OPINION

Fco. A. Juan Mata: «¿A dónde va la información de nuestra memoria?»

Fco. A. Juan Mata: "¿A dónde va la información de nuestra memoria?"

“Abuelo, cuéntanos historias de cuando eras pequeño” Zen y Rock, G. M.

Antes de que mis nietos se abrochen los cinturones en el coche, ya escucho con satisfacción y orgullo esa petición, que, aunque rutinaria, me suena siempre cariñosamente imperativa.

Son las ocho de la mañana y los acabo de recoger para llevarlos al colegio “cerebro”. Pero, no resulta fácil complacer su interés, pues, como no he vivido tantas aventuras como “El capitán Trueno”, ya recuerdan la mayor parte de ellas con mayor detalle que yo mismo. Así que busco en mi memoria corporal alguna nueva, casi olvidada, la fragmento y adapto a su edad, y, como corresponde a un abuelo, la enfoco con una moraleja pedagógica.

Tendríamos así, quizás, una respuesta primera al interrogante que figura en el título del artículo de hoy: Los sucesos y datos que ha acumulado mi memoria fluyen de nuevo en el universo hacia las suyas para enriquecer el contenido de las partículas que las componen. Se trata, sencillamente, de ese quinto estado de la materia que es la información. En función del contenido de los relatos, la información irá hacia una memoria corporal o a otra espiritual. La primera los anima a reaccionar, ahora o en el futuro, y lo hacen con un impulso defensivo si deducen de la narración que alguien no ha obrado debidamente. Sin embargo, la otra, la memoria del espíritu, es desinteresada y los ayudará a construir caminos o a recrear el arte de la vida. Todo ese contingente de recuerdos que almacenamos es lo que nos permite percibir la duración del tiempo de la vida. Esa es la explicación por la que, a medida que tenemos mayor edad, los años parecen pasar más deprisa, pues comparamos la información del último período con la que ya estaba almacenada en nuestro archivo personal de memoria y, evidentemente, el cociente cada vez (salvo etapas postreras muy ajetreadas), tiende a ser menor.

Henri Bergson y Albert Einstein, hicieron popular el día 6 de abril de 1922, por su enconado debate en París sobre la naturaleza del tiempo. Entonces, la versión científica de Einstein, quien agrió la discusión afirmando que “no existe un tiempo de los filósofos”, definió el concepto como una magnitud cuantificable, y resultó triunfadora frente a la filosófica de Bergson, que lo veía como una duración perceptible; aunque el pensador francés nunca aceptó la derrota y respondió con varias publicaciones posteriores que apenas afectaron a la opinión generalizada. Con ocasión del centenario de aquel enfrentamiento, cayó en mi poder un magnífico artículo del doctor don Leandro Sequeiros que despertó mi curiosidad sobre la cuestión. Y es que, entre aquellos pequeños relatos sobre a dónde va la información de la vida de un abuelo, y la doble visión conceptual, científico o filosófica, sobre esa extraña variable que hemos creado para regular nuestra existencia, observo que solamente la filosofía tiene una respuesta válida para la razón. O sea que yo, aunque soy ingeniero agrónomo y por tanto de formación científica, me inclino más por la opinión del filósofo.

Trataré de argumentar los motivos de esa opción: Recientemente la ciencia ha descubierto que las partículas elementales que dan consistencia a la materia observable, son capaces de almacenar información sobre sí mismas a semejanza del ADN de nuestras células; y es así como los átomos o moléculas se disponen, acorde con la información que contienen, en redes cristalinas que crecen formando maravillosos y sorprendentes cristales con figuras geométricas casi perfectas, como los cubos de pirita, “el oro de los tontos”, de Navajún. Es el denominado quinto estado de la materia. Esa información que llega y que los seres vivos identificamos como “duración perceptible” por la memoria, es lo que representa realmente el tiempo. Es decir que, si la información no fluyera de una partícula a otra, y de un organismo a otro, no habría memoria ni tampoco existiría el tiempo.

Para Einstein: “El tiempo es una magnitud que se mide y cuantifica con un reloj” y que “Hay acontecimientos objetivos, independientes de los individuos”. Ese tiempo se podría dilatar a velocidades rápidas o incluso detener si el observador viajara a la velocidad de la luz. Claro que es imposible calibrar en ese entorno la visión de Bergson, pues nadie sabe cómo fluiría la información en un individuo que experimentara esa velocidad. Para Bergson, el tiempo, como magnitud medible, aparece con la percepción de los seres vivos porque, cuando esa memoria se detiene, lo hace también el tiempo. Veamos un ejemplo: Hace poco se descubrió un gusano nematodo que había permaneció enterrado 46.000 años, en estado de criptobiosis, en el permafrost siberiano a 40 metros de profundidad. Se logró que reviviera tras ser rehidratado e incluso pudo reproducirse tras su, digamos, resurrección. Ese largo período enterrado, con la visión del filósofo Bergson, dejó de ser tiempo para él, pues su materia no incorporó ninguna información nueva en la fase de animación suspendida. Así pues, un gusano, cuyo ciclo vital habitual se mide en días, no podríamos decir que vivió los 46.000 años que hubieran señalado para nosotros los relojes de Einstein. El científico obvió siempre la pregunta de ¿por qué el hombre había inventado los relojes?, o la de, ¿quién y cómo se habría medido ese tiempo si nosotros no existiéramos?

Y, aunque el tiempo, en el marco de la teoría de la Relatividad, era una variable continua, pues se dividiría en un número infinito de instantes; hoy, la física cuántica, sugiere, en apoyo de Bergson, que puede tener una naturaleza discreta a nivel subatómico, como lo es la información de cualquier memoria. Por eso, quizás, no me quedan ya relatos para mis nietos.

Fco. A. Juan Mata (caballero templario)

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