OPINIÓN

Javier Cabrerizo Daniel: «Eutanasia»

Javier Cabrerizo Daniel: "Eutanasia"

Las penalidades que estuvimos, estamos y estaremos sufriendo derivadas de la pésima gestión de la pandemia podrían haber sido infinitamente peores si evaluamos el nivel de nuestra clase política. Lo digo sinceramente y siendo consciente de la realidad: más de cien mil fallecidos, cientos de miles de familias arruinadas, un brutal empeoramiento de la salud mental y un larguísimo etcétera.

Ayer tomé un taxi en uno de esos pueblos de la Hoya de Huesca perdidos entre tanto campo. Las gentes (como diría Labordeta) de los pueblos son muy dadas a hablar; me fue contando sus batallitas como taxista en un pueblo de la España ruralísima. Sus principales clientes son ancianos que, ante el progresivo abandono de sus hijos y de la administración, se ven obligados a recurrir a sus servicios para visitas médicas o alguna emergencia. Seguramente estarán pensando que para esto último cuentan con todas las garantías y derechos que le puedan otorgar nuestros preciados servicios de salud pública porque para eso han pagado impuestos durante toda una vida. Grave error. La ambulancia tarda horas en llegar, de hecho, una vez estuvo esperándola un pobre anciano con un cólico de riñón durante una hora, pero, finalmente se vio obligado a recurrir a los servicios del taxista que, a las cinco de la mañana y dando un salto de la cama, lo llevó rápidamente a urgencias. Fue atendido nada más poner un pie en el hospital. Media hora después, mientras estaba siendo atendido, recibió una llamada del 112; la ambulancia estaba llegando a su domicilio.

Nada más llegar a mi casa comenté la conversación. Charlamos sobre el actual alargamiento de la vida, es decir, si tiene algún sentido que una persona pase sus últimos años repleta de dolencias insufribles. Un debate serio y respetuoso, esto último lo escribo porque cada uno pensaba distinto del otro. Mi tía comentó que, ahora que la eutanasia había sido aprobada, quería hablar con el notario para cambiar su testamento vital. Mi otra tía (su hermana) –muy creyente – dijo que ella lo dejaba como estaba.

Todo esto dentro de la normalidad civilizada y no esa tan neandertal que experimentamos últimamente; esa donde unos les dicen a los otros lo que tiene que hacer y pensar y si no lo hacen pasan a ser directamente el enemigo que hay que combatir con uñas, dientes, una lengua bien larga o un teclado.

La actitud que mostraron mis tías es de una España adulta, esa es la nación que yo quiero, en la que creo. Esa que convive en el respeto y la tolerancia y no en la confrontación.

No puede ni siquiera comparase mi pequeño debate familiar con el acontecido acaecido en el Congreso de los Diputados durante la aprobación de ley de eutanasia. Y no se puede hacer precisamente porque aquello no fue ni un debate. Debatir significa exponer tus argumentos de una forma razonada y escuchar los otros de la misma forma.

El PSOE mandó en defensa de la ley a una hooligan, María Luisa Carcedo. Escuchar a una exministra en el país donde nació y vivió de Miguel de Cervantes, dedicar todas sus capacidades lingüísticas, en una sesión que trataba de un tema tan profundo como es el sufrimiento crónico y la vida humana, para hablar con esa tremenda incultura y chabacana agresividad es lamentable e indigno para una nación que no pretende tener una guerra civil en las próximas décadas. Despegó toda su vulgaridad para copar algún telediario y poder ser trending topic.

La oposición actuó de igual manera; VOX llamando asesinos a la bancada que sustenta el gobierno de coalición, los otros a estos les gritaban franquistas. El PP sin saber que decir porque, claro, ellos estaban de acuerdo en la base, pero votar que sí trasladaría el voto cristiano al partido de Santiago Abascal.

No creo que hubiera nada que me diera más vergüenza hoy que ser político. El precio que pagamos por esta cuadrilla de idiotas (350 en el Congreso y 265 en el Senado, sin contar parlamentos autonómicos, supranacionales, comarcales, diputaciones y ayuntamientos) va, solamente en sueldos, desde los 50.000 a los 220.000 euros al año.

¿Para qué tenemos tantos parlamentos si en todos ellos existe esta paupérrima actividad neuronal? Es más, ¿para qué tenemos uno? ¿Ustedes creen que así podemos llegar a algún sitio? ¿Entienden la afirmación que he realizado al principio?

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