Rostro maquillado, gesto inmutable

Rostro maquillado, gesto inmutable

Es el creador de la Nueva Derecha, Alain de Benoist quién nos insiste: «La derecha que no quiere ser de derechas acaba siendo la izquierda vergonzante. Y la izquierda, cuando no encuentra resistencia, se convierte en dictadura blanda».

Un extenso compendio de tal afirmación puede hallarse en miles de comentarios colgados en los digitales: izquierda rampante, derecha timorata. Y, por encima de ambas opciones, un ser absolutamente admirable. Un ser que puede recibir todos los improperios, descalificaciones, descréditos personales, que él sigue inmutable, impasible, aferrado a su cargo, empero demostrar en su rostro que está siendo noqueado tanto por propios como por extraños. Él se escuda en una invocada honestidad, en el engaño sufrido por tres cargos — desde el sábado, cuatro — y en la alegada honradez de 4.000 cargos socialistas en ayuntamientos, diputaciones, etc.

No, no es suficiente que tres cargos próximos, muy próximos a la cúpula socialista, fuesen directamente nombrados por él, para que, en un arrebato de decencia, declare, confiese, algo más que un sentimiento de dolor personal, sin asunción ni de responsabilidad ni de autoría. Él no peca, no cree en el pecado, él no miente, cambia de opinión a conveniencia, él no se inmuta, se maquilla como una puerta. Él es el “don” de una banda de ocupantes del poder que, como un gran “padrino”, se deja mecer por las otras “familias” que no desean independizarse de España, sino sacar a España de sus “territorios”.

A fin de cuentas, ni rindió balance, ni sacó conclusiones, ni propuso medidas, pues, de haberlo hecho habrían salido a la palestra su esposa, su hermano, su fiscal, su Constitucional, su Adif, su Correos, su CMNC, sus primarias, las sobrinas, en fin, un largo etcétera, a todas luces más que indecente, que algún medio enumera hasta alcanzar los 34 casos.

Pero no, él tiene su plan de país, muy simple, aunque rotundo; una España plurinacional, republicana por descontado, una Cataluña vacía de España y una Euskal Herria que nazca en Castro Urdiales y termine en Tudela. Ello es lo que hay detrás de la medida anunciada de finalizar el proceso autonómico. Es decir, descuajeringar el país conocido desde hace quinientos años como España. Y para lograr su objetivo es fundamental cerrar el paso a un gobierno de derechas — es un decir —, de ahí la no convocatoria de elecciones ni hoy, ni mañana. Y sus rodrigones parlamentarios, aplaudiendo con las orejas, al tiempo que se frotan las manos adivinando todo cuanto le van a ordeñar al gobierno más endeble de la historia.

Todo ello aderezado con la colonización por el Estado de los poderes que conformarían una democracia. Todos los organismos e instituciones de control gubernamental, han sido ocupados por los hombres y mujeres de Sánchez; ejemplo último, la presidenta pidiendo auxilio para no ver al organismo Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal amenazado en su independencia por parte del gobierno. Todo ello y más, también es corrupción, la corrupción del Estado de Derecho para convertirlo en una autocracia al estilo franquista. Un matiz; si el régimen guardaba las formas y pasaba sus leyes por el filtro de las Cortes, el sanchismo usa y abusa de los decretos-ley, por comodidad, naturalmente. Y si se da algún imprevisto ya está dispuesta la presidente del Congreso para congelarlo o sortearlo, con la ayuda de su sumiso secretario general.

A tales hechos se debe responder de forma rotunda, sin contemplaciones, sin temores ni melindres. Lo que está en juego no es el gobierno, es España, aherrojada por unos personajes que ni creen en ella, ni la entienden, ni la desean. No caben medias tintas, ni tenues sonrisas, ni frases sueltas, hay que ofrecer, con toda claridad, una nueva sociedad en la cual los valores no se circunscriban a la moneda, al PIB, al BE, sino a los principios históricos que engrandecieron España y la colocaron en el lugar que, por cultura, por tradición, por esfuerzo, por méritos le corresponde. España debe volver a ser gobernada desde las ideas, no desde las estadísticas, desde los principios del liberalismo, desde la dignidad humana, la libertad individual y la felicidad como valores fundamentales. Es decir, gobernada no gestionada; regida, no adoctrinada; administrada, no mandatada; impulsada, no adocenada.

Obviamente, lo escrito semeja una quimera, y contemplado, deviene una entelequia el suponer que un gobierno, no progresista — es un decir — asuma la tarea de limpiar toda la podredumbre legislativa actual, el remozamiento de todas las instituciones, la desocupación de los organismos de control gubernamental y, por encima de todo, retornar la independencia constitucional y dignidad a todo el entramado de poderes del Estado.

Locke y su compromiso social, debieran recuperar la vigencia dentro de las corrientes de la sociedad, y, quizás con ello, autarcas como el “honesto” Sánchez no alcanzarían nunca sus objetivos.

Conclusión. Un consejo de Francisco de Vitoria, padre de derecho internacional moderno, Escuela de Salamanca, siglo XVI;

“En las elecciones tengo la obligación de elegir no al mejor en absoluto, sino al mejor de los posibles, esto es, que cuente con votos en abundancia. Al que creo insuficiente no debo votarle, aunque todos lo quieran elegir”.

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