OPINIÓN

Victor Entrialgo De Castro: «El velatorio»

Victor Entrialgo De Castro: "El velatorio"

Uno entiende que la política exija escorzos increibles, pactos difíciles de explicar, actuaciones discretas, situaciones límite, pero aparte de la imparable sucesión de errores nunca pensé que una persona candorosa que mostró en su día tantos arrestos y aptitudes como Inés Arrimadas pudiera resultar tan falsa en un velatorio.

El velatorio está para acompañar. Pero hablar del peligro de que llegue el populismo y el extremismo a la Asamblea de Madrid cuando ella viene de conspirar con el gobierno “inmaduro” y “criminal” atrincherado en Moncloa, con quien últimamente ha mostrado más que complicidad, le da al velatorio un patetismo excesivo y un sufrimiento innecesario para los seguidores y militantes de un partido simpático, que ha pasado de hacer un formidable servicio a la Nación a servirse a sí mismo, sin distinguir las víctimas de los verdugos, al pueblo, de sus traidores. Un partido con mucha gente muy válida pero en cierto modo líquido, superficial, “metrosexual”.

Aparte de los bancos a los que se deba dinero y de la pareja separatista, algo posible sin duda si fuese una militante sin más, pero más difícil de entender cuando se ha sido Agustina de Aragón,
¿Quien está detrás de Inés Arrimadas? A parte de Edmundo Val ¿Con quien hablaba todo estos días en los que aparecía atribulada en las imágenes de los noticiarios y no hablando, sino exclusivamente escuchando, sin despegarse del teléfono?

La democracia representativa, en el momento de terminarse la representación por motivos diversos, no tendría que suponer necesariamente una tragedia, sino un paso atrás de los representantes, algunos de ellos como Toni Cantó, extraordinarios, que debiera seguir sirviendo a lo público. El Pp y Vox ya están tardando en ficharlo.

Eso sucede porque la clave del sistema, su subvención y financiación en los presupuestos y fuera de ellos no está, como debiera, en la designación que el pueblo hace de sus representantes, sino en el refrendo que el pueblo se ve obligado a hacer de lo cocinado por los partidos, y de los partidos mismos.

Por eso el velatorio debiera servir para recordar y evocar los mejores recuerdos, los logros incuestionables, las vivencias y anécdotas entrañables y admirables de los que se van, pero evitando agarrarse patéticamente al féretro desesperadamente, como si no se quisiera dejar marchar al que ya se ha ido, cuando en verdad no se quiere ir detrás.

 

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