CARTA AL DIRECTOR

Juan Mata Hernández: «FG, el corazón y la conciencia del BBVA»

Juan Mata Hernández: "FG, el corazón y la conciencia del BBVA"
Francisco González (BBVA). PR

Podemos entender que la conciencia es una pauta que guía la conducta a seguir, en busca del bien de la comunidad a la que se pertenece.

Algo así como aquel dicho de «con mi madre y con mi patria, tenga o no tenga razón». No estoy pensando, por supuesto, en las aventuras de los agentes del 007 británico, con licencia para matar en defensa de su país, ni del tratamiento inhumano que se pudiera aplicar a los presos de Guantánamo en defensa de los EE.UU. Esto de lo que quisiera hablar hoy, corresponde a la ética social empresarial. Así entendida, la conciencia de BBVA debería seguir siempre el camino que mejor contribuyera a su defensa. Todo ello, dentro de unos límites que no repugnen a la moral natural.

La pequeña localidad gallega de Chantada es el corazón de Galicia y, Francisco González, natural de allí, lo es del BBVA. Con 43 años fundó la sociedad de valores FG y fue el principal motor de la fusión que convirtió al primer banco vasco, el Bilbao, en la multinacional financiera que es hoy BBVA. De su buen hacer es muestra el premio que le otorgó la revista Euromoney en 2016 cuando le eligió banquero del año y líder del sector. Siendo el primer español que obtenía ese reconocimiento por haber logrado situar a su entidad en una posición capaz «no sólo de sobrevivir a la crisis, sino de triunfar».

Resultó admirable su pulso en 2012 al ministro de economía, negándose a embarcar al BBVA en la SAREB, donde sus máximos competidores, Santander y Caixabanc comprometieron 650 y 470 millones de euros, respectivamente. Era un acto por el bien del país, pero don Francisco se sintió más comprometido por el de la empresa a la que se debía. Tan sólo cinco años después, la prensa aireaba la cruda realidad: «FG tenía razón, SAREB pierde 663 millones…» publicaba a toda plana El Confidencial. La conciencia financiera y el corazón de BBVA había acertado, pero algunas victorias son pírricas porque los vencidos se sientan a esperar.

Su inteligencia y prudencia, requisitos indispensables para ser un gran banquero, se impusieron a la intriga, la batalla ideológico-política y la mediocridad de sus adversarios. Pero dejaba atrás espinas y recelos, como las familias de Neguri, tradicionales accionistas del banco hasta 2002, cuando FG sacó del consejo al copresidente y restantes miembros que los representaban, movido por el escándalo de las cuentas secretas en Jersey; o a Miguel Sebastián, entonces asesor económico de Zapatero, que fuera ex jefe del Servicio de Estudios del banco, expulsado por González.

Quizá ahora, tras ceder el timón de la nave, y perder la coraza protectora que siempre da el poder, todos los enemigos que se había ido labrando le giren una factura un tanto abyecta. Y no lo es porque FG, como gusta llamarlo el sector financiero, esté libre de culpa, que ya dijimos estos últimos días que nadie podrá tirar muchas piedras con ese mérito, sino porque el motivo que se aduce, podría ser la parte menos grave de los pecados que se cometieran en la batalla por el control del banco en 2004, cuando Sacyr que valdría en bolsa menos de 3.000 millones de euros, quería comprar una participación de control de BBVA, que cotizaba por encima de los 40.000 millones. Todo ello trufado con el rumor de que el gobierno del PSOE, desde la sombra, apoyaba la operación, con el objetivo de descabezar a un presidente que veían vinculado al PP.

El Banco de Bilbao fue también mi punto de salida profesional, como auxiliar administrativo del departamento de créditos en la oficina central de la calle de Alcalá. No se me olvidará una anécdota al cobrar mi primer sueldo, que entonces se acostumbraba a pagar en efectivo en la ventanilla de caja. Un servidor, ya con 21 años pero nula experiencia financiera, miré al cajero que me entregaba varios billetes y monedas con una mirada entre confusa y agradecida. El empleado de caja me auscultó con cierta socarronería advirtiendo mi confusión, mientras yo recogía precipitadamente los billetes. Así que, interpretando equivocadamente aquel gesto, le dejé las monedas imaginando que la pequeña propina sería justo lo que esperaba. Las risas de los que estaban cerca me hicieron despertar a la vida y acompañaron mi jornada laboral el resto de la mañana y los días siguientes. Por aquel entonces les aseguro que la conciencia del Banco de Bilbao era tan limpia como mi candidez.

Pues bien, no pienso que FG fuera tan cándido cuando defendió con éxito la entidad frente a aquel irregular asalto. Es probable que, como dicen, apareciera por allí el señor Villarejo, y disparara sus micrófonos a todo el que se moviera, con o sin conocimiento de unos u otros que eso, a mi modo de ver, sería la parte venial del asunto. El verdadero pecado, el sacrilegio, si es que el confesor, o sea el juez, lo califica finalmente así, sería el de los que maquinaron desde la sombra, aunque estuvieran al sol, para propiciar una compra de muy elevado riesgo, que hubiera puesto en peligro una empresa nacional de ese tamaño, y la hucha con los ahorros de millones de españoles, como es y era el BBVA.

La conciencia de un empresario que se precie de tal, se sostiene y acompaña por una serie de decisiones que, siendo proporcionadas, compiten en la misma liga en que lo hicieran sus adversarios. Exactamente igual que lo que la sociedad suele percibir como razonable y lógico, aunque la letra pequeña de la norma, no hubiese llegado a contemplar con detalle, las circunstancias concretas de cada caso. Tarea que siempre corresponderá a posteriori a la judicatura y que, por ello, no siempre será fácil compartir, aunque se respete y admita.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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