Cartas al director

El hombre naranja

El hombre naranja
Donald Trump TV

Sr, Director,

La superioridad moral que se arroga la mentalidad socialdemócrata y liberal de Europa nos habla de la victoria de Donald Trump como algo incompresible y peligroso que debemos odiar. Cierto, Trump es hortera y lenguaraz, pero parece que también libre, genuino e insobornable.

Se ha tenido que dar cobertura a sí mismo con calculada grosería porque la prensa y la política de EEUU, en un ejercicio de cinismo y cobarde supervivencia, le cerraron la puerta antes de que pudiera siquiera pedir paso. Con todo, los americanos han preferido la pirotecnia insolente del hombre naranja al tiro con bala de una mujer que parece haber utilizado, entre otros méritos, cuentas personales de correo electrónico para manejar información privada de todos los americanos.

A mí no me parece tan descabellado; quizá soy un reaccionario irreductible, miren. Lo que sí me lo parece es nuestra afirmación implícita, sin la menor voluntad de análisis, de que el pueblo que ha elegido a Trump es una masa de necios y orates dispuesta a hacer saltar el mundo por los aires. Me he tenido que esforzar por encontrar las intervenciones completas de Trump, ya que aquí solo nos han llegado las frases que lo encumbran como un cretino.

Para mi sorpresa, en la mayoría de sus discursos hablaba de comercio, industria, defensa o sanidad. Gustándome más o menos, pero he oído política con mayúsculas, incluso con cabeza. A tenor de los resultados entiendo que los americanos también pudieron oírlo, no como nosotros, que solo teníamos noticias del neófito cuando eventualmente sacaba a pasear la vulgaridad. Sin embargo, sus comentarios más reprobables no son más que un calco de cualquier conversación de bar entre hombres, seamos honestos al menos. Un desprecio tan gratuito a lo que en realidad desconocemos nos deja en mal lugar y más bien parece estar motivado por la envidia y vergüenza que nos da el vivir en directo la valentía de los americanos, un pueblo con vicios e incongruencias, pero también con una democracia a años luz de la nuestra que quiere intentar recuperar su soberanía, eso que los europeos hemos vendido por un plato de lentejas al leviatán del siglo XXI, la Unión Europea, políticamente correcta y sibilina.

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