OPINIÓN

Israel de la Rosa: «El mundo a oscuras»

Israel de la Rosa: "El mundo a oscuras"

Desde hace unos días, la sociedad vive con un pellizco en el estómago. El presagio con tintes bíblicos de agorera promesa, la anunciación a espléndido bombo de un futuro apagón masivo, nos tiene a todos caminando de puntillas y ahogando la tos en un pañuelo. Hay que ser cenizo. Se requiere tener sobrante de bilis para soltar los perros de semejante manera. Nos tiembla hasta la cuchara, con el susto. Es como decirle a un niño que dentro de seis meses van a clavarle una aguja en el culo: qué necesidad habrá de anticipar el llanto, de agriarle la vida, de pincharle la pelota.

Por otra parte, el raciocinio —esa cosa gris, apática— nos muestra un alternativo e insólito camino: quizá se trate únicamente de una artimaña sesuda. El poder —esa cosa gris, antipática— conoce muy bien los mimbres del pueblo. Conoce también, y maneja con habilidosa maestría, los hilos que lo mueven, las cuerdecillas que unas manos siniestras manipulan en la negra penumbra: una sociedad temerosa se gobierna mejor. El obrero, atenazado por el miedo y la incertidumbre, se hinca voluntarioso, con facilidad, y aprieta el tornillo con más ganas. No rechista.

Pero todo lo anterior son versos cojos, sin valor. Paja poética. A la luz benévola del mediodía, esta gaita catastrofista suena a chiste, a cosa novelesca, a pesadilla irrealizable. Lo cierto —lo higiénico para el espíritu— es que a uno le gusta imaginar, junto al timón, a unos señores muy listos, a hombres y mujeres de exquisita formación académica, de privilegiadas mentes —gente que inventó internet, el frigorífico, la rueda—, que, ante la amenaza absurda de un apocalíptico apagón, se ríen y nos tranquilizan meneando la cabeza con cariñoso ademán: «Imposible, eso no puede pasar». No hay apagón, no hay susto. Ya puede usted soltar la pierna y dormir como un bendito.

Además, aplicar la lógica sería un problemón. Pero el instinto de supervivencia del ser humano, que tiene su miga y no se anda con chuminadas, enseguida levanta un muro. Si el universo tecnológico se oscureciese mañana —y hasta el más tonto sabe que la probabilidad existe—, el acopio de víveres y de linternas apenas daría para unas jornadas. ¿Qué ocurriría después? ¿Qué sucedería si el apagón durase un mes? ¿Y si durase un año? Compramos más víveres, compramos más linternas. ¿Dónde, estúpido? Si aplicamos la lógica nos estalla el cerebro: no hay dinero, las finanzas están en la red. Sin electricidad, no hay tecnología; sin tecnología, no hay red. Sin red, no hay dinero. El casero quiere cobrar, pero no podemos pagarle. Si pudiésemos hacerlo —con los ahorros del cerdito—, ¿qué haría el casero? ¿Adónde iría con ese dinero? A ninguna parte. La lógica causa terror: hospitales, medios de transporte, suministros básicos… Todo al carajo. Es natural que el instinto por sobrevivir —poderoso ungüento, vigoroso narcótico— nos obligue, alzando los escudos, a desviar la mirada. Abordar el asunto con objetividad solo conseguiría aflojarnos el vientre. «Ya veremos», dice el optimista. ¿Ya veremos qué, idiota?

Nos han anunciado que viene el coco. Y andamos, entre café y café, entre risa y apretones de mano, con el pellizco en el estómago y la hipoteca sin pagar.

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