Cuanto más se aproximan las elecciones más veo «Poirot», en el intento de hacer hipótesis sobre las razones que han llevado al autor y sus cómplices a crear este caos donde reinan sueltos el paro, los violadores y los okupas.
No es sólo por la trama, la admiración de sus células grises o la mesura que conserva en medio de los asesinatos.Tampoco por «aprender a pensar», porque yo lo hago sin éxito. Si estoy cambiando los telediarios por «Poirot» es, junto a la relajante ambientación, por no contemplar la mezquindad del alma humana cuando se acercan las elecciones.
Lo que distingue España, mucho más alegre y luminosa que Francia y Reino Unido es que allí, para que suceda algo bello o extraordinario consideran precisa la forma. Poirot es la muestra. Y por eso aquí del ridículo de Bolaños el 2 de mayo nos salva la faena majestuosa de Morante de la Puebla en la Maestranza y la crónica no menos bella en el Mundo de Zabala de la Serna, a quien no tengo el gusto de conocer más que en el alargue esplendoroso de semejante belleza.
Aquí no. Aqui la forma, el rito, se consideran una pérdida de tiempo innecesaria. Aquí ni té, ni café. Se desprecian los límites y se va directamente al grano. Sin pompa, sin protocolo ni circunstancias. Y cuando por fin llegamos, reparamos en que nos hemos dejado algo por el camino.
Aquí con la disculpa del objetivo, se desprecia el camino, y una patada a una piedra puede ser el desencadenante de un partido si se pone pasión o de una guerra, si se logra enfrentar al personal y dejamos de ver el recorrido. Aquí, gobernados por un personaje fútil, frívolo y malévolo y la ave fría de su lacayo, asistimos al desprecio salvaje de las formas. Mientras reparamos en lo que el recorrido hace en nosotros y lo que nosotros podemos hacer al recorrido.
Víctor Entrialgo de Castro
