Sergio Santamaría Santigosa
Gerona
Es filántropo aquel que concibe buenas obras al servicio de la humanidad sin esperar nada a cambio, alejado del ánimo de lucro, santo y seña de nuestra economía de libre mercado, venida a menos como consecuencia de las excentricidades que han dado al traste con ella.
Ahora que hemos alcanzado un consenso cuasi-unánime sobre la necesidad de socializar los efectos de la crisis económica, ha llegado la hora de analizar qué medidas concretas pueden amortiguar los perniciosos efectos del desempleo, eso que hemos dado en llamar la economía real, como si la financiera no ocasionara consecuencias de similar impacto.
Del mismo modo que el primer auxilio prestado por los Gobiernos occidentales ha ido a parar a los bancos, en el bien entendido de que era la mejor manera de atajar la crisis de confianza interbancaria y su consecuente falta de liquidez, es momento de conjugar audacia y prudencia para brindar idéntico apoyo a las empresas que demanden recursos para financiar sus proyectos y crear puestos de trabajo. Este debe ser el objetivo fundamental. Por tanto, se trata de implementar un ambicioso plan que abarque toda una serie de medidas de política fiscal y monetaria, -sumando lo mejor de Friedman y Krugman-, resueltamente encaminada a impedir en una primera fase la destrucción de empleo y la brusca caída del consumo, y lograr a posteriori la estabilización de ambas variables.
En esta dirección, un precio del dinero barato,-no excesivamente para no provocar su aprovisionamiento-, se constituye en el primer estímulo para favorecer un menor coste ligado a las decisiones de inversión, que deben estar vinculadas en el caso de España a sectores estratégicos que apuesten por políticas de innovación tecnológica, con el fin de mejorar la competitividad. Para ello, adelgazar el sector inmobiliario engordado por lo atractivo de sus elevados márgenes de beneficio, se convierte en una prioridad, que debe vincularse a un cambio de mentalidad sobre la conveniencia de convertirse forzosamente en propietario del inmueble que habitemos. El impulso fiscal debe materializarse por la vía de las deducciones al alquiler por el lado del arrendatario y las garantías del cobro de las rentas por la parte del arrendador, con el establecimiento de reformas procesales que permitan instaurar los “desahucios rápidos”. A su vez, el mercado hipotecario ha de aplicar una moratoria revisando aquellos contratos de préstamo de imposible cumplimiento actual, con la introducción de claúsulas suspensivas en los plazos de amortización.
Pero la actual crisis no tiene sólo una vertiente económica sino que a la vez es de calado más profundo, si cabe de índole ética. ¿Existe una mano invisible que vele por la generosidad para corregir desigualdades?. Los hechos demuestran que no, que la sola fuerza del mercado no redistribuye la riqueza y que el Estado tiene mucho que decir, porque puede ser generoso como instrumento corrector de desequilibrios y porque el individuo nunca lo es.
No tengo duda de que egoísmo y filantropía se baten en duelo y que el individuo, económicamente considerado, actuando en un mercado desregulado se guía sólo por la codicia, de ahí que mi afán pasa por introducir la filantropía en la economía. A pesar de los detractores, creo que sólo el Estado es fiable para llevar a cabo tan ardua misión, puesto que quien tiene el poder tiene la fuerza para invertir el orden establecido. De nada sirve una revolución, hablo más bien de mutación para que pasemos del Welfare State al Philanthropist State.
En efecto, el primero se ha interpretado como instrumento de confort que hace al individuo un ser acomodaticio. Del bíblico “Dios proverá” hemos pasado al “Estado se encargará” hasta el punto de transformarlo en verdadero protagonista del sistema capitalista, de hecho, se ha convertido en un competidor más que al estilo de las multinacionales más boyantes ha luchado denodadamente por la obtención del superávit, cayendo en un clamoroso sinsentido puesto que la bonanza en las cuentas del Estado únicamente debe convertirse en herramienta al servicio del bien común. Reclamo que su papel sea benefactor, que intervenga para redistribur la riqueza sin que parezca confiscatorio. Debe acometer una intervención medida y controlada para evitar desincentivar la iniciativa individual, pero por encima de todo debe obrar al servicio de la humanidad. Desde el punto de vista práctico la fiscalidad no puede ir más allá del coste real y efectivo de los servicios públicos que presta el Estado, que el sujeto pasivo pague sólo por la prestación de lo que efectivamente recibe y con su excedente acometer la distribución equitativa del capital por la vía del incentivo y no a modo de ayuda directa con subvenciones indiscriminadas. Prestaciones directas para casos extremos, ayudas fiscales para la generalidad, rebajas impositivas para recuperar los márgenes empresariales y fomento de la inversión productiva para relanzar el consumo.
Desde, luego, si lo que se pretende en Estados Unidos el próximo día 15 de noviembre es sentar las bases para la refundación del capitalismo, el planteamiento de medidas concretas se constituye en condición necesaria pero no suficiente para superar la crisis, convencido como estoy de que más importante que la fallida financiera o real es el marasmo ético en que la civilización occidental se haya sumida, por haber convertido el materialismo en “becerro de oro” al que todos debemos adorar.