ANÁLISIS

Juan Mata Hernández: Golpe de Estado lingüístico y educativo»

Juan Mata Hernández: Golpe de Estado lingüístico y educativo"
Quim Torra y Pedro Sánchez. EP

El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla. Así describe el artículo 3.1 del Título Preliminar de la Constitución el derecho y obligaciones de todos los españoles con respecto a nuestra lengua común. Norma sobre la lengua que, de un modo flagrante e incluso denigrante para quien osa exigirla, se incumple cada vez más en buena parte del territorio nacional.

Mis dos nietos son de Barcelona, o sea españoles, europeos y de Pangea, como muy bien dice el mayor, que tiene ahora diez años. Y no digo catalanes, aunque hayan nacido en esa región, porque no tengo claro si por decirlo así alguien pensara en otra cosa. En realidad, si no fuera el deseo de mi nieto una utopía, me hubiera gustado que mi descripción se limitara a Pangea y ni tan siquiera hablar de españoles o europeos.

Pero claro que es importante la lengua, ese maravilloso sistema de comunicación verbal y escrito desarrollado por la especie humana, que ha contribuido decisivamente a la civilización y al desarrollo. Tan fundamental es, que quizá fuera uno de los escasos atributos por los que pudiéramos considerarnos superiores a los demás seres vivos. Pero ha habido, hay y habrá muchas lenguas. Han servido para formar y enriquecer culturas, diferenciar grupos y hasta distinguir estamentos sociales. Muy probablemente haya actualmente en el mundo, muchos más idiomas de los que serían precisos para unir a la humanidad en ese gran Pangea del que habla mi nieto.

Hace diez años, cuando nació mi primer nieto, una de las visitas de congratulación en la clínica me preguntó muy interesada, si yo preferiría que estudiara en un colegio con clases en catalán o en castellano. Me sorprendió sobremanera aquella pregunta por el tono capcioso y fuera de lugar, pero no lo dudé un instante. Respondí que por supuesto desearía poder comunicarme con mis nietos y, como yo desconozco el catalán, optaría por el castellano, pero además y pensando en su propio interés, me gustaría que también dominara el inglés por ser la lengua de los negocios, y a poder ser el mandarín porque muy probablemente lo será en el futuro.

Sin duda tendría la oportunidad de comunicarse también con mucha más gente, más de mil millones. En cuanto al catalán, terminé diciendo, no me parece mal que lo conozca puesto que su padre y sus avis lo hablan, siempre, claro está, que no le restara tiempo para otros conocimientos prioritarios. Pienso que la capacidad humana es limitada y no me gustaría que por esmerarse en dominar una lengua minoritaria, dejara de aprender materias de mayor trascendencia. Pensaba que él terminaría entendiendo el catalán con solo hablarlo con su padre y sus avis, sin necesidad de dedicar mucho tiempo lectivo a perfeccionarlo, de igual modo que yo entiendo el bable como reminiscencia de mi infancia y juventud en Gijón.

Reconozco además que disfruto cuando me sale el acento asturiano si estoy por allí de vacaciones, pero no me preocupa desconocer el significado de algunas palabras si para evitarlo hubiera tenido que dejar clases de matemáticas, física o filosofía. Dejaría ese estudio más completo para los filólogos o quienes estuvieran interesados en conocer y enseñar esa cultura. Sin embargo en Cataluña, la realidad ha ido mucho más lejos de lo que se pretendía en la Constitución y los derechos de los alumnos castellanohablantes se desprecian, al tiempo que, en la calle, la presencia del castellano se elimina e incluso prohíbe en establecimientos comerciales. Parece claro que se ha conculcado torticeramente la Constitución, o sea un golpe de estado lingüístico.

Como un virus contagioso ese proceso se extiende también hacia otras regiones y vemos que en La Rioja se plantea la obligación del euskera; en Mallorca, Valencia e incluso Aragón se estudia imponer el catalán, etc… Se habría evitado este «bataclán» si hubiéramos aplicado la norma imperante en cualesquiera de las naciones que nos rodean, léase, Francia, Alemania, Italia… donde se impone la lengua oficial por encima de cualquier otra.

De no ser así, la deriva nacionalista terminará por obligar a estudiar el bable en Asturias, la fabla de Aragón, el árabe en Andalucía, o el castúo en Extremadura…. ¡Bendita sea…, qué país el nuestro! Dejaremos la filosofía u otras ciencias pero podremos hablar con el vecino en nuestra lengua vernácula sin que se enteren los que nos acompañan, así que, además de maleducados, seremos incultos.

Es curioso y sintomático que el libro de los libros, la Santa Biblia, se refiera a la confusión de lenguas como una de las mayores desgracias acaecidas en un momento sobre la humanidad. Fue tras el diluvio universal, cuando Dios nos condenó a expresarnos cada cual en un idioma diferente. Esa profusión de lenguajes, como castigo divino al orgullo humano, produjo de inmediato que se acabara el entendimiento y la concordia del grupo de personas que trabajaban para alzar la gran torre, el objetivo común que libraría sus vidas en caso de repetirse el gran diluvio. Seremos pues un buen ejemplo del castigo divino, pero nos lo habremos ganado a pulso o, más exactamente, nos lo habrán servido en bandeja una colección incalificable de políticos sin cabeza.

Golpe de estado educativo
Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado. Así describe el artículo 139 del Título VIII de la Constitución el derecho de todos los españoles a participar, entre otros, en el acceso a la cultura en igualdad de condiciones, independientemente del lugar en que se resida. Norma aplicable a la educación sobre la que, de un modo flagrante, con notorias faltas de rigor, menosprecio de la historia, de los valores y de los héroes u hombres ilustres de nuestro país, se adoctrina a la infancia y a la juventud en Cataluña con una visión sesgada cuando no falsa o negativa de los mismos. Como consecuencia se ataca la propia Constitución a través del menosprecio a la bandera, el himno nacional, la forma política o la jefatura del Estado.

Se considera que la clave para el cambio de una sociedad reside en la reforma de sus sistemas educativos y es ahí donde el nacionalismo catalán ha ido maquinando para ofrecer un mundo diferente y supremacista. Una verdadera toxina educativa que no conduce más que al desorden, la frustración y el engaño. El simple hecho de utilizar la exclusión de quienes desearan utilizar el castellano, sería suficiente razón para retirar esa competencia.

Llama la atención el modo de establecer «verdades» aunque se trate de visiones iluministas que nadie, salvo quien las edita, comparte. Al imponer su realidad, la enseñanza separa de un modo trágico a las juventudes de unas Comunidades de las otras, como si repitiéramos el castigo, ahora sin sentido, de aquella Babel de lenguas. Sólo que aquí además, trasgrede los límites de la ingenuidad política, destrozando un sistema que debiera presumir de democrático precisamente por tratar de aunar las emociones, las impresiones y los pensamientos de toda la nación.

Y las consecuencias ya se viven en multitud de familias desde que se inició el movimiento político nacionalista del 1-O. Curioso absurdo que tolera y anima la despreciable pompa de quienes dicen luchar contra «la casta» desde suntuosos chalets, o ingeniosos políticos emigrantes de lujo, en magníficas villas casi feudales de Flandes. Nos están convirtiendo con nuestra cándida pasividad en ingeniosos juguetes que votan periódicamente para mantener o elevar a algunos hombres ambiciosos, ricos y ociosos, que se labran el futuro con riesgo del de nuestros nietos.

La solución debe ser inmediata y firme
Para poder luchar por la libertad y la cultura de nuestro país no circunscrita a los intereses de grupos nacionalistas o de extrema izquierda, sería necesario, promover una educación con textos similares que reconozcan las especificidades, pero respeten y valoren el conjunto, en todos los campos. Permitir que cada cual elija en libertad el centro y la lengua con la que desee estudiar, sea el español, el inglés, o el que nuestra Constitución permita en cada Comunidad. Pero para poner ese orden, se hace preciso centralizar previamente y de inmediato todo el sistema educativo.

Pienso que se ha hecho excesiva «dejación de funciones». Y ese «golpe de estado lingüístico y educativo» a que hago referencia, ha sido el fruto maduro de tan absurda e insensata candidez. Esta vez el vaso está colmado y rebosando odio y no se puede ni debe consentir ni un minuto más que ese veneno emponzoñe la convivencia. Pero ni siquiera harían falta nuevas elecciones si la sensatez imperara. Quizá muchos de los parlamentarios atados a las decisiones de partido, podrían y deberían romper la disciplina de voto y cumplir con la Constitución que juraron respetar. Inglaterra nos acaba de dar en ese sentido una buena lección con la disparidad de apoyos entre los diputados conservadores hacia su líder.

La libertad es uno de los principales atributos de cualquier democracia pero la libertad de cátedra debe ir pareja con la libertad del alumno para descartar a profesores iluministas o descerebrados. Esos que pretenden imponer sus ideas por encima de los intereses de quienes, lo único que buscan es el conocimiento de la realidad para seguir aprendiendo.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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