OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «Las Profecías de Albert Rivera»

Albert Rivera

Profecía es un vocablo que proviene del latín tardío “prophetīa», y este, a su vez, deriva de la palabra griega «προφητεία» (prophēteía). La RAE la define, en su principal acepción, como una «predicción o adivinación sobre el futuro de un hecho concreto, de una persona o de una nación, en virtud de un don sobrenatural, de un proceso lógico-racional o de un juicio más o menos subjetivo basado en indicios y observaciones».

Todas las religiones han contado entre sus filas con hombres «inspirados» a los que han acordado en llamar «profetas», pues afirmaban hablar en nombre de su “dios”. Aunque los ejemplos más numerosos los tenemos en la tres religiones monoteístas –cristianismo, judaísmo e islamismo– a lo largo de la historia de la humanidad han existido profetas, magos o adivinos que han anunciado diferentes profecías o, mejor dicho, «predicciones» y, casi siempre catastróficas. Algo así como cuando Pandora –cegada por un irrefrenable curiosidad– un día en que su marido Epimeteo dormía, le robó la llave del lugar donde escondía la caja que Zeus le había regalado y la abrió para espiar su contenido. Al abrirla su fatal contenido se diseminó por toda la tierra. Así es como surgieron las enfermedades y demás calamidades que desde entonces vienen aquejando al género humano.

Entre todos ellos, son dos los que han destacado: San Malaquías, arzobispo católico de Armagh (1094-1148) y Nostradamus (1503-1556). Mientras que al primero se le recuerda, sobretodo, por la profecía sobre los papas y sobre Irlanda.​​ Al segundo, a Michel de Nôtre-Dame –usualmente latinizado y universalmente conocido como Nostradamus– fue un boticario francés y supuesto adivino, más conocido por su libro «Les Prophéties», una colección de 942 encriptadas y poéticas cuartetas que supuestamente predicen eventos futuros. Una mención especial merecen las importantes profecías cumplidas: la llegada al poder de Hitter, la explosión de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y el atentado terrorista de las Torres Gemelas de Nueva York.

Sin más preámbulo, paso a las declaraciones que hizo, en junio de 2019, en su discurso del debate de investidura de Pedro Sánchez –a modo de predicciones o profecías– desde la tribuna del Congreso de los Diputados, el ex presidente de CS, Albert Rivera Díaz, sobre lo que iba a hacer como presidente y como iba a dejar España, y no se equivocó en lo más mínimo. Por si ya no lo recuerdan, en aquel genial discurso –totalmente premonitorio— denunció y enumeró las ocultas y aviesas intenciones políticas, los futuros y aberrantes pactos con los separatistas e independentistas, su nefasto dogmatismo sanchista, su aversión política al orden constitucional establecido y la vuelta a la fragmentación de España, si llegaba a ser presidente. Y así ha sido. Ese día, Albert Rivera acusó a Pedro Sánchez de querer «perpetuarse en el poder», de «criminalizar» a los que no piensan como él y de instaurar un «sectarismo» institucional y, a esto lo definió como «el plan de Sánchez». Un plan basado en el «divide y vencerás». Denunció el apoyo de Sánchez por una atípica «banda» de Otegui, Torra y Puigdemont y rechazó su abstención, porque lo responsable en política, es liderar una oposición que ofrezca una alternativa positiva y esperanzadora para España.

Extrapoló también los reproches a la vicepresidenta Carmen Calvo y al actual ministro del Interior, Fernando Marlaska, a los que, supuestamente, había que pedirles permiso y el «carnet de socialista» para poder asistir y participar en las democráticas y participativas manifestaciones del «8-M» o del «Orgullo» en Chueca. Tampoco se olvidó de acusarle de ser él que alimentará el odio y reactivará de nuevo la división de las dos Españas, favoreciendo el enfrentamiento cainita entre españoles. Está es su táctica y sabe, muy bien, que si se modera, no gobierna. Por eso, en su retorcida mente lleva grabado el más ancestral y vetusto adagio– «divide y vencerás»– atribuido al emperador romano Julio César, a Napoleón, a Nicolás Maquiavelo e incluso a Sun Tzu, en su no menos famoso, «El Arte de la Guerra».

Ese día, emulando a San Malaquías o a Nostradamus, denunció que el futuro “plan de Sánchez» consistiría en criminalizar a los partidos constitucionalistas y moderados, aplaudir a los extremistas y radicales y, sobretodo, sentar en su Ejecutivo a los separatistas Bildu etarras e independentistas catalanes que le sustentan. Tampoco dudó en plantarle, a bocajarro, un «dilema» y “enigma” que casi podría compararse al propuesto por la Esfinge –sita en las montañas al oeste de Tebas– a Edipo. La pregunta planteada a Sánchez no fue que le dijera ¿cuál era el ser que anda primero con cuatro, luego con dos, y después con tres patas? sino ¿ piensa dimitir si hay condena al PSOE por la trama de los ERE? La respuesta dada fue el silencio por callada. Respuesta que hoy, es ampliamente bien conocida por todos, gracias a la profecía que Rivera ya vaticinó –casi con tres años de antelación– vistas las novísimas declaraciones de Sánchez con motivo de la reciente ratificación del Tribunal Supremo de la condena a la cúpula del PSOE andaluz por dilapidar miles de millones de dinero público en un entramado dedicado a captar votos y mantener el poder socialista en Andalucía. Como era de esperar, a pesar de la predicción cumplida, Sánchez ni nadie de su gobierno han dimitido ni piensan dimitir.

Aquel mismo día, en su interpelación, Rivera — como un niño impaciente en la fantástica noche de Halloween– le lanzó un especial órdago, a modo de pregunta-respuesta, a lo «trato o truco», diciéndole: «Hoy nos trae a esta Tribuna un truco y, de los malos, el peor. Truco –en la tribuna– y trato –en la habitación del pánico con los separatistas y Podemos-. Lo que está tramando para España es un Gobierno formado por una amplia gama de «retales partidistas» –lo peorcito de las extremas izquierdas– al igual que el personaje-monstruo de la novela de Mery Shelley; un Gobierno en el que habrá socialistas, podemitas, comunistas, moderados, independentistas radicales y nacionalistas de diversos territorios de la España invertebrada. Un Gobierno sobre el que Rubalcaba vaticinó que nunca podría ser bueno para España, pues “no se puede ir de la mano y en compañía de aquellos que quieren romper aquello que ellos quieren gobernar: España y su unidad».

Siguió y siguió lanzando predicciones tales, como que estaba legitimando a los odiadores profesionales de España, ya que cada vez que surja un problema, lo va a resolver echándole la culpa a Putin, al cambio climático, a la inflación y hasta al «sursum corda» y, lo rematará con un sablazo a las familias –a modo de onerosos impuestos–, con un confinamiento claustrofóbico generalizado y con abundantes leyes restrictivas que coharten las libertades ideológicas, de expresión y de reunión. En esto tampoco se equivocó. Es la fórmula sanchista aplicada para resolver cualquier problema. Con los que quieren liquidar el país no hay nada de qué hablar y mucho menos pactar– le dijo Rivera–, solo hay que aplicarles la ley y la justicia vigente. Sin embargo seguimos viendo, cómo los etarras condenados por asesinatos a civiles y a miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, los golpistas y sedicionistas catalanes del «procés» son indultados, excarcelados y devueltos a sus escaños bien remunerados, siguiendo su maquiavélico plan previsto para asegurarse su continuidad monclovita.

Anticipándose a la actual y distópica realidad de España, le espetó deseando, que en un futuro, la nueva España sea un auténtico espacio de convivencia, de democracia, de libertad y de justicia para todos. Como catalán –le vaticinó– no quiero privilegios para mi tierra, quiero lo mismo que para toda España. No tuvo suerte en su deseo. No solo ha colmado a Cataluña de privilegios, sino que ha permitido que la Generalidad suprima por decreto el español de todas las escuelas, institutos y universidades, así como en otros ámbitos industriales y laborales.

La sentencia de los ERE ha sido un misil en la línea de flotación del tántrico argumentario socialista que durante años ha sustentado los principales ataques del PSOE contra el PP, considerado mantricamente el principal partido de la corrupción. Desde hoy, ya no está solo, le ha superado y se ha colocado por méritos propios en la «pole» de la parrilla de salida de la corrupción política, no de España, sino a nivel europeo. La trama de los ERE ha superado con creces –en todos los sentidos– a los trajes de Camps, a la Gürtel, al caso Lezo y a la operación Púnica. Con la sentencia del Supremo y la condena a Chaves, Griñán y Álvarez, el PSOE comparte ya –en grado sumo– el más alto y el más grande nivel de corrupción y deshonra. A esto hay que añadir que el sistema de los ERE dilapidó una ingente montaña de dinero público que ha superado –de largo y en mucho– la suma de toda la corrupción conocida del PP.

Si a Rajoy y al PP, una línea introducida por un juez en una sentencia le acabó costando el Gobierno a través de una moción de censura a la que se lanzó, primero el PNV a la yugular y la remató Sánchez con su apoyo… Hoy ¿deberían los nacionalistas vascos hacer la vista gorda y utilizar esta sentencia del Supremo para reforzar su apoyo al Gobierno de Sánchez? ¿O más bien, repetir lo que hicieron con su eterno socio y compañero constitucionalista en la persona de Rajoy?

Desde hoy, el PSOE tiene que buscar nuevos argumentos para atacar al PP. La corrupción ya no nos vale. Sus falacias han quedado obsoletas y al descubierto.

Con su sentencia, los jueces del Alto Tribunal están demostrando que a Sánchez ya hace tiempo que se le acabó la «baraka»(suerte providencial) y sus particulares » idus de marzo», aunque han llegado, aún no han pasado y, si no, que recuerde lo que le ocurrió a Cesar, en el centro del fondo de la Curia de Pompeyo, en el «Largo di Torre Argentina», una plaza muy transitada, en la actualidad, del centro de Roma.

El argumentario del PP debe ser claro y conciso: si Camps tuvo que dimitir por la «trama de los trajes» — cuatro, según se dijo– ¿qué ejemplaridad puede esperarse de este individuo que no se plantea nada y mucho menos dimitir? ¿Con qué cara va a comparecer la ministra Montero en Ferraz y reprocharle nada al PP, cuando ella misma, “en persona”, ha compartido «silla, mesa, mantel y, sobretodo, menú» en el gobierno de la Junta de Andalucía con Chaves y Griñán?

Conviene no olvidar que la sentencia apunta directamente a Pedro Sánchez, pues en 2016 apostó por “la honestidad” de José Antonio Griñán y Manuel Chaves, hoy condenados por conocer la “palmaria ilegalidad” del sistema de los ERE. Pero no se pongan nerviosos y mucho menos impacientes. Un Gobierno que indulta a golpistas e independentistas, a madres que secuestran a sus hijos y que excarcela a etarras condenados por asesinatos y los homenajea públicamente al llegar a sus casas, dudo mucho que no haga lo mismo con sus conmilitones y traspase de nuevo la línea de la legalidad y de la justicia con un “piadoso y social indulto” pese a la gravedad de los delitos cometidos. Y como no sería la primera vez, solo nos queda decir » ver para creer», como dijo Santo Tomás, cuando el resto de discípulos le anunciaron la resurrección de Jesús.

A Rivera le faltó ser un poco más clarividente. De haberlo sido, hoy, podríamos recordarle a Sánchez que ese gesto frívolo e insignificante de quitarse la corbata –para así ahorrar energía y contribuir a mejorar el cambio climático– a muchos españoles, de los de «alta cuna y de alta cama»– durante las sacas de Paracuellos les costó ser salvajemente asesinados y arrojados a la cuneta, precisamente por lo contrario, por llevar corbata y no querer quitársela. El abuelo de Alfonso Ussía –don Pedro Muñoz-Seca—con la “corbata puesta”, le dijo a Cayetano Luca de Tena antes de ser empujado al camión de la muerte y asesinado en Paracuellos del Jarama:

(…)- «Si hay que ponérsela para salir a la calle, es lógico llevarla puesta para morir»–.

Los socialistas y comunistas le asesinaron por ese frívolo motivo: Por contaminar el ambiente politico con sus corbatas en 1936. Quizá, lo que en el fondo subyace en todo este frívolo affaire corbatil, es que Sánchez «no sabe hacerse los nudos de la corbata, y quiere que los grandes maestros de tan alto gesto desaparezcan «(sic), como afirma el gran maestro Ussía en su magnífico artículo de El Debate «Algunas corbatas».

Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, periodista y ex senador por Murcia.

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