OPINIÓN

Manuel del Rosal: «Las penas y las vaquitas / se van por la misma senda. / Las penas son de nosotros, / las vaquitas son ajenas»

Manuel del Rosal: "Las penas y las vaquitas / se van por la misma senda. / Las penas son de nosotros, / las vaquitas son ajenas"

Atahualpa Yupanqui conoció un buen día a un arriero al que llamaban Don Anto. Le invitó a sentarse a su mesa, pero se excusó alegando que tenía prisa. Atahualpa le preguntó por qué andaba tan apurado y Don Anto le contestó: “Es que tengo que andar no más. Ajenas culpas pagando y ajenas vacas arreando.

Le gustó el refrán a Atahualpa y lo anotó en unos papeles, A partir de ellos compuso los famosos versos que son el estribillo de la canción El arriero. Esos cuatro versos fueron repetidos por los argentinos durante años para resumir la injusticia social. Esto fue en 1944 y yo me hago la siguiente pregunta: ¿Sigue el hombre del común arreando vacas ajenas y soportando las penas de la esclavitud?

Alguien dijo: “La esclavitud viene ahora escondida entre los conceptos de la nómina” Y Marguerite Yourcenar apostilló: “Dudo que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud. A lo sumo le cambiará el nombre”.

En este siglo de las luces para unos pocos y la oscuridad para muchos, muchos, no existe más que la dignidad ultrajada, la libertad perdida, la dilapidación entronizada, la corrupción como norma y la esclavitud institucionalizada.

Va a ser verdad lo que Jean Giraudoux, escritor francés afirmó en el primer tercio del siglo XX: “Somos los últimos hombres libres, la época de la nueva esclavitud llega y no tardará” La nueva esclavitud viene escondida entre los conceptos de nuestras nóminas y esparcida a través de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. Y lo que es peor, aceptada por la ciudadanía. Esta nueva esclavitud tiene su base en la economía y el dinero, y se distingue de la antigua en que es impersonal al no existir relación humana entre amo y esclavo.

Es la esclavitud del arriero que pastorea a las vaquitas del amo mientras acompaña ese pastoreo con las penas que le afligen. Las vaquitas y las penas van por la misma senda, sostenidas aquellas por el trabajo duro del arriero que redunda en beneficio del amo y estas por su alma dolorida y sus ojos tristes de mirar a un futuro que nunca llega.

Hoy, las vaquitas son los trabajos mal remunerados que engordan los resultados empresariales y los impuestos que nos ahogan mientras llenan las alforjas de los políticos; las penas son ese sentimiento de dolor que acompaña a ese joven que ve imposible independizarse a causa de la imposible tarea de tener una vivienda propia, entre otras penas.

El arriero de Atahualpa, al menos, tenía el consuelo de caminar junto a sus penas y las vaquitas ajenas acompañándose con sus canciones; el joven ni siquiera puede cauterizar sus penas porque, como también dice Atahualpa: “Los hombres – de este mundo de progreso – son dioses muertos / De un tiempo ya derrumbao / Ni sus sueños se salvaron / Solo su sombra ha quedao”

MAROGA

 

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