OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «¿Nuclear…? ¡Sí, gracias! (I Parte)»

Pedro Manuel Hernández López: "¿Nuclear…? ¡Sí, gracias! (I Parte)"

La Unión Europea, ante la amenaza fantasma de un hipotético “gran apagón eléctrico”, acaba de proclamar, casi solemnemente y no exenta de preocupación, que las energías nucleares vuelven a ser “verdes”, o lo que es igual, que han dejado —como por arte de birlibirloque—de contaminar el medio ambiente y, por lo tanto, han dejado de estar excluidas del listado oficial del resto de fuentes productoras de energía. Sí, sí, ni yo me he equivocado al escribirlo, ni Uds. lo han leído mal: Las energías nucleares son “oficialmente verdes”, desde que la semana pasada, la ministra de defensa austríaca, Klaudia Tanner, aseguró que existe una alta posibilidad y un elevado riesgo (casi del 100% en los próximos cinco años) de que se produzca un “backout energético” (apagón eléctrico) que afectaría masivamente, no solo a Austria, sino al conjunto de la Unión Europea y parte del mundo.

El comité “Don´t Make A Wave” (No hagas una ola) formado por un grupo de activistas canadienses –en el que, junto a Irving Stowe y su mujer Dorothy, figuraban personas, de la talla medioambientalista, como Marie y Jim Bholem, Bob y Zoe Hunter y un estudiante llamado Paul Cote—fue el origen del actual “Greenpeace”. Este grupo, en 1971, se embarcó a bordo del viejo pesquero “Phyllis Cormack” para protestar contra las pruebas nucleares que EE.UU estaba llegando a cabo en el archipiélago de Amchitka, en Alaska.

Su objetivo: impedir que la bomba fuese detonada, colocándose en el centro de la zona de la prueba. Con este acto y en ese año, nacía el mayor movimiento cívico activista y pacifista, mundialmente conocido como “Greenpeace” (Paz verde).

Esta ola de pacifismo verde llegaba a España en 1982, y, a pesar de no hallarse la organización legalmente establecida, en ese mismo año se realiza la primera acción pacífica de “Greenpeace” en nuestro país: un grupo de activistas, también a bordo de un pequeño pesquero, abortó el vertido de bidones radioactivos de un mercante holandés a 500 kilómetros de las costas gallegas. Durante la década de los años 70 hasta la moratoria nuclear de 1984 de Felipe González; el movimiento antinuclear fue el comienzo de casi todo y las primeras alianzas del que luego sería el mayor movimiento ecologista (y también el antimilitarista) del mundo.

Aquellas cívicas protestas gráficas, impresas en cientos de miles de pegatinas multilingües y representadas por un sol sonriente y “rojo” (¿sería casualidad…?) rodeado por un gran círculo amarillo, a modo de halo, en el que se podía leer claramente, en letras negritas de imprenta: ¿Nucleares? ¡No, gracias! – y que fueron capaces de impedir que se solo se abrieran diez reactores en siete plantas (centrales) nucleares, de las veinticinco y treinta y ocho reactores proyectados– parece ser, que en pleno siglo XXI, han vuelto a la escena principal energética de la mano de –ese improbable pero real—apagón eléctrico, aunque, ahora con un sentido contrario, es decir: ¿Nucleares…? ¡Síííí, gracias!

Han tenido que pasar ya 46 largos años, para que aquel histórico y reivindicativo slogan –diseñado en 1971 por la danesa Anne Lund, en el marco de la campaña de su Organización para la Información del Poder Nuclear (OIPN)– haya cambiado y cobre de nuevo una vigencia inversa. Durante muchos años, fue casi imposible, que ese sol sonriente –punta de lanza de cualquier manifestación antisistema, que se preciara de revolucionaria, progresista, antimilitarista y pre-ecologista, no figurara impreso en miles de pancartas y pegatinas y, que además, no fuera repetido hasta la saciedad, en casi todos los idiomas del mundo, por los lideres convocantes, megáfono en mano.

Quizás una gran mayoría de nuestros jóvenes no lo recuerden ni lo conozcan, ya que seguramente aún no habían nacido; y quizás, también algo parecido, nos ocurra a nosotros, los de aquellas generaciones de los 50 en adelante – que de tanto verlo y oírlo, con o sin motivo justificado y aparente—hemos optado por guardarlo en el baúl de los recuerdos, en ese en el que cualquier tiempo pasado ya nos parece mejor. Conviene recordar que aquella pegatina –pacifista y ecologista—de la época de los 70 es el emblema antinuclear y el símbolo internacional adoptado por los movimientos cívicos inconformistas y ecologistas de todo el mundo y, que su versión española como tal, se instauró en mayo de 1977, y aún hoy, continúa en uso por contraponer imaginariamente el mundo atómico de la guerra fría con la promesa solar como fuente segura e inagotable de energía.

Una placa colocada en la entrada de la primera central nuclear construida en España, la de Zorita –situada junto al río Tajo en el término municipal de Almonacid de Zorita (Guadalajara)– nos recuerda que, un 12 de diciembre de 1968, el Generalísimo Francisco Franco vio como “la Patria” entraba en la “era atómica industrial”, pese a las multitudinarias protestas y manifestaciones de los verdes(¿?) y de las izquierdas que, —entre gritos de “nucleares, no, gracias”, las estrofas de “libertad sin ira, sin ira libertad…” y los rasgados versos de “Al vent, la cara al vent, el cor al vent…”, se oponían a su construcción y posterior uso.

El Caudillo –ese dictador, tirano y fascista, y que según algunos historiadores, muy poco ortodoxos con la realidad histórica, nunca hizo nada bueno por esa España– son los mismos que han olvidado y quieren que olvidemos que, gracias a su tesón y tenacidad, pudo salir airosa del largo y sombrío periodo autárquico (1939-59), originado por el inhumano bloqueo político, social, industrial y económico, en que estuvo sumida, auspiciado por el sanguinario asesino y dictador comunista Josef Stalin con el apoyo del presidente estadounidense Harry Truman–; también son los que afirman impunemente que solo se limitó a represaliar al perdedor bando republicano y llenar las cunetas de los pueblos de la España profunda, la de “charanga y pandereta”, de cadáveres milicianos, olvidando intencionadamente, que de no haber llenado España con más de 1.000 pantanos, presas hidráulicas y centrales nucleares, ahora estaríamos sufriendo, aún más, las terribles consecuencias de la pertinaz sequía, del excesivo precio de la electricidad y del agotamiento de las fuentes naturales productoras de energía.

A la construcción de la de Zorita, le siguieron Garoña, Vandellós I, Ascó, etc., todas ellas propiedades de las grandes eléctricas del País (Unión Fenosa, Iberdrola y Endesa).En 1982, tras la llegada al poder del PSOE con Felipe González, a la cabeza como presidente, todos los ambiciosos programas de energía nuclear fueron suspendidos por la presión social –bajo el lema de “Nucleares, no, gracias”. Este “backout”, consistente en el abandono de cuantiosas inversiones en centrales nucleares, todos lo hemos ido pagando en las facturas de la luz –hasta el pasado 2020– como compensación gubernamental, acordada y pactada con las compañías eléctricas. En 1983 se inició la restructuración de los proyectos nucleares y, diez años después en 1984, es cuando se consolidó finalmente “la moratoria nuclear” con la Ley de Ordenación del Sistema Eléctrico (Ley 40/1994, de 30 de diciembre). Previamente, en 1981, se habían paralizado y posteriormente suspendidas las obras de las siete centrales nucleares proyectadas (Lemóniz I y II, Valdecaballeros I y II, Trillo II, Regodela I y Sayago I) y cuyas pérdidas alcanzaron los 4.359 millones de euros.

La subida mundial de la tasa de incidencia acumulada de los nuevos brotes del Covid-19 –, junto al descenso en la producción global de microchips, la gran escasez de materias primas y sobretodo de energía derivada del petróleo (gas) con la gran subida del precio de la electricidad, han originado el caldo de cultivo adecuado, justo y necesario para que pueda producirse un “apagón eléctrico” a nivel mundial. En una sociedad digital, como es la nuestra, en la que usamos las nuevas tecnologías (internet y las redes sociales diaria y constantemente), nuestra dependencia de la electricidad es total y absoluta no solo, para estudiar, trabajar o relacionarnos, sino también, para las comunicaciones audiovisuales, para los medios de transportes públicos y privados, para iluminar escuelas, para hacer funcionar los hospitales y para activar la maquinaria en las fábricas e industrias, etc., etc.

Un apagón, en las actuales circunstancias, supondría un parón absoluto de toda la actividad y podría provocar severos problemas de movilidad y funcionamiento en general.

Pese a los malos augurios y presagios del gran apagón –vaticinado desde Austria– que han calado más de lo que al Gobierno de España y a los expertos le hubiera gustado, nuestra ministra de Transición Energética, Teresa Ribera, ha descartado “rotundamente” el riesgo de que se produzcan “blackouts”(apagones eléctricos) en nuestro país, recordándonos que España es una especie de “isla energética” y que al no tener demasiadas conexiones con el resto del continente, ha desarrollado una gran potencia eléctrica instalada que la hace muy poco dependiente del suministro energético exterior, excepto por la interconexión subterránea con Francia(1.400 MW) y del gasoducto del Magreb. En caso de un “backout”, el suministro estaría garantizado por los barcos “metaneros” (¿?). Y a esto yo añado: claro que sí, pero siempre que no hubiera otro país europeo que le hiciera una contraoferta y le pagase un precio superior al pactado con España.

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