, administración, tenacidad, organización, realismo, obstinación, perseverancia, competencia profesional y brillantez. Todo eso o parte, frente a las cabriolas del varón.

Que en España no haya llegado aún una mujer a la Presidencia del Gobierno, como Margaret Thatcher o Angela Merckel, puede deberse a nuestro retardo respecto a otras sociedades políticamente más avanzadas. Ya me dirán si en lugar de los okupas actuales, tuviésemos un gobierno encabezado por Esperanza Aguirre, Inés Arrimadas, Macarena Olona o Isabel Diaz-Ayuso, por poner ejemplos recientes, acertadas o no, pero sin duda capaces y valientes y no farsantes.

La mejor forma de impedir que el pais entero estalle contra el Gobierno, -que está tardando,- es que el propio Gobierno organice y aliente las protestas que los dos partidos en el poder, PSOE y Podemos, tratan de hacer suyas. No se hablará estos días de otra cosa. Pero saben que vivimos tiempos de conspiraciones y se avecinan traiciones y deslealtades sin cuento.

El Consejo General del Poder Judicial en pleno le ha dicho a la atrevida Sra de. Irene Montero, -ministra por autorización de su marido,- que su ley para regular la sexualidad con él “sí es sí” es una bazofia ortográfica y una barbaridad jurídica.

No sólo porque su redacción ha puesto de manifiesto la ignorancia de ésta grey que ocupa hoy el gobierno por designio de un Presidente que será juzgado, al menos, por la Historia. Ni siquiera por esconder la barbaridad que supone, en un Estado de derecho, invertir la carga de la prueba.

Sino porque si semejante aberración hubiese pasado el filtro de otros bárbaros que nombrados por ellos ocupasen el CGPJ, -hace mucho que se agotó nuestra capacidad de asombro,- la norma que “la Sra. de”pretende supondría en la práctica que, aunque el hombre exhibiese la prueba caligráfica de la firma y consentimiento con sello lacrado, aún podría alegar la mujer una negativa posterior. Se trata pues jurídicamente, de un problema de prueba, que en un Estado de derecho compete a quien afirma, y no a quien niega.

Semejante chapuza legal, aparte de esconder proclamas y banderías, esconde también intereses económicos, como la legalización de la prostitución, liberalizando así recursos económicos muy importantes, como sucede con la droga en el narcorégimen de Maduro en Venezuela, susceptibles de ser destinados a la financiación de organizaciones políticas o de cualquier índole. No olvidemos que en Alemania, donde está regulada desde 2016, la prostitución genera 16.000 millones de euros anuales. Una bicoca para financiar lo que sea.

Y como sé que, aún así, la Sra. ministra seguirá mezclando el consentimiento amoroso con los negocios, intentando así justificar el presupuesto millonario de su Ministerio de la Tía Pepis, su inútil sueldo, y el de sus asesoras, tanto Nancys como Nanys, con cargo a los presupuestos, me permito emplear la frase altanera, chulesca y prepotente que yo detesto y tanto agrada a su socio Sánchez, el okupa de la Moncloa:

¿Qué parte del informe del órgano de gobierno de los jueces usted no entiende?

Sra. de Iglesias. “No es no.”

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