ANALISIS

Antonio Sánchez-Cervera: «Elecciones 28A: la delicada fragilidad del centro derecha»

Antonio Sánchez-Cervera: "Elecciones 28A: la delicada fragilidad del centro derecha"
Albert Rivera (CS), Pablo Casado (PP) y Santiago Abascal (VOX). EP

La inestabilidad política de España se ha hecho crónica y el independentismo catalán continúa marcando las pautas de nuestra política.

Estos dos factores tienen la fuerza suficiente para que no solo se den en nuestro país situaciones de máxima tensión política y social sino también para que perdamos fuelle e influencia en el concierto europeo, la inversión se ralentice y el empleo se frene en seco o caiga la ocupación. Es la lacra que pagamos por habernos alejado del bipartidismo, lo que demuestra que el pueblo no es tan sabio y tampoco tiene siempre razón. Paulatina pero inexorablemente, España se encamina al derribo por no mantener la cordura política, hija de una modélica transición, acordada por los brillantes políticos de aquel entonces, no tan lejano, que tuvieron sentido de Estado. Al menos, por ahora, nos queda la razón más que justificada de la existencia de la Corona.

Pedro Sánchez, con más olfato y agilidad de la que careció el muy débil de Rajoy, vio con supina claridad la fragmentación del centro derecha, recordando seguramente la otrora división del voto de izquierdas cuando lo de Izquierda Unida. Y acertó, pues sabe que Podemos es un partido que bailará al son que le imponga el nuevo PSOE cambiado y moldeado a su persona. Podemos es una cuasi formación política, muy dada al chisme cultural sin consistencia y al activismo callejero que como partido, aislado en su conjunto sin el PSOE de sus amores, hace agua por doquier y carece de crédito y poder para los asuntos de Estado.

Así las cosas, o la derecha aglutina su voto en las diferentes provincias y no divide por tres los sufragios o la formula D´Hont, que penaliza groseramente la división, dará la victoria el 28A a Sánchez con la comparsa del independentismo que no cesa.

La antigüedad es un grado y por eso el PP tiene muchas más implantación territorial y expectativas electorales que Ciudadanos y que Vox, formación esta última, que acaba de aterrizar en la amplia pista de la política nacional. Y es aquí donde el centro derecha español debe jugar bien sus bazas y concentrar el voto para no beneficiar a Sánchez y a sus futuros aliados: los «indepes». Como consecuencia, las habas están contadas, piense lo que piense la derecha o digan las encuestas o se hagan cálculos de participación: si no se quiere regalar al PSOE la mayoría del Senado, si no se vota al PP en las 28 provincias pequeñas de menos de seis escaños, si los partidos de derecha no se agrupan para que prime la gobernabilidad, el PSOE ganará claramente y el problema no es que gane el PSOE es que vence con Sánchez el independentismo que quiere demoler España. Y que Casado, al que presuponemos con más diligencia que su predecesor, olvide contar con la tradicional deslealtad del PNV.

A Casado, Rajoy le ha dejado un partido sin prestigio y buena fama. La Gürtel y otros descarados devaneos hirieron al partido, pero ha sido la cuestión catalana la que de verdad ha dejado a la formación en moribundo estado. La inacción del Ejecutivo anterior ha hecho florecer en una enquistada Generalitat esteladas y lazos amarillos que recuerdan irónicamente la «imparcialidad» de sus instituciones.

Rajoy, que nunca ha sido un político que haya ejercido de verdadero estadista, sin autoridad alguna en Europa, tuvo además la inconsciente osadía de rodearse de un personaje, el señor Arriola, que, en gran medida, catapultó a Saénz de Santamaría. El eje Rajoy-Arriola-Santamaría, fue como un coctel molotov para dinamitar el consistente PP que legó el político y gran estadista José Mª Aznar que encauzó con maestría de Estado el fin de la banda criminal y terrorista del nacionalismo vasco ejerciendo como líder respetado ante la influyente y colaboradora Administración norteamericana de aquel entonces. A sensu contrario, la que fuera vicepresidenta del Gobierno, señora Santamaría, que tuvo que irse de la política porque quizá nunca supo <<estar>>, también por su escasísimo talento, y porque un lúcido y más trasparente Casado la derrotó, en vez de ejercer y aplicar el cumplimiento normativo en toda su extensión de plazo y efectos del artículo 155 de nuestra Constitución en Cataluña, por omisión, facilitó que aún se dieran más concesiones al independentismo a sabiendas de que solo la independencia era el acuerdo político que pactarían los separatistas con el Gobierno de la Nación.
El tiempo ha demostrado que con la laxa e inhibidora actitud del Gobierno de Rajoy, el independentismo no solo tiene más apoyo sino que además el pacto político que ha servido con Cataluña durante más de 40 años se hace más difícil, no de mantenerlo sino de recuperarlo y por qué no de hasta mejorarlo.

Que Santamaría sea ahora fichada por un despacho catalán de abogados para asesorar a las empresas en términos de cumplimiento normativo corporativo, nos parece hasta anecdótico o muy revelador de favores y gratitudes.
Ahora se acerca la campaña electoral y los debates en televisión. No sabemos si el procés terminará con condena aunque intuimos que no será fácil demostrar penalmente la culpabilidad de los que ahora están acusados, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que los separatistas catalanes, sean los que sean, volverán a las andadas para conseguir la autodeterminación de esa parte de nuestro país. Por eso, Sánchez tiene necesariamente que retratarse públicamente ante sus conciudadanos, sobre si descarta un pacto post electoral con las voraces fuerzas secesionistas. Si Casado, Rivera o Abascal no sacan a Sánchez una rotunda respuesta en televisión, sin posibilidad de evasiva alguna por el presidente, que asuman las consecuencias de lo que se avecina.

Por cierto, si el PP, Cs y Vox no allanan un espacio de convivencia y sabia negociación para el voto útil, será la ocasión perdida, una vez más, para que el nacionalismo separatista no hipoteque o chantajee al Gobierno de España, y lo que es más importante, a los españoles.

Antonio Sánchez-Cervera

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