“Væ victis” es una expresión latina que significa « ¡Ay de los vencidos!». Según la obra “Ab Urbe condita V, 48” de Tito Livio, fue pronunciada por Breno –jefe galo de los “senones”, tribu de la costa adriática de Italia– y que al frente de un ejército de la Galia Cisalpina había sitiado y vencido a toda la ciudad de Roma, salvo la colina Capitolina. Según la tradición, en el año 390 a. C., tras su victoria, Breno accedió a negociar su retirada de la ciudad mediante un rescate convenido entre ambos bandos. Dicho rescate consistiría en un botín de mil libras romanas en oro (unos 327 kg). Cuando los romanos percibieron que los galos habían amañado la balanza en que se pesaba el oro, protestaron ante su jefe Breno, quien se limitó a arrojar su espada para añadirla al peso de la balanza mientras decía «¡Vae victis!».(¡Ay de los vencidos!)
La frase sobrevive hasta nuestros días, usándose para hacer notar la impotencia del vencido ante el vencedor, sobre todo en las negociaciones entre ambos bandos o partidos, como diríamos hoy en la actual España sanchista, intencionada y vengativamente dividida por la cicatera e irreconciliable nueva “Ley de la Des-memoria democrática” –impulsada por la egabrense Carmen Calvo, rematada por el actual ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, y aprobada este pasado martes por el Consejo de Ministros– que introduce el delito de apología del franquismo, establece durísimas sanciones para quienes enaltezcan la Guerra Civil o la dictadura del general Franco y que suprimirá la Fundación del Valle de los Caídos.
Resulta muy curioso, altamente paradójico y absolutamente incomprensible que esta rencorosa y sañuda Ley afecte solo y unilateralmente a las Fundaciones, Entidades, Organismos y Personajes de un bando, el que ellos llaman el “bando vencedor, franquista y fascista. Así mismo ¿Cómo pretende este cicatero y partidista Gobierno imponernos, por “decreto-ley”, un relato unívoco y además profundamente sectario de lo ocurrido durante la Guerra Civil con la amenaza de sancionar a todo aquel que discrepe del discurso oficialista? ¡Vae victis, señores del Gobierno, vae victis!
Sí que lo es y, a la vez, resulta sospechosamente turbio y manifiestamente inmoral, que vayan a suprimir por Ley la “Fundación Francisco Franco”, la del “Valle de los Caídos” y la de “J. A. Primo de Ribera” y, que sin embargo, ni nombren ni se metan ni supriman las Fundaciones de la órbita socialista, como las de “Francisco Largo Caballero” y “Pablo Iglesias”, y las de Alfonso Perales, Gabriel Alomar y Matilde de la Torre, estos últimos, todos ellos personajes de menor relevancia personal y política que Francisco Franco e incluso totalmente desconocidos, en su mayoría, para todos los que no forman parte de su Patronato. ¿Y qué decir de las Fundaciones de la órbita comunista-podemita, como las Fundaciones 14 de abril, Zabaldiak, Idi Ezquerra y Horacio Fernández Iguanzo, entre otras…?
La Fundación Largo Caballero –aparentemente, dedicada a convertirse en un centro de difusión y promoción de la cultura y del pensamiento sindicalista—es una fundación española vinculada al PSOE y a UGT, constituida en 1978 en Alcalá de Henares, y que tomó el nombre de Largo Caballero –en reconocimiento a su figura del líder sindical y republicano– para difundir y continuar el legado histórico del sindicalismo socialista, leninista y marxista. Claro, que aunque es sabido por todos los de “ese bando” –al que ellos mismos autodenominan el “perdedor o el vencido” (que a todos los efectos históricos es igual que da lo mismo)– y como todos son borregos del mismo rebaño y no tienen otro credo que el dictado por la “cicatera desmemoria democrática”, todos hacen lo de los “Tres monos sabios o místicos” (en japonés: san saru) que “ni ven”, “ni oyen”, “ni dicen” lo que no quieren o mejor dicho, lo que no deben ver, oír y decir. Popularmente el significado de estos tres monos era “rendirse al sistema”, un férreo código de conducta que recomendaba, sí o sí, la irresponsable “precaución” (¿?) de no ver ni oír las injusticias sociales cometidas, ni expresar la propia insatisfacción por miedo a perder socialmente lo conseguido e incluso a ser castigados si no acataban las leyes establecidas.
El historial de Largo Caballero –presidente del Gobierno en el 1936, tras dirigir personalmente la revolución de 1934 contra la República– no es precisamente el de un verdadero demócrata ni mucho menos el de un garante de los derechos humanos. Fue un auténtico totalitarista del siglo XXI y ha pasado a la historia como el “Lenin español”. No obstante, de momento no he visto, ni he oído, ni nadie ha dicho nada en contra de esta maravillosa, humanitaria y democrática Fundación dedicada a ensalzar y recordar las grandes proezas realizadas por Largo caballero en favor de España y de su evolución política y de su desarrollo socioeconómico. ¿Por qué? Sencillamente porque son auténticos expertos y maestros en “ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio”, como muy bien narra y nos recuerda el galeno y evangelista San Lucas (capítulo 6, versículos 37-38 y 41-42).
No ven —-porque no hay más ciego que el que no quiere ver– que el señor Largo Caballero fue, aparte de un estuquista, sindicalista, político e histórico dirigente del PSOE y de la UGT, un empecinado y acérrimo enemigo de la libertad, de la democracia y de la paz, fruto de su gran y reconocida formación académica: ¡estudios primarios en el Colegio de los Escolapios de Granada! ¡Ahí es nada! o como diría el famosísimo y popular valenciano—que tantas veces le oí decir a mi madre: “¡Quasi res porta el diari! (Expresión usada para matizar algún hecho que resulta insólito o sorprendente)
Se tapan los ojos –como los monitos sabios—para no ver, que mientras despreciaba públicamente la democracia liberal, los derechos humanos y el parlamentarismo, al mismo tiempo defendía, a capa y espada: la revolución, la violencia y la dictadura marxista. Pensaba y creía, a pies juntillos, que la democracia y el ejercicio del sufragio universal eran una “artimaña” burguesa y un “ardid” para ayudar al mantenimiento de un sistema “opresor del ya oprimido proletariado”. Pero, tranquilos, que los fascistas eran los otros y, los demócratas ellos y solamente ellos. Para eso, se han encargado muy mucho de promulgar las Leyes de la “Venganza” histórica y de la “Desmemoria” democrática.
No oyen –porque se han tapado los oídos—y, claro así, no oyen lo que los historiadores atestiguan de él, cuando afirman que concebía al partido y a su sindicato, la UGT, como instrumentos fundamentalmente revolucionarios y supeditados a sus espurios fines políticos.
No oyen, porque no les interesa, ni a ellos personalmente, ni mucho menos a los partidos que sustentan al Gobierno, escuchar lo que sus mismos compañeros decían de él; el propio Julián Besteiro, que al principio encarnó la posición del marxismo teórico – y que a pesar de sentirse muy próximo al sindicalismo tradicional, acabo desencantado de la revolución y de la propia República– consideró que Largo contribuía a crear un clima violento que podía sumir a España en el caos. Esta consideración le costó su expulsión de partido a instancias de las Juventudes Socialistas de Santiago Carrillo.
No dicen nada –por pura hipocresía e interés partidista y por esa Ley que protege su intencionada e institucionalizada “desmemoria” histórica—frente a las pretensiones de nacionalizar la tierra, la disolución de la Guardia Civil y las órdenes religiosas, así como de su megalómana apelación por el advenimiento de la Unión de las Repúblicas Ibéricas Soviéticas.
Es de todos o casi de todos sabidos que durante los 40 años de dictadura la primacía en la producción historiográfica sobre nuestra Guerra Civil quedo casi por completo en manos y en las “plumas” extranjeras (Brenan, Carr, Thomas, Preston…) mientras que en la Transición la expansión del conocimiento historiógrafo se explica, al menos, por tres vectores: el acceso a los archivos, la aplicación de nuevos enfoques heurísticos-metodológicos y la especialización (*)
No dicen nada –pese a las “perlas” políticas que nos dejó en su momento– y que han sido recogidas por todos los historiadores, serios, neutrales y versados en la biografía y en la actividad política del señor Largo Caballero. Por supuesto, como pueden imaginarse no me estoy refiriendo a los historiadores de la “divine gauche”, como el profesor y gran especialista (*) Ángel Viñas (el del exhaustivo, histórico y extenso informe de un solo folio, sí, solamente de uno, para denegar el nombre de Juan de la Cierva y Codorníu al murciano aeropuerto internacional de Corvera), ni a Julián Casanova, ni a Enrique Moradiellos y, mucho menos, a Paul Preston (hijo predilecto de la Pérfida Albión). A todos estos historiadores, en apariencia, solo les motiva supuestamente el que se diga la verdad y aunque desean que lo que cuentan en sus libros de historia sea realmente “historia”, sin que antes se hayan visto obligados a jurar, solemnemente, decir y narrar la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad Pero ¿ lo han conseguido…? ¡Ahí queda! ¡Vae victis, historiadores, vae victis!
Estas “perlas políticas, frutos de su postura intransigente”– salidas de la boca del que nació en el castizo barrio madrileño de Chamberí— se ejemplifican en algunas de sus frase más célebres y nocivas para la libertad y la paz. He aquí unas muestras:
“La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo y, como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución”. (Mitin en Linares, el 20 de enero de 1936).
“La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas. Estamos hartos de ensayos de democracia, que se implante en el país la nuestra”. (En el Cinema Europa, el 10 de febrero de 1936).
“Quiero decirles a las derechas que, si triunfamos, colaboraremos con nuestros aliados. Pero, si triunfan las derechas, nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”. (Escrito en “El Liberal”, el 20 de enero de 1936).
“No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad y la democracia es incompatible con el socialismo” (En 1934, Ginebra).”
“Hay que apoderarse del poder político, pero la revolución se hace violentamente: luchando y no con discursos ni con los votos «. (Congreso de las Juventudes Socialistas).
En “El Socialista», en 1933: “Se dirá: ¡Ah esa es la dictadura del proletariado! Pero ¿es que vivimos en una democracia? Pues ¿qué hay hoy, más que una dictadura de burgueses? Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente. Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: ‘Como en Rusia´). No nos asusta eso. Vamos, repito, hacía la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia… Nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El 19 vamos a las urnas… Más no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas. ¿Excitación al motín? No, simplemente decirle a la clase obrera que debe preparase… Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista”.
“Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”. (10 de febrero de 1936, en el Cinema Europa).Ese mismo día afirmo: ““La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas. Estamos hartos de ensayos de democracia, que se implante en el país la nuestra, a costa de lo que sea y sin reparar en daños colaterales ni en víctimas”.
Después de leer tales afirmaciones ¿alguien se extraña de que me extrañe de por qué la cacareada Ley de la Desmemoria democrática –dentro de poco en pleno vigor y legalidad—no mencione, ni siquiera de pasada, a esa, la muy noble, altruista, pacífica y democrática “fundación” dedicada a glosar las bondades y maravillas de ese sanguinario socialista que soñaba convertir España en un “soviet”, llamado Francisco Largo Caballero? Él mismo en persona, fue el gran defensor de la dictadura del proletariado y máximo responsable del asesinato de más de 22.000 personas. El conocido como “Lenin español” fue, en realidad, el hombre de confianza del otro “genocida” comunista, Joseph Stalin. Su sanguinario fanatismo fue tan sectario que hasta el propio Stalin tuvo que pedirle por carta “moderación”, sugiriéndole la vía parlamentaria –y no la revolucionaria y la de la violencia– para “aniquilar a la derecha, su única y primigenia aspiración, aun a expensas de sacrificar la República si hiciera falta”.
¿Cómo es posible que después de todas estas verdades históricas hayan personas –de la categoría de nuestro presidente del Gobierno y de su vicepresidenta tercera, la gallega Yolanda Díaz, entre otras muchas– que sigan venerando idolátricamente al multiasesino Largo Caballero? Y que en un acto de homenaje del Gobierno a su figura, manifiesten públicamente –que el que fuera presidente del Gobierno del Frente Popular y máximo responsable de las matanzas registradas bajo su mandato en la II República, es “su modelo a seguir” pues “somos deudores y deudoras (le ha faltado decir también deudoros y deudoris, aunque luego lo ha compensado con la sustitución de la palabra patria por “matria”) de su legado y de cuyos postulados existe una absoluta actualidad”.
¡Siento pena, tristeza y vergüenza por tener que recordar el pasado criminal de D. Francisco Largo Caballero…porque me duele España! ¡Vae victis, señores del Gobierno de España, vae victis!
Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado y periodista.
