OPINIÓN

Israel de la Rosa: «El viernes negro»

Israel de la Rosa: "El viernes negro"

Es usted un paria, permítanos la insolencia, si no aprovecha la ocasión, irrepetible y luminosa, de renovar su desfasada flota electrodoméstica valiéndose de las virtudes de este viernes negro. Un paria, un cero a la izquierda. No se requiere poseer gran perspicacia para darse cuenta de que, en este sagrado y penumbroso viernes, a poco que escarbe entre la oferta, se lleva usted por cuatro duros la ganga siempre soñada: se puede conseguir, verbigracia, a mitad de precio, un marido con pene de quita y pon, o una reluciente esposa —dependiendo de la hora del día— con diferentes curvaturas. No existe en todo el ancho mundo capitalista más provechosa, más gloriosa oportunidad. Un paria, permítanos.

Por qué tener una lavadora cuando podría tener dos, una de ellas pegada al tresillo de la salita, la de hacer vida. Por qué tener un frigorífico cuando podría tener tres a un precio irrisorio, uno de ellos junto al retrete. Todo son facilidades: comer y expulsar la comida sin moverse del sitio. Por qué disponer de un televisor tan pequeño —con 32 vergonzosas pulgadas no va usted ni a la puerta de la calle, se ríen de usted hasta en el estanco, hasta en la droguería— cuando podría adquirir, sirviéndose de la negrura de este viernes, un televisor mayor, enorme, descomunal. 75 voluptuosas pulgadas para no perderse detalle de esas tertulias contraintelectuales, para contemplar, bien ampliada, a todo píxel, la emotiva historia de Laurah, que se ha operado seis veces el pezón porque no acababa de verlo.

Un paria, un apestado. No hace falta ser un águila. Por cuatro duros cochinos se monta usted en el trono de la vanguardia tecnológica. Ahorrar es de pobres, de miserables. Hambre y pulgas. Abra de una vez los ojos y la cartera y ennegrézcase usted también, déjese arrastrar por la ola encrespada y furiosa de este lucrativo viernes que nada tiene que ver con el ansia comercial, sino con enriquecer la desmejorada calidad de su vida. Compro, luego existo. Consumo, luego soy un borrego feliz. Huya usted del peligroso ascetismo, de la desnudez del campo vacío. Aparte el cáliz endemoniado de las almas sencillas, esas que, bajo el insidioso disfraz de la moderación, condenan el mercado compulsivo. No atienda a las monsergas del sentido común, combátalas enseguida con una hermosa ristra de ajos al cuello. Déjese arropar, en cambio, por el dulce rebaño, por la agradable calidez de la masa adocenada. No sea tarugo, permítanos el descaro.

Vergüenza tendría que darle lucir en las manos ese teléfono obsoleto y casi destartalado que compró, hace ya una eternidad de cuatro meses, en las infames rebajas de verano.

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