Luis J. Pasamar
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Como todos los años desde hace más de treinta tiene lugar una manifestación de afectos al régimen que se instauró mediante un cruento golpe de estado militar, la manifestación tiene todas las garantías que concede el estado de derecho. Este año -2007- ha caído en martes, por lo que los convocantes pidieron la solicitud para el domingo día 18, a pesar de ello el mismo día 20 se manifiestan con banderas, uniformes y desfilando un grupo de nostálgicos del “movimiento”.
A preguntas de uno de los periodistas presentes, le responden que ellos vienen a honrar a sus muertos. Esto sucede en el Valle de los Caídos y sin que nadie se oponga al despligue paramilitar.
María Pèrez (es un nombre ficticio) aún recuerda una noche de su infancia en la que mientras cenaban llamaron a la puerta, entraron unos hombres vestidos con la misma indumentaria que los que el día 20 honraban a sus muertos, algunos de ellos conocidos de su familia y por lo tanto de su padre, le dijeron que saliera un momento que tenían que ir a su negocio, María no ha vuelto a ver a su padre desde esa noche hace más de 70 años.
Pedro López (nombre ficticio) recuerda que de niño una noche entraron a su casa unos hombres vestidos todos iguales, los sacaron de la cama y se llevaron a su padre a puñetazos y patadas, ante los gritos de su madre y el llanto de Pedro y sus hermanos y hermanas. Otro día volvieron y les dieron a beber aceite de ricino, a su madre además del aceite la pelaron al rape, esto se repitió varios días en los que además los obligaban a transitar por las calles sucios y cubiertos de sus propios excrementos.
De su padre no volvió a tener noticias, es más, cuando sus hermanos o él preguntaban por su padre, se les imponía silencio con miedo.
Esto son dos hechos expuestos con la frialdad que la cruda verdad exige, las vejaciones en el colegio y en la calle, la falta de derechos por ser familia de “rojos” -apelativo que se aplicó a todo aquél que defendió la legalidad democrática-, todo eso vendría después y sucedería durante años años condenados a la miseria económica y moral al verse despreciados y abandonados por todos. incluso por la Iglesia Católica cuando les negaba algún que otro papel necesario, por ser rojos, ateos y masones, a pesar de las misas de los Domingos y las tardes infantiles de eternos rosarios.
Durante años, desde que se reinstauró la normalidad democrática en España, han tratado de obtener noticias sobre el paradero de los cadáveres de sus padres para enterrarlos dignamente y honrar su memoria, pero se han encontrado con la incomprensión, una vez más, de parte de la sociedad y peor aún, de parte de la clase política que en esto ve un acto de revanchismo. María conoce nombres y apellidos de los asesinos de su padre que continúa callando.
María y Pedro son víctimas, lo han sido durante toda su vida, víctimas por el capricho de imponerse por el terror de unos desalmados, víctimas por las vejaciones e injusticias sufridas durante años y sin posibilidad de acudir a la justicia sino todo lo contrario. Ahora hay quien quiere que sigan siendo víctimas al contemplar cómo se homenajea en un magnífico -de magno- sepulcro que causó aún más víctimas, a quienes sabían de aquellas injusticias.
Si es cierto que estos tienen derecho a honrar a sus muertos, las víctimas tienen, por lo menos, los mismos derechos y nadie ha pedido hacer un monumento a los caídos por defender la legalidad de su país, ni reparar las injusticias y vejaciones de toda una vida, además de las de muchas, muchas muertes.