OPINIÓN

Manuel del Rosal: «Arrodillado. Te queremos arrodillado… Porque arrodillado tú, presidente, arrodillamos el país que presides.»

Manuel del Rosal: "Arrodillado. Te queremos arrodillado… Porque arrodillado tú, presidente, arrodillamos el país que presides."

Pedro Sánchez acaba de arrodillarse una vez más ante Bildu: retira a la Guardia Civil de Tráfico de Navarra.

El hombre solo debe arrodillarse para hablar con Dios.

Al poder se sube casi siempre de rodillas, menos cuando se sube reptando. Y los que lo hacen así no solo son unos cobardes, sino también unos traidores a quienes han depositado su confianza en él.

Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver decía que la ambición de poder suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse.

¿Gobierna él o gobiernan quienes le mantienen arrodillado y humillado? Las leyes no salen adelante si no pasan el fielato de los que le tienen de rodillas, es por eso por lo que él no gobierna, si no acepta las enmiendas a las leyes que él propone presentadas por quienes le venden sus votos a cambio de su rendición. Es más, en ocasiones las leyes son dictadas en su totalidad por los que le obligan a permanecer de rodillas. Tanto las leyes enmendadas por quienes le atan como las que en su totalidad son dictadas por ellos, nunca se hacen para el bien general, tan solo para que los que, con su apoyo pagado con la humillación, obtengan los beneficios que buscan sin importarles el perjuicio que causan a los demás.

Gobernar arrodillado no es gobernar, mucho menos poseer el poder porque el poder se tiene para ejercerlo sin adoptar posturas de sumisión. Parece ser que es la parte del folclore que todo poder lleva implícito lo que a él le satisface. Viajar, formar parte de los eventos internacionales, lucir su palmito, sonreír sin saber porque sonríe, decir frases banales para poco después tener que rectificarlas, aparecer en las pantallas de los televisores, permanecer bajo los focos etc. Pero ese poder es un poder carnavalesco que tan solo le sirve a su vanidad, a su narcisismo, a su egolatría. Y ese poder teatral y de mascarada que le hace arrodillarse de continuo para así satisfacer su vanidad de vanidades, sus sueños de sátrapa, le obliga a mentir, a mentir continuamente, porque cada concesión humillante que le da a los que le humillan, le obliga a mentir ante los ciudadanos para poder justificarla, le obliga a decir cosas que realmente no siente con las palabras que le han dictado los que le arrodillan. Y miente, y justifica lo injustificable, y admite lo inadmisible porque él vive para ese poder de bambalinas. Y de tanto arrodillarse y de tanto mentir para justificar su humillación llega a no saber distinguir la verdad de la mentira, el honor del deshonor, la traición de la lealtad; llega a no saber lo que de verdad hay en él, en los demás, en el entorno donde se desenvuelve. Y esto no tendría más importancia si no pasará de la burda representación de una comedia esperpéntica en la que el protagonista cree poseer el poder cuando en realidad, no solo no lo posee, sino que, arrodillado todos los días, ha de hacer ofrecimientos a quienes de verdad tienen el poder debido a que a él le tienen arrodillado y entregado a sus imposiciones. Y lo más grave de ese arrodillamiento de esa humillación es que cada vez que él se arrodilla, como presidente del país, está arrodillando a los ciudadanos y al país que cree gobernar.

MAROGA

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