ANÁLISIS

Juan Mata Hernández: «El Dios de los calvos»

Juan Mata Hernández: "El Dios de los calvos"
Adan y Dios en la Capilla Sixtina del Vaticano. EP

Tengo un amigo que dice que él es ateo al 99%. Cuando nos reunimos para hacer una pequeña caminata y dialogar después, frente a unos cafés, trata de explicarme que sus grandes dudas se basan fundamentalmente, en que un mundo tan cruel e injusto, no puede estar bajo la tutela de un Ser infinitamente bueno que es tal y como ambos definimos a Dios. A poco del primer sorbo suelta ya su bomba de hoy en tono jocoso:

-Claro, tú crees en Dios porque eres calvo.

No acierto a comprender su broma y me sugiere con una seguridad rayana en la presunción:

-En el libro de los Reyes de tu Biblia, Dios provoca la muerte de cuarenta y dos jóvenes, por el único motivo de reírse de un calvo, que era el profeta Eliseo. Busca en internet y verás que es cierto lo que digo.

Se refiere a unos párrafos de ese libro Santo (Reyes 2.23.24) que describe el suceso del siguiente modo: Después Eliseo se fue de allí a Betel. Cuando subía por el camino, un grupo de muchachos de la ciudad salió y comenzó a burlarse de él. Le gritaban: «¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!». Eliseo se volvió hacia ellos, los miró y los maldijo en el nombre del Señor. Al instante salieron dos osos del bosque y despedazaron a cuarenta y dos de ellos.

No se me ocurrió otra cosa que seguir el tono jovial de su comentario, mientras pasaba mi mano derecha por una cabeza recién afeitada, como hago todas las mañanas. «Menos mal que en Madrid no hay osos».

El ateísmo que impera hoy es el signo de una crisis de valores que afecta a todo y a todos y, a veces, son patologías consecuentes, la depresión y la angustia vital.

Me gustaría hacer este regalo de Navidad a mi amigo, pero no es fácil convencer a un ateo, a pesar de que la mayor parte están deseando que se les persuada. Y como ese argumento del Dios justiciero que protege a los calvos no me resultaba fácil de defender, con una visión del mundo actual, tuve que darle una vuelta completa a la conversación. Quiero anticiparles que no tengo más formación teológica que la asistencia a algunas conferencias del catedrático de teología Andrés Torres Queiruga y las que imparte en la escuela bíblica de Madrid, el agustino, Antonio Salas. Aunque he de confesar que ambos han producido un cambio en mi mentalidad cristiana muy positivo y que invito a compartir.

De la lectura de los escritos de ambos, Torres Queiruga y Antonio Salas, deduzco que el modo en que se desarrolla la liturgia católica está anclado en algunos aspectos, quizá hay una visión del pasado un tanto obsoleta y que probablemente se debiera ir superando poco a poco. Sirvan para ello los dos ejemplos que le expongo a mi amigo:

El infierno está vacío. La existencia del infierno es un dogma de fe y obliga a creer en ella, pero no entra dentro de la lógica del amor de un padre que cualquiera de sus hijos vaya a ser condenado eternamente. Más bien debiéramos argumentar que ese amor de Padre, que Jesús reflejó tan maravillosamente en la parábola del hijo pródigo, llevará al final a todos sus hijos más o menos cerca de Él. O sea que el infierno existe pero está y seguirá vacío.

La oración de petición no tiene sentido. No cuando se dirige a un Padre que conoce perfectamente lo que nos conviene a cada uno. Es más, podría incluso resultar ofensiva si la viéramos del siguiente modo: Imaginemos que en las oraciones de la eucaristía pedimos por los emigrantes que llegan a Europa en esas pateras ¿No es cierto que ellos son también hijos de Dios? ¿No lo es también que cualquiera de nosotros nos ofenderíamos si otros nos pidieran que hiciéramos algo por nuestros hijos? ¿Así pues, por qué recordar a un Dios Padre que debe ayudar a sus hijos necesitados?

Creo, amigo Jacobo, que a Dios no hay que meterle en nuestra actividad diaria. Es aquella eterna disputa teológica entre la inmanencia y la trascendencia que nos acerca al panteísmo en el primer caso y nos convierte en hormigas insignificantes y olvidadas por el Creador en el segundo. Es Él quien nos tutela. Dios no nos abandona nunca, aunque a veces no seamos capaces de entenderlo.

Pues bien, leer en la Biblia pasajes como este de Eliseo o el del sacrificio frustrado de Isaac no nos ayuda salvo que lo enfoquemos con una perspectiva diferente. A veces es pura pedagogía, pues se trata de señalar lo que quiere o no quiere Dios y lo que no se debe o sí se debe hacer. Alejarnos hacia la trascendencia absoluta de un Dios que hipotéticamente nos ama, pero que luego manda a los osos para castigar una travesura juvenil, no está en línea con lo que predica la Iglesia hoy. Ni Dios está pasivo y alejado ni pretende que le convenzamos con súplicas o sacrificios. Al menos eso es lo que pienso yo.

Procede una visión panenteista, curiosamente elaborada hace dos siglos por un masón, el filósofo alemán Karl Friederich Krause. Situaba a Dios equidistante entre la inmanencia y la trascendencia absoluta. Siempre a nuestro lado; Él lo sustenta todo; pide nuestra colaboración para el bien y no exige los ruegos para resolver nuestros problemas porque Él, conoce lo que nuestro libre albedrío nos llevará a obrar y lo respeta. Pero si Dios es Amor, no es lógico pensar que tolera el mal. El mal es sólo una consecuencia de las carencias humanas.

Para decirlo con las propias palabras del profesor Torres Queiruga, sería algo así como: «Pedirle algo a Dios equivale a invertir todo el movimiento, situando la iniciativa del lado humano y la pasividad del lado divino. Objetivamente nuestro lenguaje de petición está alimentando, a saber, a) que Dios podría ayudar, pero -por los motivos que sea- no quiere; b) que, en el supuesto de que la petición haya sido «eficaz», quiere sólo algunas veces, ayuda a unos sí y a otros no. El resultado es en ambos casos funesto».

Nos queda entonces como oración, un diálogo del hijo al Padre sobre nuestras tribulaciones, pero no sobre las de los demás. Y siempre la oración de alabanza y de acción de gracias.

Ya sé que no he convencido a Jacobo con este razonamiento, que quizá puede parecer pobre. Pero terminará siendo muy provechoso como catalizador de ese 1% de fe que conserva y, estoy seguro que comprenderá, incluso tras la lectura del libro de los Reyes, por qué no hay ningún Dios exclusivamente de los calvos.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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