OPINIÓN

Manuel del Rosal: «No nos robéis nuestra niñez…por favor. Llega el verano, estorban los niños»

Manuel del Rosal: "No nos robéis nuestra niñez…por favor. Llega el verano, estorban los niños"

“Por qué puso Dios al comienzo lo mejor de nuestras vidas” (la niñez), Víctor Hugo, dramaturgo francés
Vamos a imaginar a un hombre de 80 años y su nieto de 10 hablando de la infancia.

El hombre de 80 años: “Al fútbol con pelota de trapo, a la taba, a los cromos, a las chapas, a la piola, a rodar el aro, al mocho y la billarda, a policías y ladrones; nos peleábamos en verdaderas guerras entre calles o barriadas; guerras incruentas que se saldaban con algún chichón para terminar todos amigos pues no conocíamos el odio. Nuestra infancia era vivida en las calles, en libertad, sin ataduras. Disponíamos de tiempo para echar a volar nuestra imaginación, para ir a la estación de ferrocarril a ver pasar y parar los trenes, trenes que nos llevarían a los sitios lejanos vistos en nuestros sueños de niños. En la escuela éramos traviesos sin dejar de ser aplicados; nos reíamos de los maestros a los que, al mismo tiempo amábamos y respetábamos y cuando éramos castigados entendíamos el castigo sin guardar ningún rencor, como tampoco de las collejas y algo más que collejas de nuestros padres. No éramos tontos, ni resabiados, ni tiquis niquis y comprendíamos que habíamos hecho mal y nuestros padres – a los que amábamos sin medida – debían castigarnos. En nuestra pobreza éramos felices porque careciendo de todo, lo teníamos todo debido a nuestra libertad para vivir, para soñar, para jugar. ¡Aquellos cines con pantalla en una pared o en un lienzo ponían ante nosotros aventuras maravillosas en las que siempre el bueno ganaba al malo y la bondad triunfaba sobre la maldad! Éramos niños y vivíamos como tales. Cazábamos ranas y murciélagos, perseguíamos perros, subíamos a los árboles. Nuestro mundo, el mundo de nuestra niñez, de nuestra infancia era un mundo caleidoscópico, infinito, variado, poliédrico, sorpresivo que nos acogía en sus entrañas de libertad, risas, travesuras, diversiones – muchas de ellas inventadas por nosotros porque, al carecer de todo, nuestra imaginación lo inventaba todo – en definitiva, de felicidad. A la noche y tras cenar, si se podía llamara cena a lo que nuestro padre, tras un día de trabajo sin horas de entrada ni de salida, podía poner sobre nuestra mesa; caíamos rendidos en la cama compartida con nuestros hermanos y el sueño se apoderaba de nosotros hasta el día siguiente. Y ese nuevo día nos ofrecía nuevas ocasiones de vivir nuestra niñez sin trabas, sin corsés, pero en el respeto a los mayores, a nuestros maestros, a nuestros queridos padres”.

El niño de 10 años: “Guardería o escuela. Disciplinas alternativas. Llegada a casa en la tarde noche tras más horas de trabajo que nuestros padres sin haber visto la calle, ni haber podido disfrutar de juegos al aire libre. Ya en casa, deberes inacabables, ausencia de mis padres que, eso sí, me dan de todo lo que ellos creen que me hace feliz sin preguntar. Casi nada de tiempo entre llegar a casa y acostarme, y ese poco tiempo ocupado en los deberes y en las consolas o móviles. ¡Solos! completamente solos, sin compartir juegos, sin hablar con amigos, sin oír las palabras de nuestros padres. Desde la guardería me dicen lo que debo y tengo que hacer, lo que debo comer, a lo que debo jugar… ¿jugar? Se le puede llamar jugar a mirar una pantalla catódica, oír los sonidos de un estúpido juguete mecánico o mirar estúpidamente como otro juguete mecánico se mueve sin que yo ni mi imaginación aporten nada de nada. Y todo esto encerrado en una habitación atiborrada de objetos inútiles cuando no tontos que nuestros padres, como máxima demostración de su amor, nos han comprado sin preguntarnos. Nosotros los niños, los pobres niños de hoy, no sabemos jugar a nada y, sobre todo, no sabemos inventar juegos.

¡La calle! Esa maravillosa calle de la que tanto me habla mi abuelo donde, en plena libertad dejaban aquellos niños volar su imaginación, respirar el aire libre, compartir travesura, pelear, sentirse unido a la pandilla y todo sin odio, sin resentimiento. ¡Nada de aparatos luminosos! La maravilla de un aro metálico y su guía o una cuerda para saltar. Los niños de hoy nos morimos por estar en la calle donde brincar, correr, pelear, saltar, reír, llorar; vivir en definitiva sintiendo la vida en nuestras venas, en vez de permanecer encerrados entre paredes de ladrillo y cemento, como si de un bunker se tratara. Parecemos pájaros encerrados en jaulas que, aún siendo de oro, no dejan de ser una cárcel; pero además nos han cortado las alas, porque nos han coartado nuestra imaginación, todo nos lo dan enlatado y encorsetado. Los niños de hoy carecemos de niñez, de infancia y yo quiero elevar mi voz en nombre de todos los niños del mundo:

¡Devolvednos nuestra infancia!

Y llega el verano, momento en el que, liberados de la tiranía escolar podríamos tener unos meses de libertad. Pero la sociedad y nuestros padres, decidiendo por nosotros, nos envían a unos campamentos en régimen militar donde viviremos bajo la férula de los monitores y sin libertad. No puedo vivir mi niñez y mi infancia como un niño. Me roban los dos momentos más bonitos de la vida del hombre.

MAROGA

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído