OPINIÓN

Israel de la Rosa: «La raíz del machismo»

Israel de la Rosa: "La raíz del machismo"

Cuando logremos extirpar de las calles esta aberrante e invisible serpiente vírica de infinitas cabezas que está consumiendo nuestras vidas, que está desgarrando familias y pudriendo el futuro de la clase trabajadora, y luego de exhibir triunfalmente —aferrémonos al sentido figurado— los cadáveres políticos de variados colores, pendiendo de farolas como salchichones en proceso de curación, colgando de las almenas del castillo y oscilando al viento como excepcionales chorizos, y después de recobrar el aliento y la cordura, no nos quedará otro remedio que echar mano del sentido común y dedicar hasta la última gota de sangre y raciocinio en erradicar esa otra pandemia, mucho más antigua e impenetrable, mucho más repugnante y cercana, consentida con creces y jaleada abominablemente en ocasiones: la del machismo asesino.

Para combatir un problema, se debe conocer el origen. Es impepinable que ha de estudiarse el germen de un mal si se pretende socavar su fortaleza. Lamentablemente, las sociedades modernas dejan en manos de sus políticos, democráticamente elegidos por el pueblo, la solución de los problemas de calado social. No se obedece al experto, acaso se escucha su diagnóstico con reticencia. El experto no valora a largo plazo el impacto político de su dictamen, ese es su pecado, porque solo toma en consideración la estricta solución del problema planteado. Es decir, que le importan un bledo los votos. Y este audaz y sonrojante punto de vista, para el político, es un verdadero quebradero de cabeza. Por mejor decir: si el análisis del experto no coincide con la conveniencia política, es un humeante montón de estiércol.

Nuestra política moderna ha hallado, pues, el origen de este nauseabundo machismo asesino: el lenguaje. Llamamos juez a la jueza, llamamos médico a la médica, ingeniero a la ingeniera, y por eso las matan. El grandísimo miserable que degüella a una mujer indefensa y dormida, el que dispara a bocajarro a su expareja frente a sus hijos, lo hace, parece ser, porque le han inculcado que deben utilizarse los genéricos masculinos para referirse, en ocasiones, también a mujeres. En eso está pensando esta grandísima escoria, en el lenguaje.

Aseguran los expertos, esos dementes que ignoran el voto, esos irresponsables que únicamente se guían por la coherencia, malditos sean, que el problema de esta lacra execrable radica en la educación. Sostienen que los niños no nacen con voluntad de imponer la fuerza de su sexo, cualquiera que éste sea. Y garantizan también estos expertos, habrase visto semejante descaro, que la propia solución se encuentra asimismo en la educación de los pequeños. Pero difícilmente puede aprender una criatura a respetar a su semejante, de uno u otro sexo, si el ejemplo de sus padres, desde su más tierna infancia, es el de unos encarnizados salvajes.

Y estoy pensando, con enorme desánimo, en ese niño que presencia, muerto de miedo, cómo su padre —o su abuelo, o su tía, o su hermano mayor— insulta y empuja a su maestra de escuela, y la amenaza después, y lo celebra. Estoy pensando en ese niño, y en el monstruo en el que irremediablemente acabará convirtiéndose mañana.

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