OPINIÓN

Juan Pérez de Mungía: «Peronismo Vaticano»

Juan Pérez de Mungía: "Peronismo Vaticano"

Digno representante de su raza ideológica, Bergoglio es el epítome del ebionismo, la cultura del pobrismo. Resulta que solo pueden ser generosos aquellos a los que les sobra, a la fe solo nos acercamos desde la indigencia, a los indigentes solo les queda la piedad. Es la muestra habitual de la mas absoluta ignorancia. Eso sí, Bergoglio habla de la indigencia ajena, no de la propia, como aquellos que maldicen de la carne pero se la reservan para sus celebraciones, como aquellos que recomiendan el tren pero viajan en Falcon. Bergoglio es el perfecto porteño del barrio de flores, el italiano que habla español, el forofo del Boca, imbuido del psicoanálisis. Digno hijo de Perón, quien decía de Guevara que no odiaba el peronismo, que al peronismo lo odiaba su mamá.

Si Velázquez retrató la tensión tempestiva de la soberanía con Inocencio X, el retrato de Bergoglio representaría el contrapunto de un poder imaginario sin temor al ridículo. Se ha consagrado como el Sumo Pontífice de la hipocresía y la iniquidad que acompaña a toda ideología aquella que no renuncia a determinar como debe organizarse un Estado y a tratar su religión como la única fe verdadera. Nos congratulamos que la Santa Madre Iglesia dejara de ser única y que Mahoma tambien baste para salvarnos, si no a matarnos por apóstatas. No se sabe de qué clase de valle de lágrimas debemos salvarnos sino para disfrutar del paraíso de las vírgenes con que sueña el mártir que ejercía antes de narcotraficante. Bergoglio presenta ese tipo de belicismo de quien niega el desarrollo al otro defendiendo su identidad hasta la extenuación en lugar de reconocer la igualdad de todos los seres humanos frente a eso que llama Dios, de sexo desconocido como dijo Albino Luciani, Juan Pablo I. Ha sacrificado un mensaje urbi et orbe por el propio de un jesuita porteño que legitima a un carlista irredento, o a un comunista consagrado. El cultivo del pobrismo, la renuncia a lo que permite el desarrollo y la libertad del hombre.

A golpe de entrevista, a Bergoglio solo le falta su conversión en un tuitero predicando aquello de que el problema no es multiplicar los panes y los peces, sino repartirlos. Una reflexión desde la silla de San Pedro, un emporio de un imperio residual trufado de corrupción que desvía la buena fe de sus fieles a la buena vida de la curia. Para algo sacrificaron la expresión espontánea de su sexualidad u ocultaron sus desviaciones. Esto es a lo que conduce la renuncia a la sexualidad humana, vindicada ahora por el otrora dogmático obispo Novell que mordió la manzana de Eva fascinado por la mujer que no comprende, la hemorroisa que tocó la borla de su vestido. La mujer que apostaba la corrupción de un verdadero apóstol de la Iglesia nacionalista.

Si el anticomunismo de Wojtila le puso en la historia, su conducta bendijo la pederastia y la conducta licenciosa de Marcial Maciel. La misma doctrina habitual de ocultar todos los delitos de lesa humanidad de la Iglesia a través de los siglos aprovechando la amnesia colectiva de sus crímenes. La Iglesia siempre ha estado en el silencio cómplice de Franco, Mussolini y Hitler. Es la misma iglesia que agradece el resurgir del catolicismo en Polonia. Es la misma iglesia que pedía en la Carta Colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero que entendieran el golpe del dictador Franco en España, la que ahora proclama el negacionismo hacia España negando visitarla cuando va a Santiago de Compostela, o comprendiendo el secesionismo del fascismo catalán de los herederos de Josep Dencás.

Las flores del mal alumbran para la iglesia nuevas fundaciones pontificias y nuevos fieles. ¿Por qué renegar de los homosexuales cuando son conocidos los casos del monasterio de Montserrat? El sacerdocio para los gays pero no para las mujeres. El mundo viene conociendo los abusos de los ministros de la Iglesia, y el razonamiento pedestre de Bergoglio justificando el asesinato por la mofa de Charlie Hebdo con unas viñetas de Mahoma: «Si alguien dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!». El hipocorístico Paco, el tocayo de Franco, sufre la misma amnesia que los comunistas. Las Iglesias se han cortado la melena, cambian de residencia y, cambian la política por el periodismo secesionista o lo que es lo mismo el seso por el sexo. «Las ideologías impiden cualquier proceso de reconciliación» declara. Ignora la Constitución Española. ¿Quien es él para juzgar al homosexual que en lo contrito de su corazón ama a la Iglesia? Ha encontrado la coartada que no practica aquello de que todos somos hijos de Dios. Bergoglio envidia la capacidad de autodefenderse del yihadismo.

Cualquier fe se corrompe cuando se desvelan los intereses que mantienen la farsa. Como aquellos tiempos cuando el comercio de bulas generaba pingües beneficios para el boato de la Iglesia, y la compra de indulgencias perpetuas constituía un mercado de futuros para financiar los palacios pontificios. Vender un futuro inexistente para que algunos disfruten del presente. La indulgencia del purgatorio y el escapulario, la santidad del mártir exonerado de sus pecados y el premio de la eternidad. Su problema ahora es que sus predicamentos se han hecho laicos, se han hecho comunistas. Las ONG pueden vivir del invento de las hermanitas de los pobres. Ahora quienes anuncian ese futuro que no llegaremos nunca a conocer que predican contra la ingesta de carne bajo el mantra del cambio climático y se arrogan el beneficio de reservar los chuletones para sí mismos, es toda esa ralea de paniaguados comunistas que predican la luz del genocidio para los que no comulgan con ruedas de molino. La Iglesia es finalmente el fiel aliado nostálgico y estratégico de un pasado extinguido.

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