[…] «No estoy seguro de si voy a ir a reunirme con Sánchez en Moncloa». Estas palabras en boca de Gabriel Rufián, no son otra cosa que una actitud muy edulcorada y calculada de decir en «román paladino»: “Estamos algo molestos, pero no lo suficiente como para romper con Sánchez”. Es el típico lenguaje camaleónico del independentismo catalán cuando quiere simular firmeza sin perder la silla. No es un desafío real, es un teatrillo más dentro del gran espectáculo de hipocresía que sustenta esta sólida “coalición progresista” construida sobre chantajes, silencios cómplices y cesiones interesadas.
¿Qué quiere decir de verdad Rufián? En román paladino, esto equivale a decir:
«Estamos dolidos porque no se nos consulta como nos gustaría pero tranquilos, seguiremos cobrando, manteniendo y votando a este Gobierno mientras nos siga dando concesiones y cobremos nuestro sueldo.»
Pero hay algo más, mucho más turbio entre líneas: lo que Rufián realmente está diciendo, en ese tono ambiguo y calculadamente displicente, es que ha llegado la hora de exprimir hasta la última gota las ubres sanchistas, que el momento político se agota, que la debilidad de Sánchez es extrema, y por tanto… debemos «sacarle al Gobierno —es decir, a todos los españoles— todo lo que podamos, porque la teta se acaba y ya no da para más”.
Es una declaración encubierta de expolio: sacar tajada hasta que el chiringuito se derrumbe. Porque saben que el tiempo de Sánchez se agota, que la credibilidad internacional está por los suelos, que el hartazgo ciudadano crece… y que tal vez esta sea su última oportunidad para cobrar peajes, amnistías, competencias y prebendas.
Esta declaración encapsula la miseria moral y política de los socios de Sánchez. Todos —ERC, Junts, Bildu, Sumar, Podemos y demás ralea— juegan el mismo juego cínico: amagar con descontento, con distancia y con reproches teatrales… para después seguir apuntalando al «capitán» de la mentira en la Moncloa.
Porque, seamos claros: si de verdad estuvieran en total desacuerdo, ya habrían le retirado su apoyo. Pero no lo hacen. Ni lo harán. Porque el poder les gusta más que los principios. Porque en este Gobierno, las líneas rojas no existen y, cuando las hay, se pintan con tiza y se borran con un trapo y agua.
Rufián y compañía fingen indignación mientras firman presupuestos, votan decretos y blindan con sus votos a un presidente que ha hecho de la sumisión a los extremos el eje de su supervivencia. Están donde están por conveniencia, no por coherencia. No son socios de Gobierno, son rehenes voluntarios de sus propias ambiciones regionales y personales.
El “ya veremos” –de Rufián– no es incertidumbre política, sino pura hipocresía calculada. Es la representación perfecta de este Gobierno: una farsa sostenida por actores mediocres que se reparten la tarta del poder mientras el país se tambalea. Y lo más triste es que todos, incluido Rufián, saben que sin Sánchez se quedan sin escenario, sin obras y sin paga. Por eso ladran, pero no muerden. En esta tragicomedia, lo último que quieren es que baje el telón y tengan que saludar antes de despedirse.
Y mientras tanto, siguen ordeñando la vaca del Estado, a sabiendas de que ya apenas queda leche en sus flácidas ubres. Pero no importa. Ellos serán los últimos en levantarse de la mesa… y los primeros en culpar al camarero cuando el banquete acabe en ruina, sin postre, ni café ,ni puro, ni copa.
Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.
