OPINIÓN

Israel de la Rosa: «Desahucio nocturno»

Israel de la Rosa: "Desahucio nocturno"

El drama de la noche, la tragedia del empleo nocturno. En Madrid, como muestra, como ciudad baluarte, estandarte vistoso de nobles victorias y estruendosas derrotas. En Madrid, como ilustración y resplandeciente ejemplo, donde con el telón del ocaso y la luna vestida de largo, acicalada y risueña, se hace caja —se hacía, perdón por el tiempo verbal— tradicional y frenéticamente, a un ritmo grosero y endiablado. La noche y el ocio, artesanos premium —perdón por el modernismo de majaderos— del dinero abundante y fresco, apelmazado, que se desliza de mano en mano, húmedo y escurridizo, ofrecido cual amoroso y tácito acuerdo, como el vértigo de un inolvidable y primer beso.

Cuidado con el entramado, con la retahíla de imprescindibles eslabones que la noche, ayer, sustentaba: camareros, encargados de sala, cocineros, aparcacoches, responsables de guardarropa, recogevasos, porteros, extras de fin de semana, cantantes, bailarinas, animadores, recepcionistas, tarjeteros, pinchadiscos, floristas, distribuidores de hielo, limpiadoras, fruteros, intérpretes, organizadores y guías de grupos, acompañantes, bocadilleros de madrugada, vendedores de recuerdos… y algunos más, de intraducible género. Cuidado con el calvario, que no es cosa de risa, sino de amargo y profundo llanto.

En la mayoría de los casos, aquí aparece el desgarro, se trata de personas que no tienen derecho a reclamar nada. Son oficios de manga baja en que la noche se ha apoyado siempre implícitamente, que se nutren de la inmensa cosecha, pero que muerta la noche, como el perro, se quedaron sin rabia. No les queda ni mocos que comer. Pero ojo con el sainete, que no es cosa de andar con guasa.

Se atisbó el drama en marzo del pasado año —negro y ominoso, el año—, aunque pequeño, pasajero. Se barruntó la tragedia, aunque menor, llevadera. Esto se arregla en un mes, en abril estamos levantando el gintoni. Hablar de trimestre perdido era cosa de necios, de borrachos. Hablar de semestre, de temerarios, de malos cenizos. Hablar de otra cosa, incongruente, de ser un demente afincado entre paredes mullidas. Pero lo que llegó más tarde, lo que todavía embarra hoy las calles, no es sino auténtico desahucio en vida, sino una espeluznante herida abierta en el grueso ocio nocturno, carente ya de sangre.

Y del aire no se come, del aire no se vive, por mucho que sople, y los eslabones endebles no tienen derecho a reclamar nada. Y así están. Y así estamos.

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