OPINIÓN

Victor Entrialgo De Castro: «Distinguir a un mentecapto»

Victor Entrialgo De Castro: "Distinguir a un mentecapto"

La manera más fácil de distinguir a un mentecapto es ver, entre el resto de ciudadanos convivientes en la polis, a quien se cree con derecho a todo y sin ninguna obligación de nada.

Todo su ser se sostiene en un delicado equilibrio sobre una sola idea o doctrina de la que no se baja ni para ir al baño, como esos equilibristas que en el circo hacen vaivén sobre una tabla colocada sobre un canuto.

La cosa adquiere un grado de peligrosidad mayor cuando el mentecapto ha sido el máximo responsable de asuntos sociales y de residencias donde fallecieron más de 30.000 de nuestros mayores. Pero su malevolencia y temeridad alcanzan el paroxismo cuando, después de todo lo anterior, aún tenemos que escucharle sermonear desde una terraza alquilada con nuestros impuestos, buscando una covachuela cerca de su dacha para cuando su farsa termine de venirse abajo.

El cinismo del mentecapto no es capaz de pronunciar siquiera un mea culpa, una disculpa, una palabra para las familias de las víctimas de la pandemia, ni ha sido capaz de revelar un sólo atisbo de la servidumbre que el poder acarrea sobre los hombros de cualquier ciudadano minímamente responsable. Sin duda estamos ante la concurrencia de lo que Rosa Díez, con su certero bisturí, considera la tríada oscura de otro psicópata de nuestro tiempo: Narcisismo, falta de empatía y cinismo resultante del instinto beneficiador, exclusivamente, de sus propios intereses.

¿Cómo se defiende un pueblo de canallas que lo han envilecido durante años sin tener en cuenta los daños y el retraso que están ocasionando en su recuperación, modernización y asociación con el resto de potencias europeas?

Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es mucho más peligroso que un hombre de talento con millares.

Algunos mentecaptos con arrogancia de niñatos y valiéndose del fracaso del sistema educativo, llevan cuatro o cinco años pretendiendo fracturar e imponer su única idea a un país que lleva unido prácticamente seis siglos y, por si todo ello fuera poco, con el apoyo de potencias extranjeras. Queda por saber si en éste país aún hay mucha gente que pretende seguir viviendo con una sola idea.

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