Una de putas y ladrones

Samuel Domínguez Leal
correo electrónico

Cuando se tiene cierta inclinación por el relativismo desacompasado, huero, engolosinado por el todo vale, resulta que hasta ciertos criterios perfectamente calificables y ponderables objetivamente terminan uncidos ante el yugo del subjetivismo más fachendoso y ramplón.

De esta guisa nos viene que el arte, tan valorado antaño, se halle prostituido hogaño. Lo vemos a diario con el aplaudido arte contemporáneo. Un arte que, a todas luces –y no precisamente las luces que dieron nombre a todo un siglo– es más circo barato que verdadera expresión del alma. El culto al ombliguismo, el aquí te pillo y aquí te mato, la espontaneidad como valor en alza, el simbolismo hecho religión, el abstraccionismo alimentado de grandes dosis de psilocibina. Todo ello pasado por el troquel del progresismo desatado.

Así las cosas, es inevitable que la farándula progre no caiga decúbito prono ante este nuevo conato de becerro de oro. ¡Y tanto oro! Este mundo de expertos trileros capaces de cambiar con maña el garbanzo del cubilete ante el arrobo del respetable, lo mismo se saca de la manga una subvención con la que producir una suerte de cine independiente, que vomita auténticos odios africanos sobre las producciones norteamericanas.

Resulta cuanto menos curioso –si no cómico– ver cómo nuestros más dilectos actores y directores se deshacen en catilinarias y libelos contra los lobbies, mientras que ellos mismos generan el suyo propio a base de imposiciones totalmente al margen en un sistema de libertades y derechos civiles: sí, el famoso 5% de impuesto revolucionario con el que llena FAPAE su peculiar faltriquera a base de extorsionar a las televisiones privadas que sí saben lo que es cortar una oreja en el ruedo de la vida real; o sea: compitiendo en el libre mercado.

Una vida real esteatopígica, patológica, que tratan de vendernos nuestros cineastas en cada una de sus películas a base de arrabales, prostitución, miseria, mariconeo y drogas de toda laya. Una realidad que todos conocemos, pero, aún más, cualquier pobre diablo que no viva bañado en oropeles como por fortuna –nunca mejor dicho- se permiten estos malabaristas de la contradicción, doctores en francachelas y saraos de alta alcurnia. Vamos, lo que en la jerga progre llamarían vida de auténticos burgueses. Esa –y no otra– es la vida que gastan muchos de estos pelagatos al tiempo que se toman la licencia de aleccionarnos moral e intelectualmente al resto de personas que, al contrario que ellos, sí creemos en la libertad, en las disensiones, en otros puntos de vista y, sobre todo, en otra forma de hacer arte. No es ésta precisamente la de robar al contribuyente y a las empresas privadas. Perversos son sus fines como indignos son los medios que utilizan los tarambanas del cine español para hacernos llegar su producto.

Todo ello gracias a una Ley del Cine retrógrada, vacía de sentido lógico y con un doble fondo autárquico y fascista si cabe. Una Ley sobre la que aún tiene que pronunciarse el Tribunal de Justicia de Luxemburgo por las inconstitucionalidades que alegó UTECA que suponían este tipo de atracos a mano armada. Todo eso con el balido de fondo de los recentales nacionalistas implorando competencias para sus comunidades en producción audiovisual, por lo que, Abracadabra, se crea en este 2009 un nuevo fondo específico para el cine en lenguas cooficiales, con una dotación de 11 millones de euros –¡tachán!– sacados de la chistera del contribuyente nuevamente. Y claro está que la Fundación Autor se frote las manos como el jabardillo de botarates que espera el garrotazo que abra la piñata. Por no hablar de esa Diosa Vestal que es nuestra Pilar Bardem y sus adláteres. Llueve pues el dinero por obra y caridad del Altísimo en algunos sectores protegidos por un altruismo estatal que, curiosamente, se regodea con la redistribución del dinero de acuerdo a un principio: el colegueo.

Señores, por Dios, si el cine español no interesa al público –entiéndase: yo, tú y aquél– gánense su cuota de mercado a base de innovación, satisfacer las necesidades cinéfilas de la gente, arriesgar buscando nuevos horizontes, ¡qué sé yo!; pero no desde luego inyectando en vena todo un estercolero triturado que para nada interesa. Que sí, hombre, que sí: todos sabemos que su materia gris es de otra naturaleza, como providencial; pero no hagan que al mirar la cartelera sea inevitable descartar dos de cada diez películas por ese Realísimo Decreto que nos obliga a consumir cine Made in Spain –denominación de origen– y no tanto Gran Torino y demás basura que encontramos en el muladar yanqui.

«–¿Cómo? ¿No quieres sopa? Pues dos cuencos rebosando», que diría esa madre. Pues en esas andamos con el «cine» (Adviértase el entrecomillado. Es intencionado).

Y pensamos que la caída del muro hizo estragos en el inconsciente colectivo escarlata. Nada. Ni a base de tirones de oreja…

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído