OPINIÓN

Israel de la Rosa: «La luz y la puñeta»

Israel de la Rosa: "La luz y la puñeta"

La alarma social que está suscitando la escalada del precio de la luz, y a la que este impagable gobierno de arrejuntados —impagable también la factura— no ha tenido hasta hoy, promesas aparte, intención alguna de colocar el bocado, no es sino el resultado de una perfecta estrategia, una maniobra, ejecutada con maestría, para concienciar al pueblo de que en la vida, como en las lacrimógenas novelas de segunda, hay otras muchas cosas por las que luchar, y que el amor verdadero está en los detalles. Un trocito de pan duro y media cebolla, y todo lo demás es despilfarro y querer vivir como reyes.

Quizá no sea más que un chisme corrosivo, una de esas hablillas menoscabadoras que solo buscan fustigar gratuitamente esta ufanía nuestra, tan jamonera, tan de bellota. Tal vez. La cosa, en cualquier caso, es como sigue: hacia la mitad del siglo pasado, algunos de los que de aquí marchaban afuera, buscando patrias postizas, llegaron a Brasil, y se dice que, nada más bajarse del barco, preguntaban al primer mozo: «Oiga, ¿qué gobierno manda aquí?» El mozo abría la boca para responder, pero apenas podía ladrar media palabra, porque el forastero sentenciaba de sopetón: «Da igual. Que sepa usted que yo soy contrario». Era la manera infalible, cuentan allí, de identificar a un español.

Qué grande y recia es la estirpe ibérica, qué linda y soberbia raza de tozudos e inconformistas. Algo de radiografía antropológica tiene la anécdota, algo de crítica acerba también. Y, por supuesto, algo de verdad. Bastante de verdad, de hecho. Cuán discrepante, testarudo y querellante es el españolito: si llueve, le molesta la lluvia y si luce el sol, lo irrita el calor; si se hace noche, le fastidia la oscuridad y si quiebra el alba, se deslumbra y patalea; si no tiene fortuna, anhela conquistarla y si la alcanza, añora el sosiego del pobre; si la verdad le es incómoda, miente y si engaña con discursos, se desdice; si una chiquilla lo enamora, se obstina en besarla y si la besa, la encuentra fea; si carece de gloria, la ansía y si se empapa en ella, la aborrece. Y así, en espirales de porfía, asciende hacia las nubes, como una escalera de caracol empecinada, como la lengua de humo de una chimenea.

Quizá, el rumor citado no sea más que una invención mordaz. Pero la cosa, en cualquier caso, es que acertaron de lleno. La cosa es que nos dieron donde hiere, que nos clavaron el dardo en las costillas y nos desinflaron el pecho. Que aquí, en este país rico en picarescas galopantes, lo que priva es pintar el descontento, lo que más complace es contagiar el llanto. No podemos pagar la luz, y en lugar de agradecer a este sensible gobierno que, por nuestro bien, haya mirado hasta hoy para otro lado, como la madre que deja llorar al niño por eludir el mimo excesivo, corremos a desempolvar la queja y a hacer la puñeta, pues es lo que con creces nos embriaga.

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