OPINIÓN

Gabriel Albiac: «Santorales»

Gabriel Albiac: "Santorales"

En mi privado santoral (todos tenemos uno), el 8 de marzo no es el 8 de marzo; es el 31 de mayo. De ese día de inicios del Terror, 1793, en un París casi veraniego, deja plácida constancia la prensa. La Chronique de Paris, página 3: “La jornada era soberbia y, como al mediodía no había habido ningún acontecimiento siniestro, cada cual se paseaba libremente y todas las mujeres estaban tranquilamente sentadas a la puerta de sus casas para ver pasar la insurrección; ningún desorden fue cometido; tan sólo un culo azotado en los tribunales de la Convención”.

Al cronista se le hace gracioso. Se entiende. Que en el tiempo del Terror pasase un día sin su racimo de guillotinados, no era una pequeña cosa. Y en su crónica pasa, como un divertimento mundano, sobre ese solo linchamiento al cual ni siquiera pone nombre. Lo sabemos nosotros, ese nombre: Théroigne de Méricourt. Sabemos también, pero ignorar esto no podemos reprochárselo al cronista, que esa pública “azotaina” abre el camino sin retorno hacia el manicomio de la mujer, sin duda, más extraordinaria de los extraordinarios años de la Revolución francesa. Si hablo en rigor, debo escribir “del personaje más extraordinario”: sin distinción de sexo, porque Théroigne había decidido, desde el inicio de aquel vendaval que soñó iba a barrer la basura del mundo, no aceptar distinciones más que entre individuos; nunca entre sexos.

Tiene 27 años y viene de orígenes muy humildes, cuando la Revolución la arrastra: será la única mujer –la única– presente en las tribunas de la Asamblea Constituyente en 1789. Para evitar cualquier necio veto, decide vestir prendas de hombre. Desprecia la marcha de mujeres sobre Versalles en octubre: ella no acepta papeles distribuidos bajo máscara masculina o femenina. Girondinos como Jacobinos la detestan, porque ha roto la última frontera. Y las órdenes de arresto empiezan. Cuando, en mayo de 1792 llama a formar un cuerpo de “amazonas armadas” dentro de la Guardia Nacional, Robespierre entiende que todo está descarrilando. “Rompamos nuestras cadenas” –proclama Théroigne–. “Es hora de que, al fin, las mujeres salgan de su vergonzosa nulidad o ignorancia. El orgullo y la injusticia de los hombres las han mantenido siervas durante demasiado tiempo”. Y Théroigne combate, sable en mano, como un soldado más.

El 31 de mayo de 1793 es escenificada su flagelación pública. ¿A manos de los machos revolucionarios? ¡Pobre Théroigne, no! Son las mujeres jacobinas las que ejecutan la sentencia de ésa a la cual odian. Y puede que ahí haya estado la más cruel de las derrotas de quien apostó su vida a romper las barreras. Y la perdió. Théroigne de Méricourt, náufraga de la melancolía, es conducida al manicomio. Le quedan por delante 24 años de encierro en el Hospital de la Salpêtrière. Morirá allí en 1817: en otro mundo, que olvidó su nombre.

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