EL PALACIO DE LOS REYES DE NAVARRA ES EL ÚNICO EDIFICIO CIVIL DE ESTILO ROMÁNICO DE LA COMUNIDAD FORAL

La ciudad de la estrella en el Camino de Santiago

La ciudad de la estrella en el Camino de Santiago

Había dormido poco, pero estaba impaciente por perderme entre las piedras terracota de los restos de muralla que en otro tiempo abrigaba la urbe medieval construida en un meandro del río Ega. En el Medievo hubo tres barrios fortificados, San Pedro, San Juan y San Miguel que se fundieron en la villa que habría de ser lucero con luz propia en el Camino de las Estrellas.

Virginia me acompañaba. Habíamos salido sin desayunar y entramos en un bar atraídas por el olor a café. Lo acompañamos con unas tostadas de pan de pueblo y buen aceite. Después cogimos nuestro material de trabajo y emprendimos la visita a los monumentos.

Un simple golpe de vista dejaba al descubierto el esplendor de un tiempo lejano, en el que la ciudad de la estrella había sido enclave importante de la Ruta Jacobea. El puente Picudo sobre el Ega, semejante a una construcción de maqueta, nos hizo recordar las casillas del juego de la oca, tan presente su simbolismo en el Camino. De puente a puente y una más porque me lleva la corriente. Casi todos los amantes del Camino, creyentes y no creyentes sienten fascinación por el juego de la oca y su relación con el Camino de Santiago.

A media mañana entramos en un mesón y allí nos encontramos con los dormilones que tomaban sus primeros cafés. Virginia se sentó con ellos. Después de beber un zumo para reponer vitaminas, y un café para seguir en forma, continué sola visitando monumentos y haciendo fotos.

La cámara era como una extremidad más de mi cuerpo, unos ojos ejecutores capaces de hacer el milagro de sujetar briznas de tiempo y encarcelarlas para siempre. Cada rincón elegido, cada pórtico o capitel eran portadores de un momento único en la historia del mundo.

El Camino me estaba enriqueciendo. Y aunque no iba disfrazada de mística, sentía que mi corazón se ensanchaba y que mi espíritu se arrobaba ante la grandeza.

El grupo era como un microcosmos del Camino, donde todas las sensibilidades estaban representadas. Unos querían rezar y hacer crecer su fe; el fin de otros era comer, beber, trasnochar y levantarse a media mañana; otros buscaban la comunión con la naturaleza, a base de castigar el cuerpo con el cilicio de las caminatas bajo el sol. Yo disfrutaba con cada una de las caras del poliedro vital, pero no podía concebir el Camino sin impregnarme de la huella dejada siglo a siglo por tantos penitentes que lo recorrieron en busca de una indulgencia para el más allá o una remisión de la pena para el acá, o incluso la de los aventureros y goliardos que aportaban la nota festiva y picaresca.

Me gustan las piedras, porque cuando la espiritualidad se funde en el arte del cantero, brota el milagro que mueve corazones y abraza conciencias. Iglesias, cruceiros y monasterios son jalones que se brindan a transmitir gustosos los porqués lanzados al infinito. Si no existieran, la Ruta Jacobea se habría disipado como nubes en un día ventoso.

Caminamos por uno de los barrios más antiguos de Estella en busca de la iglesia del Santo Sepulcro. Conduce allí la antigua Rúa de los Peregrinos, donde en el Medievo tenían sus puestos los curtidores de pieles, de ahí el nombre actual de la calle.

Románica en sus inicios, la construcción incorpora diferentes estilos a lo largo de tres siglos, que van del tardorrománico al gótico. Nos paramos ante la fachada y reparamos en la esplendidez de las estatuas en hornacina alineadas a ambos lados de la portada, a mayor altura. El monumento tiene algo de enigmático. La portada gótica de arquivoltas abocinadas es de gran belleza.

Cuando en Puente la Reina y Cirauqui visitamos las iglesias de Santiago y San Román ya sabíamos que en Estella nos esperaba San Pedro de la Rúa para formar la tríada de los arcos lobulados.

Los peregrinos entraban y salían. Algunos demostraban interés por el arte y analizaban capiteles e imágenes. En el interior, un guía nos habló de los elementos de finales del siglo XII y nos hizo reparar en la cabecera de la iglesia y en las naves del siglo XIII, con cubiertas de siglos posteriores. La torre situada en el muro norte tiene un espléndido ventanal de tracería.

Continuamos el recorrido por los monumentos civiles. Hubo tres castillos: el Mayor, el de Belmecher y el de Zala-tambor. Su esplendor económico se sustanció en la construcción de edificios religiosos y civiles. El castillo Mayor se empezó a construir en el 1024 y fue residencia de los reyes desde el siglo XIII al XIV. En 1572 fue demolido por Fernando el Católico, una vez tomada la ciudad.

Nuestro próximo objetivo era el Palacio de los Reyes de Navarra, el único edificio civil de estilo románico de la Comunidad Foral. Fue construido en el siglo XII y es conocido también como Palacio de los Duques de Granada de Ega. En la actualidad acoge un museo de pintura.

La fachada principal está dividida en dos cuerpos por una cornisa moldurada sencilla. En el piso inferior hay una galería de cuatro arcos enmarcados por columnas adosadas al muro. Uno de los capiteles representa el duelo de Roldán y Ferragut, escena que ya habíamos visto en una placa de bronce en Roncesvalles. El resto de los capiteles muestran decoración vegetal y figurada.

Se acercaba la hora de la partida, pero aún nos quedaba la guinda. El Monasterio de Iratxe nos esperaba estático a los pies del Montejurra. La iglesia románica, el claustro o la sala capitular nos hicieron volver a los primeros años del siglo xii, cuando los monjes blancos se instalaron en lo que en el Medievo debió ser un helechal, de donde recibe el nombre. Los cistercienses ocuparon la abadía hasta la Desamortización. Después el abandono cayó sobre ella tendiendo un oscuro manto que habría de durar décadas. Los teatinos cuidan hoy esta joya de la espiritualidad medieval e impregnan el aire con sus notas corales.

El sol había alcanzado su cenit y enviaba sus rayos castigadores como espadas de fuego. Los peregrinos se agolpaban frente a la fuente de las bodegas, que tiene la originalidad de manar vino y agua a través de dos caños, cosa que agradecen los romeros sedientos.

El coche de Sergio estaba aparcado al lado del restaurante que habíamos elegido para degustar una comida típica. Galleta vino hacia mí corriendo y empezó a llenarme la cara de besos. Me hubiese gustado tomar cualquier cosa rápida y seguir ruta, pues necesitábamos todo el tiempo si queríamos dormir esa noche en Logroño. Aunque estábamos solo a 40 kilómetros, teníamos que hacer varias paradas en lugares estratégicos del Camino. Pero daba la impresión de que el virus de la galbana era contagioso y estaba haciendo estragos. Incluso los caminantes profesionales y madrugadores se apuntaban al dolce far niente en las terrazas o a la sombra de los fresnos.

(De mi novela El Códice de Clara Rosemberg. De Roncesvalles a Compostela).

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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