OPINIÓN

Victor Entrialgo De Castro: «El juego de las sillas»

Victor Entrialgo De Castro: "El juego de las sillas"

En 1957, en tiempos de Gaulle, cuando se intentaba cambiar en las Comunidades europeas CEE, Ceca y Euratom, germen de la actual y floja Unión Europea, el proceso de toma de decisiones, desde la unanimidad hacia otro de mayorías cualificadas, Francia se levantó de la silla en la llamada crisis de la silla vacía. Y esta última semana la que no se ha podido sentar en la suya en la Turquía de Erdogan, es Úrsula Von der Leyen, la presidenta de la Comisión.

Ya tarda aquí “el ministerio de Rociíto”, -como llama Jiménez Losantos al piso que el ex vicepresidente infantiloide le puso a su churri para celebrar los cumpleaños con sus amigüitas y su nani, en hacer valer su progresismo en la Alianza de civilizaciones de Zapatero y Erdogan y criticar el machismo de éste juego de sillas.

Pero la culpa, en todo este asunto protocolario, la tiene la propia Unión Europea. ¿Qué es esto de que en la función de representación ante otra potencia internacional se presenten siempre, como en rebajas, dos por uno, el presidente del Consejo europeo Charles Mitchell y la presidenta de la Comisión Úrsula Von der Leyen? Todo esto no hace sino quitarle peso a una debilitada Unión Europea.

Lo fácil con la Turquía de Erdogan por medio es acudir al machismo, lo cual se da por descontado, pero sucede que el Ministerio “Jotía” no se mete con los machismos musulmanes sino sólo con los de aquí, como si el protocolo internacional obligara a cederle la silla a cualquier mujer que pasara por allí, lo que por otra parte quebraría el principio de igualdad.

Pero es que aquí hay algo previo. En las relaciones internacionales cualquier potencia internacional puede y debe exigir: Vamos a ver, ¿con quien voy a hablar?

La unión europea se parece a los parientes del novio que, cuando van a la pedida, van en comandita y ninguno parece poder hablar en nombre de los demás. Así, a estas alturas, la Unión europea sigue sin resolver, entre sus muchos problemas, el de “su representación”.

Tras el tratado de Lisboa en 2009 el presidente del Consejo de Ministros se elige por una práctica rotatoria entre los 27 por un periodo de dos años y medio. Se intentó, es cierto, la figura de un presidente europeo elegido por todos los ciudadanos entre personalidades de reconocido prestigio que no tuviesen al tiempo un cargo nacional, lo que le daría un impulso de legitimidad.

O al menos, un presidente con dos funciones en una sola institución, pero con el fiasco de la Constitución europea quedó paralizado por las rivalidades de las potencias, lo que sigue debilitando profundamente el papel de la unión europea en un mundo rápidamente cambiante, como ha quedado de manifiesto en Turquía, sin que la falta de consideración y la torpeza protocolaria del anfitrión Erdogan pueda servir de excusa.

Corresponde al Consejo de Ministros de la Unión Europea garantizar la representación exterior, “aunque, generalmente, lo lleva acabo junto al presidente o presidenta de la Comisión”. Esta última coletilla es la fuente de los problemas.

Como representantes de intereses diversos, el papel de representación ha de corresponder al Consejo, alternativamente o eligiendo un representante permanente, pues la comisión es el ejecutivo comunitario que no tiene propiamente funciones de representación, lo cual exige la mejor coordinación entre ambas instituciones que ha sido puesta en evidencia en Estambul.

En su novela “La peste”, 1957, que Albert Camus sitúa en Orán, con situaciones semejantes a las que estamos viviendo, escribe la que la plaga supone la merma de libertades por parte de las autoridades: “Con la disculpa de protegernos, las autoridades han ido limitando los movimientos de los ciudadanos, de un modo parecido a como las dictaduras prohiben las libertades individuales por un supuesto bien superior. “

Pies bien, entre las muchas carencias de la Unión Europea que la pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto están:

-la coordinación y respuesta conjunta de las instituciones, entre ellas y con las diversas naciones que la integran, desde la negociación de las vacunas hasta la exigencia de plazos y su cumplimiento que minimizasen al menos la imagen de éste mercado persa de sálvese el que pueda, ahora de nuevo en la superficie con la vacuna rusa sputnik.

-la transparencia que el proceso de vacunación debe llevar consigo para información de todos los ciudadanos de la Unión.

-La lucha por la vacunación está poniendo en evidencia argumentos de Bruselas contra el Brexit, que en ésto al menos, amén de contar con la vacuna de Oxford Astra-Zeneca, llevaban razón.

Ahora las sillas ya no se mueven. Saltan por los aires apartadas por las naciones en su carrera desesperada por las vacunas, a las espera de la autorización de la agencia europea del medicamento.

Pero en tiempos de pandemia al menos nos quedan la esperanza de la novela “la peste” de Albert Camus. En Orán ciudad argelina invadida por la peste, donde aparecen un montón de ratas muertas (la enfermedad, el mal, la muerte, el absurdo del mal), aparece la solidaridad de hombres que luchan contra ella y que están decididos a acabar con todo aquello que pueda entorpecer y denigrar la vida humana. No renunciéis a la esperanza. Aunque las sillas salten por los aires,

“En el hombre, escribe Camus, hay más cosas dignas de admiración que de desprecio».

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