CARTA AL DIRECTOR

Juan Mata Hernández: «La Laboral de Gijón, un modelo de pedagogía jesuítica»

Juan Mata Hernández: "La Laboral de Gijón, un modelo de pedagogía jesuítica"
Universidad Laboral de Gijón. EP

«No se trata de formar a los mejores del mundo, sino formar a los mejores para el mundo. La excelencia de un profesional se mide ante todo con el parámetro del mayor servicio a la familia humana» (Adolfo Nicolás, SJ).
En 1534 Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús y a renglón seguido la encaminó decididamente hacia la docencia. Once años después se abría el Colegio de Gandía, el primero de educación jesuítica donde se enseñaba tanto a jóvenes jesuitas como a alumnos externos. Desde entonces su tradición pedagógica ha tratado de formar mentes, en busca de un mundo igualitario y unificado, para inculcarnos aquello de que el prójimo somos todos. ¿De qué se puede dudar respecto al resultado de algo que hicieran los jesuitas? De nada, y más si soy yo quien lo escribo.

No soy objetivo, lo reconozco. Cuando hablo de los jesuitas mi cabeza hace un «remake» de una buena parte de mi vida, porque tengo el honor de haber recibido la esencia ignaciana no sólo en el Colegio de la Inmaculada de Gijón sino también después, en el ICAI de Areneros. Tengo buenos amigos de aquella época y además, mi pasión por la «Ratio Studiorum» jesuítica, me ha llevado a hacerla revivir en alguna de mis novelas como Hegelianam. Un «thriller», dicho sea de paso, de escaso éxito, si se mide por el número de lectores.

Desde el punto de vista actual, es prácticamente imposible convencer a la mayoría de los jóvenes, manipulados por el revisionismo de la izquierda radical y la dejadez de la derecha amilanada, de que hubo grandes obras y notables logros durante el gobierno de Franco. Las Universidades Laborales y más en concreto, «la Laboral» de Gijón, serían un claro ejemplo. Y lo fue más, sin duda alguna, porque tuvo el acierto o la perspicacia de dejar su gestión en manos de la Compañía de Jesús.

Es cita obligada para todo aquel que pase por Asturias, visitar la majestuosa construcción de «la Laboral», la obra cumbre del arquitecto madrileño Luis Moya Blanco; que aún es el edificio más grande de España y la última maravilla del clasicismo en Europa. Un impresionante complejo educativo que cobijó un modelo singular de formación que, desde su inicio en 1954, fue un experimento de éxito para reconocer, estudiar y adaptar a los tiempos actuales.

En la Universidad Laboral de Gijón se formaron los mejores especialistas en numerosas disciplinas profesionales. «Nos rifaban… bastaba con decir que venías de la Laboral para que todas las puertas se abrieran» comentan algunos de los veteranos. De allí salieron los mejores torneros, electricistas, mecánicos, etc. Pero no era sólo un lugar de estudio, y menos aún, para coleccionar títulos como en algunas universidades actuales. En «la Laboral» de Gijón se fraguaban hombres de provecho, con un espíritu colectivo y unos valores que les haría difícil pasar desapercibidos cualquiera que fuera su desempeño futuro. La revista de sus antiguos alumnos, La Torre, lo define así: «… pasar de manera justa, rigurosa, honrada y socialmente responsable por los entornos, laboral, social y familiar».

El teatro, de fachada helenística similar al Partenón, es singular por lo que representa y por el enclave en que se sitúa. «A mayor gloria de Dios, honor de la virtud, esplendor de las Ciencias y de las Letras…». Con voz solemne y trascendente comenzaba así cada año, en uno de los fríos días del invierno gijonés, la ceremonia de proclamación de dignidades del Colegio jesuita de la Inmaculada; un acto que tenía lugar en el teatro de «la Laboral». El padre prefecto lo iniciaba, vestido con su capa negra, y armado de voz imperiosa. El lugar no podía ser más idóneo: con un aforo de 1.756 butacas reclinables forradas con piel de cabra, fue el primer teatro climatizado de Europa. Los alumnos de «la Laboral» podían presumir de tener uno de los mejores auditorios; un lugar para aprender a expresarse y transmitir los conocimientos que adquirían.

Sólo el alumno creador es capaz de proyectar, de ahí que una de las mayores aportaciones pedagógicas de la «Ratio Studiorum» que implantaron los jesuitas, fuera la de hacer partícipes a los alumnos de su proyecto educativo: buscar la excelencia; aspirar a lo bello, lo útil, y lo perfecto. Pero además, con ayuda del teatro, la pérdida del miedo a explicarse y comunicar lo aprendido, una asignatura pendiente de la Universidad española de la que hablaré en otra ocasión.

La Laboral fue una obra de éxito durante los veinte años que siguieron con la Compañía de Jesús al frente; pese a ello, tras la muerte de Franco a finales de 1975, se cedió la dirección a personal docente de las Universidades Laborales. Estos sustituyeron a los jesuitas y, nunca mejor dicho, comenzó una cuesta abajo sin freno, que originó la decadencia y el deterioro de un Centro que había sido también el Instituto de educación Secundaria más grande de España, con más de 3.000 alumnos. En la década de los 90, la izquierda más intolerante se llegó a plantear su demolición. Si observan con atención en Afganistán los talibanes obraban de un modo similar, por ello su milicia ultra ortodoxa destruyó los dos colosos de Buda de Bamiyán. Quienes no son capaces de entender el valor de la belleza y el arte, ni reconocer la acción de quienes les antecedieron, suelen obrar así. ¿Quién sabe si detrás hubiera ido el Valle de los Caídos? o, ¡Dios nos libre!, El Escorial, pues a fin de cuentas fue una obra de los Austrias y ahora tenemos reyes Borbones.

Como recientemente indicó el catedrático Miguel Ángel Caldevilla, ex Secretario General de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Laboral, el proyecto pedagógico que impulsaron los jesuitas fue, tras la muerte de Franco, archivado e incluso estigmatizado. La Laboral se abrió a Europa y, en mi modesta opinión, bien pudiera haber recibido cierto influjo de la Bauhaus alemana. Estuvo siempre enfocada a hijos de trabajadores de escasos recursos y sus alumnos recibieron una formación humana, técnica y social envidiable, nada sectaria, pues los jesuitas no lo habrían consentido.

La moral revisionista de la izquierda oculta equivocadamente este éxito pedagógico al verlo como resultado de una imposición franquista. ¡No fue así! El testimonio de quienes lo vivieron, nos confirma que aquella institución fue una historia de éxito que debe ser reconocida y no ocultada ni demolida.

La percepción de la inmensa obra que supuso la Laboral supone, aún hoy, un desafío enorme. Asumirlo con todas las consecuencias exige replantear la formación profesional como alternativa que integre arte y diseño, con igual o superior nivel al del bachillerato. Y, como en toda decisión trascendental, aprender del pasado, elegir a los mejores docentes y evitar la tentación de opciones extremas.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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