Cartas al Director

F. A. Juan Mata Hernández: «El administrador del Rey»

F. A. Juan Mata Hernández: "El administrador del Rey"
El Rey Felipe VI escucha a su padre, Don Juan Carlos de Borbón. EP

Eran los últimos años del siglo pasado y yo comenzaba a escribir. No se trata de confesaros que acabara de terminar mis cuadernos de caligrafía, no era para tanto. Simplemente tuve la oportunidad que me brindó el reto de un amigo, para atreverme a plasmar sobre papel las vivencias de un singular Camino de Santiago. A estas alturas de la vida ya me falla la memoria, pero diría, por lo del bordón y la calabaza, que representaban el 9 y el 3 en manos del «Pelegrín», la mascota del primer «Xacoveo» moderno, revitalizado por el Presidente de la Xunta, Don Manuel Fraga Iribarne. De regreso del Camino ya tenía mi primer libro completo, un relato hervido de anécdotas que reflejaban los avatares de un agradable grupo de dieciocho peregrinos. Luego fueron llegando muchos más.

Omití indicar que, por aquel entonces, yo trabajaba en el Banco Atlántico y uno de mis compañeros y amigo era José Rubio, gerente de una empresa de aparcamientos filial del Banco y antiguo director de nuestra oficina de la calle Velázquez. «Pepe», como le llamábamos coloquialmente, era un gran profesional, pero además era un hombre bueno en todos los sentidos. Un día me contó que, estando en su despacho de dirección, recibió una llamada en la que se le solicitaba acudir al palacio de la Zarzuela, para una entrevista con el rey Juan Carlos. Imagino que se sintió agobiado, yo al menos lo hubiera estado, pero Pepe era un hombre tranquilo. Seguramente se cambiaría de corbata y quizá de traje y camisa, más allá no creo. Luego se dirigiría hacia el palacio meditando sobre lo que le pudieran preguntar y lo que podría o no responder.

No sería indiscreción si les contara los prolegómenos y motivos de aquella llamada porque son públicos: A la sazón, el Banco Atlántico había tenido origen a principios del siglo pasado, cuando en 1901, los hermanos Francisco y José Nonell Feliú, que desde 1885 gestionaban una Casa de Cambio en Cuba, optaron por trasladar su sede a Barcelona. El capital inicial fue de 50.000 pesetas de la época y lo denominaron « Banca Nonell, Rovira y Matas» (no busquen similitud con mi apellido que tuvo origen en los Mata de la Provenza y el Rosellón). Tras pasar sin pena ni gloria los períodos de la Monarquía de Alfonso XIII, la dictablanda de Primo de Rivera y la nefasta II República, en 1946, de la mano de Don Juan Claudio Güell y Churruca, conde de Ruiseñada, cambió su nombre por el de Banco Atlántico.

Bueno, pues ya tenemos la conexión realista, porque el conde de Ruiseñada fue presidente del club monárquico Amigos de Maeztu, y uno de los nobles que, en una reunión de julio de 1954 en Estoril, convencieron a don Juan de Borbón para que su hijo Juan Carlos estudiara en España. Evidentemente, al tiempo, como buen catalán, aprovechó la oportunidad para que fuera su banco, el Atlántico, una de las entidades desde donde se coordinarían las finanzas del futuro Rey. Aquella cuenta se abrió precisamente en la oficina que dirigía mi compañero y amigo José Rubio.

Vivimos en una era donde estamos obligados a poner nuestra confianza en muchas personas a las que ni siquiera conocemos. Lo hacemos al subir a un avión o un tren AVE, cuando vamos al médico, y en muchas otras ocasiones que no viene a cuento relatar ahora… Ponemos, digo, nuestra propia vida en manos de esas personas, ¡qué no debiéramos hacer cuando se trata de nuestro honor! Porque en el origen, en la gestión y en el destino de nuestra economía, subyace a veces el miedo a la maledicencia y al consiguiente descrédito. Corresponde por tanto ser muy cauto a la hora de decidir quién y cómo van a gestionarse nuestras inversiones. Y don Juan Carlos lo comprendió al momento. Por eso la conversación que debió tener lugar aquel día en la visita de Pepe a la Zarzuela, pudo ser algo así como lo siguiente:

«Don Juan Carlos: Gracias por venir, señor Rubio, le he pedido esta reunión porque veo que durante los últimos años usted ha gestionado muy bien mi cuenta».

«Pepe: ¡Ah!, era eso. Bueno, majestad, lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido, y más tratándose de usted. Mañana le enviaremos un detalle de todos los movimientos y la posición del saldo. Pero si le corre prisa puedo hacer que se lo envíen hoy mismo».

«Don Juan Carlos: ¡No, José! Si lo que querría pedirte es que igual que administraste la cuenta del Príncipe lo hagas a partir de ahora con la del Rey. Y no me llames majestad -le debió advertir el Rey, con una sonrisa afable».

«Pepe: Sí, majestad, será para mí un honor -seguramente respondió así, olvidando la petición del Rey».

De un modo similar al reseñado debió ser cómo José Rubio se convirtió de buenas a primeras en Administrador del Rey. Y don Juan Carlos no había podido elegir mejor, porque Pepe era el paradigma de la nobleza, bonhomía y honradez, pues siempre miraba de frente con la seguridad de quien lleva la mente limpia y las ideas bien claras.

Un día, durante el almuerzo posterior a algún consejo de administración de la empresa de aparcamientos, Pepe estaba a mi lado ojeando la última de mis novelas, recién publicada. Me miró y dijo, « ¿Quieres que le lleve un ejemplar al Rey?». «¡Coño, Pepe, vaya pregunta que me haces, pues claro que sí!» Yo no soy un ferviente monárquico pero soy Juan carlista hasta la médula. Y vaya si se la llevó, al poco tiempo me llegó de vuelta una carta autógrafa en la que el Rey me daba las gracias por el presente y la dedicatoria. Aquél ejemplar era el primero de una trilogía templaria que me permitió ahondar en los secretos y virtudes de la Orden medieval, pero lo mejor que obtuve de su publicación fue la carta de don Juan Carlos.

Uno de estos últimos días me topé en la Plaza de Castilla de Madrid con un grupo de gente joven que había colocado una mesa con unas urnas, donde pretendían hacer un simulacro de votación sobre la aceptación de la monarquía en España. Digo yo que algo así de confiable como el pretendido referéndum del 1-O. Uno de los muchachos se me acercó y me pidió que votara. Lo hice a favor del sistema monárquico, con cierto asombro del joven que esperaba justo lo contrario. Luego, en un aparte, expliqué mis motivos: « Ha habido en España tres repúblicas, aunque las dos primeras no avanzaran el dígito correspondiente, la primera, en febrero de 1873, apenas duró 11 meses y tuvo 4 presidentes, fue la llamada Federal, debido a que sus cuatro dirigentes pertenecieron al partido de esas siglas; la segunda, denominada república unitaria, tampoco llegó al año y en realidad fue una dictadura del general Serrano (ruego a doña Carmena que, por favor, no le quite el nombre a la calle homónima de Madrid por este motivo). En cuanto a la tercera, o sea la denominada II república de 1931, de infausto recuerdo, se proclamó tras el pucherazo en el recuento parcial de unas elecciones municipales, donde se eligieron a apenas 5.875 concejales republicanos, frente a 22.150 monárquicos. Tuvo como reacción económica una fuga inmediata de divisas y un 20% de depreciación de la peseta. La inacción del gobierno permitió desde la quema indiscriminada de conventos y establecimientos religiosos hasta la llamada Revolución de octubre de 1934, en que dos regiones de España proclamaron su independencia por la fuerza, y llevaron a la muerte a más de 2.000 contendientes. Visto así, ¿quién, en su sano juicio, abogaría por una III o, como correspondería llamarla, IV República?»

José Rubio me hablaba a menudo del Rey. «Es un hombre auténtico y humano. Siempre halla el tono justo entre la broma y la moralidad. Yo te aseguro que tenemos el mejor rey. Paciente, sereno e inteligente. Un rey tan bueno como pocos anteriores, y que, por ello, deslegitima a cualquiera que intente ensuciar su imagen».

Pepe ya falleció y nadie podrá preguntarle de nuevo por aquella etapa que él consideró tan afortunada. Un día feliz en que un rey le pidió que fuera su administrador. Yo me quedo con sus palabras, la dedicatoria de don Juan Carlos y el recuerdo imborrable de mi amigo.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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