OPINIÓN

Victor Entrialgo De Castro: «Paradojas de la vida y de Madrid»

Victor Entrialgo De Castro: "Paradojas de la vida y de Madrid"

La realidad es paradójica. No pura lógica. Paradójica. La misma televisión que nos enseñó el mundo, nos metió en casa. Para mandar mensajes muy rápido nos volvió ágrafos. Nos pidieron que firmásemos un montón de letras para comprar la casa y permitieron que okuparan la vivienda. La paradoja típica de la literatura mística o barroca acabó en la escritura automática. De escribir cartas diariamente, a no tener a quien. Para comer sano nos quitaron de comer. Nos enteramos que hay colestesterol bueno cuando nos sube el malo, que como el estrés malo nos hace dejar de ser. Calderón enseñó que incluso la vida despierta es sueño y Don Quijote o Dalí tenían mucha razón cuando la perdían. Todo es un poco surrealista. La televisión nos sacó de la calle para estar al cabo de la calle. Para dar con la clave, la quitó. Creó Sálvame para ahogarnos en un fango moral de vulgaridad. Y con la excusa de descubrir la verdad se metió en la vida de los otros o sea nos quitó la nuestra y no nos hizo mejores sino peores. Los coches se inventaron para poder ir al fin del mundo y perdimos las excursiones. Dejamos entonces de conocer la provincia y la naturaleza. Dejamos de cuidar justo lo que más queríamos. Freud interpretó los sueños cuando empezamos a dejar de dormir y de tenerlos. Orwell escribió la rebelión en la granja cuando empezó a dejar de haberlas. Mejoramos la ortografía y la caligrafía y dejamos de escribir.

El Comunismo nació para acabar con la pobreza y la creaba allí donde se imponía. La gente se arrejuntaba en lugar de casarse y dejó de convivir antes. Pudimos dejar de estar en casa a las diez y ya no volvimos más. Tener la posibilidad de divorciarse acabó con el matrimonio. Multiplicaron exponencialmente la posibilidad de comunicarse y la gente está más sola que nunca. Inventaron el coche para poder ir al otro lado del mundo y no podíamos ir a ningún sitio porque subió la gasolina y además, no teníamos tiempo. Subieron los impuestos y no podías ya ni moverlo. La gente viaja de vacaciones a Vietnam y no conoce su pueblo, su provincia y apenas su ciudad. Mientras estudiábamos toda la vida como “burros” para ser alguien en la vida, -decían,- “una burra” llegó a ministra. Te pasas doce días localizando a doctoras que no reciben por la pandemia y cuando te llaman se ponen bravas porque llamaron un día y lo tenías silenciado en un sitio público. Para poder alcanzar el poder un gobernante indigno que se esconde cuando viene mal dadas, convierte en ministros a unos niños pijos que no han trabajado nunca. Más o menos lo que él. Y entre sus numerosos “éxitos conjuntos” logran que, aparte de la pandemia, 40 de cada diez jóvenes en España esté en el paro, mientras en Portugal son 19 de cada 100, y en Los Países Bajos 9 de cada 100.

“La vida está llena de paradojas, jotía.” De joven fuiste de izquierdas y de mayor de derechas. Una niñata confunde la libertad con ir sin mascarilla. Y la libertad, con la ausencia de los límites, que son seña de civilización. Lo único que no cambia es la hipoteca. Esa te persigue más que tu marido o tu mujer. Te hipotecabas y te hipotecas. Pretendías ser Galán o Messi y terminas lesionado. Parecerte a Unamuno o a Galdós y no llegas ni a émulo de Baroja. Pero Madrid es la paradoja buena. La avanzadilla del verdadero progreso. El rompeolas de todas las Españas enseña por primera vez en mucho tiempo, que los españoles, más hermanos de lo que parece, podemos llegar a querernos e incluso a votar con la cabeza, fuera de nuestros bolsillos, nuestros intereses o la ideología que traemos de serie. Un pueblo abierto a todo el que llega. Un pueblo castizo pero moderno.

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