OPINIÓN

Israel de la Rosa: «El retorno y la fatiga»

Israel de la Rosa: "El retorno y la fatiga"

Para alguien que no ha disfrutado de unas vacaciones, que no ha tenido la oportunidad de socarrarse placenteramente los bigotes junto a la orilla de un mar esmeralda, acudir cada lunes al trabajo es un ejercicio de extrema e injusta penitencia. El sol urbano, que en el albor de la semana luce siempre ojeroso y con enfurruñado hastío, encaramado con somnolienta desgana a su trono mullido, se antoja terrible y malcarado verdugo de esta inapelable condena. No obstante, para alguien que acaba de gozar de unas merecidas semanas de sedosa playa y chiringuito, retomar la actividad laboral es, en el mejor de los casos, como dejarse arrancar las uñas con unas tenazas, como permitir que le froten la espalda con un brioso cepillo de púas. Qué no daría este descansado operario, esta alma serena y reposada, que todavía no ha tenido ocasión de sacudirse la arena de los pies, por retroceder en el tiempo y renunciar a sus vacaciones. Qué no daría por haber permanecido el estío entero inclinando sudorosamente el lomo y saboreando cada mañana, con fruición, el exquisito madrugón diario, que tanto purifica, que tanto esplendor confiere al espíritu. Reincorporarse al trabajo, después del mojito y del crepúsculo con palmeras, es, verdaderamente, morir en vida.

Septiembre, que en términos vacacionales es el mes de los pobres, y que fue concebido por alguna mente perspicaz como apócrifa alternativa a los meses tradicionales, como brillante engaño de bobos, no está exento de rezumar una aletargada y solapada debilidad, y también contagia al usuario esa postrera y mortal fatiga que, ineludible y perversa, se manifiesta implacable al término del esparcimiento. «Yo prefiero septiembre, hay menos aglomeraciones». Ahí tienen a un pobre. Mírenlo, ahí va, titubeante, con su pulserita de goma y su camisa barata. Ahí recorre con una sonrisa el delicioso paseo marítimo, a trece grados, bajo un magnífico cielo tormentoso, sujetando al niño por el tobillo para que el tifón no acabe de arrastrarlo consigo. Ahí va, orgulloso, con su abrigo de piel sintética abrochado hasta la garganta.

Para alguien que ha finalizado recientemente sus vacaciones, volver al ruedo es tan aterrador como aterradora es la más espeluznante y profunda agonía del moribundo. Qué no daría por ser clavado a una cruz con tres certeros martillazos con tal de eludir el retorno a la oficina. «Ahora mismo me es imposible», diría, ensangrentado y feliz, desde lo alto, implorando a la vieja que sostiene el rejón que no cese de pincharlo en la barriga. Qué no daría, pero el mundo avanza sin detenerse, desplegando sus coloridas injusticias, y luego de la barquita balanceante, luego de tostarse vuelta y vuelta al sol y de rodar la aceituna en la boca, asoma puntual y pavorosa la más viscosa fatiga.

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