OPINIÓN

Laureano Benitez Grande-Caballero: «¿Tú también, Bruto? : un emperador va desnudo en el crepúsculo de los dioses»

Laureano Benitez Grande-Caballero: "¿Tú también, Bruto? : un emperador va desnudo en el crepúsculo de los dioses"

Una de las frases más famosas de la historia es aquella que pronunció Cayo Julio César el 14 de marzo del 44 a.C en las escaleras del Senado, mientras era asesinado por una conspiracion de senadores: «¿Tú tambien, Bruto, hijo mío?».

Realmente, como suele suceder con estas frases míticas, hay muchas dudas de que César dijera exactamente eso. Lo que sí es seguro es que ese tal Bruto no era su hijo adoptivo ―pues su madre era Servilia, la amante de César―, sino um personaje llamado Décimo Bruto Albino, al que el asesinado apreciaba mucho.

Sea o no cierta su historicidad, la frase ha quedado para la posteridad como paradigma de la traición, aunque no supere aquella de «¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?», pues Judas es el traidor por antonomasia.

El caso es que en las crisis, en las épocas oscuras, en las turbulencias individuales o colectivas se suele producir un fenómeno de transparencia que consiste en desnudar a supuestos emperadores, que de héroes pasan a villanos, de ciudadanos respetables pasan a cucarachas kafkianas, de supermanes a perfectus detritus, de ídolos a esculturillas de barro, porque también los dioses tienen sus crepúsculos ―y no es por el “cambio climático”, no―.

Desde luego, la culpa no es de esos emperadores desnudos, sino de la gente que les idolatra, que les claquea, que babea ante su aparente majestad.

Les confieso que desde hace tiempo tenía en el punto de mira a mi admirado Rafael Nadal Parera, ejemplo prístino de patriotismo y de madridismo, al que atribuí la encarnación de las más puras virtudes patrias: carácter ganador, nobleza, honestidad, gallardía… vamos, que con un yelmo de esos habría sido algo parecido a un Gran Capitán de los Tercios de Fandes.

Pero la plandemia me ha vuelto desconfiado, hipersensible a cualquier componenda con este horror totalitario, y ahora mis héroes no son los que patean cuero a la red, ni dan raquetazos como misiles, sino los iconoclastas que rompen jeringuillas y dicen las verdades altas y claras: ésa es ahora para mí la prueba del algodón, la que separa al Bruto del héroe.

Bajo este prisma, había dado a Nadal un «match-ball», en el sentido de que estaba esperando que se pronunciara de una vez sobre la pócima satánica, y ganase el punto de partido, pues me resistía a desconfiar de él, intentando convencerme de que era de los míos, de los nuestros, de los verdacionistas.

Y en esto que leo la tremenda noticia de que Nadal había dicho que los que no queríamos inokularnos éramos «un poquito egoístas». Aquello sí que fue un raquetazo, que se gue a las gradas del Averno: leer eso y ponerme a escribir contra este nuevo Bruto fue todo uno ―incluso hice un vídeo sobre el tema, oiga―.

Sí: «¿Tú también, Nadal, hijo mío?». En un nanosegundo derribé la estuatua de este traidor ignorante de la peana donde le tenía, en un nanosegundo me decidí a escribir este artículo, a manera de «pasante», de resto ganador.

¿Qué sabrá este rolangarrero ―rolangarrulo― de vakunas, de virus, de pecerres,de polisorbatos y morgellons? Los deportistas nunca han tenido fama de cultura ni erudición, y no es solamente porque están todo el día entrenando y viajando de acá para allá. Pues yo a este «nuevus Brutus» le diría ―y le digo― que no dé su ignorante opinión sobre un tema del que no tiene ni pajonera idea, que se limite a raquetear y a pasearse en su yatazo por sus paraísos menorquines, que se calle la boca y se vaya a esparragar.

Sí, Nadalete: soy no un poquito, sino muuuy egoísta, porque defiendo mi salud, mi dignidad, mi conciencia, mi vida, en vez de plegarme a un envenenamiento para complacer a los vakunati como tú, que se supone que deberían estar inmunizati sin necesidad de que se inokule el cien por cien de la población. Vamos a ver: un japonés se viste de samurai y, cogiendo una gran katana se pone en posición de hacerse el harakiri, pero primero me mira, y me invita a que también yo me lo haga. »No, glacias», le contesto, y el suicidati va y me dice: «Tú sel un poquito egoísta».

Es lo que suce a los vakunati, que desean que todos corran su misma suerte, para así sentirse menos gilipollati… o sea, mal de muchos, consuelo de tontos. Lo reitero, Nadalati: si millones de ovejitas pussycats van a una barranca y quieren suicidarse estilo secta milenarista, pues que lo hagan, pero yo me doy la vuelta, y, empujando en dirección contraria voy diciendo «Sorry, sorry»…

Tenía ya el artículo casi acabado, cuando por las redes me llegaron unas imágenes que, más que helarme la sangre en las venas, me parecieron campanillazos del Espíritu Santo, serendipias venidas de otras dimensiones: resulta que en una imagen se veía a Nadalete, a Federer a su lado, y a la izquierda de Nadal se veía a… sí, a ése: ¡Bill Gates! Bingo cósmico. Y el INRI fue también cósmico, pues a esa imagen siguieron otras del mismo cuño.

Como remate, como colosal «smash» del «nuevus Brutus» me fijé una vez más en el logotipo de su Fundación, ese logotipo omnipresente en todas las gorras que luce con alevosía: unos cuennos, una cornamenta que, desde hace ya mucho tiempo, me daba escalofríos verla… pero, claro, me intentaba resistir a la idea que se me susurraba al oído y a la inteligencia, porque un servidor, cuando ve cuennos, se pone en guardia, y se cuelga una ristra de ajos, estaca en mano.

Nadalín, no dudo que harás obras de caridad con tu Fundación de los cuennos, pero tienes un yatazo im-presionante: ¿No es un poquito egoísta tener eso, mientras tanta gente pasa necesidad?

En fin, que toda la admiración que le tenía se ha pasado al lado oscuro, y ahora pienso que yo seré un «pelín egoísta», pero es mejor ser esto que un mucho de otra cosa que no quiero nombrar, por el remanente de respeto que aún le tengo, todo sea dicho.

Sí: »¿Tú también, Nadal?». España, país de conejos, de borregos, y de Brutos, donde entre corruptos, traidores y brutos España ha devenido en Españistán, en Brutolandia, cortijo donde las banderillas se han trocado en jeringuillazos, donde los príncipes se metamorfosean en sapos, donde las carrozas son en realidad calabazas, los emperadores son sepulcros blanqueados, y los héroes devienen en brutos de tres al cuarto ―por cierto, Pau Gasol es otro del que se puede decir: «¿Tú también, Gasol?»―.

Para terminar, formulo el deseo de que Nadalete pierda todos los partidos que juegue en adelante por 6-0. 6-0… ―y por otro 6-0, si es a cinco sets―, y, vista la postura de crítica a los jeringuillazos que mantiene Djokovic ―al que siempre tuve manía, por ser rival de mi antiguo héroe―, gritaré: «¡Vamos, Djokovic!, ¡Come on, Nole!

Damas y caballeros, estoy muy harto y no puedo soportarlo más…

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