CARTA AL DIRECTOR

¡Jesuitas! «Esta noche me voy con gente inteligente»

¡Jesuitas! "Esta noche me voy con gente inteligente"
Jesuitas

«Hoy no voy a poder ir con vosotros. Tengo un compromiso con gente inteligente» (Federico García Lorca, dirigiéndose a sus amigos, Luis Buñuel, Pepín Bello, y Salvador Dalí, en la Residencia de Estudiantes)

Bueno, tras esa simpática referencia al gran poeta del 27, hoy también desearía que me acompañaran ustedes con esa gente inteligente. Y es que he invitado a esta esquina del periódico, a los jesuitas.

¿Entonces, qué mejor que comenzar con un paisano del gran poeta granadino? Me refiero al teólogo José María Castillo, que siempre habla muy claro y, de frente; aunque, derecho, camino adelante… ya sabemos, como decía el Principito, que no se puede ir muy lejos.

Cada vez se afianza más la convicción, de que nuestra Iglesia ha venido circulando por vericuetos extraños que se alejan del mensaje del evangelio. Quizá sólo algunos de sus teólogos más inteligentes, los jesuitas, han sido capaces de apreciar este fenómeno y nos envían de vez en cuando mensajes para poner fin a tanta desorientación.

Ahora bien, tales sugerencias ¿caen en tierra fértil? Seguramente no. Vivimos con una imagen de Cristo profundamente alejada de lo que representó su vida; y navega nuestra Iglesia entre la convivencia y complacencia con un entorno social dominado por la esclavitud a los bienes materiales.

Así, mientras cerramos los ojos ante guerras y miserias que no son ajenas a los intereses de occidente, mal se podría aplicar el mensaje del evangelio de Jesús. Y, sin seguir su camino ¿qué representa, y para qué nos serviría, la Iglesia?

¿Y qué nos dicen al respecto, estos teólogos jesuitas?

El de Puebla de Don Fadrique, José María Castillo, expresa con inquietud la veleidad de una Iglesia de pompa y apariencia; allí donde parece primar la aparente religiosidad de muchos cristianos que se dicen practicantes, aunque en su vida diaria sean unos sinvergüenzas.

«No se es cristiano sólo por ir a misa y rezar el rosario, si luego se abandona, engaña o desprecia a sus semejantes». Y señala, muy acertadamente, que el mayor error de nuestra Iglesia es el de haberse acomodado a los sistemas económicos y políticos de occidente, con olvido flagrante del mensaje evangélico.

Propone pasar de la religiosidad del rito y el dogma, a la humanidad de un comportamiento ético como proyecto de vida, pues no hubo ritual, sino ejemplo de servicio a los demás, en la vida de Jesús. Ese es en realidad el origen de la situación de crisis que todos apreciamos, al observar como disminuyen las vocaciones y se vacían los templos, mientras afloran los escándalos.

Pero tiene palabras de esperanza, pues confía en que el revolucionario enfoque teológico, de cercanía, sencillez, y bonhomía del Papa Francisco, fortalezca la fe. Alaba, pues, esa prioridad del mensaje evangélico, con una nueva lectura más próxima a los problemas del mundo y de la gente. Visión que, por otro lado, fue el mensaje que recogió el concilio Vaticano II, aunque esa evolución se viera truncada por una etapa postconciliar muy conservadora y remisa al cambio.

Otro teólogo jesuita, Juan Antonio Estrada, constata que la Iglesia ha pasado del enfoque de comunidad en los primeros tiempos, cuando se identificaba a los cristianos con el admirativo: «¡Mirad como se aman! » a una eclesiología demasiado jerarquizada. Propone que se deben abordar los problemas de los fieles desde una visión del mundo como la aldea planetaria que es, donde las acciones de unos afectan a todos, con consecuencias que pudieran ser devastadoras, como las ecológicas.

Pero antes de pasar a nuestro querido papa Francisco, deseo detenerme en la figura de Hans Urs von Balthasar, otro teólogo jesuita que ha avanzado una interesante hipótesis de aproximación a lo que sería la otra vida, donde imperaría, como no, el amor, sobre cualquier dogma o consideración que atemorice esta existencia temporal, tan humilde y limitada; aunque engrandecida por ser hijos de Dios. Así pues, Balthasar señala que no encuentra en esa lógica del amor, motivo alguno para justificar quién se salvará o condenará al final de la vida, pues ese amor ilimitado de Dios conlleva la salvación de todos y, en ese contexto, no reniega del dogma de la existencia del Infierno, pero presume que, muy probablemente, aquel tétrico lugar de tortura estará vacío.

El también jesuita, Karl Rahner, añade que el cristianismo tiene que ir desarrollándose continuamente. No está muerto ni ha pasado de moda, pues sigue siendo la religión absoluta; pero el lenguaje religioso de nuestra época no puede ser el del pasado. Y el acto supremo del entendimiento consiste precisamente en percatarse y aceptar que existe lo Incomprensible. «La herejía más peligrosa es creer en Dios sólo cuando nos ayuda, o sólo porque deba ayudarnos. ¿Cómo explicarle a uno que Dios es más importante que su propia barriga?».

Otro teólogo jesuita, Teilhard de Chardin, advierte sobre los problemas del aislamiento y de la marginación del individuo, tan actuales hoy en día donde se extiende el cáncer de la soledad. Ningún futuro puede esperar la sociedad si no es el fruto de la asociación de cada individuo con los demás.

Bien, pues con todos estos antecedentes ya hemos llegado a la figura estelar del también jesuita, como no, Papa Francisco. Mucho y muy positivo se ha escrito sobre su figura, pero también ha sido blanco de fuertes críticas, falsedades y calumnias. Parece que el deporte de moda consiste en atacar la renovación de la Iglesia, tan ansiada por otro lado, en la persona de quien con mayor ahínco se ha propuesto llevarla a cabo. Quizá por el temor que impone su formación jesuita, con el bagaje histórico a que la Compañía de Jesús se ha hecho merecedora: por su brillantez en el estudio e interpretación del mensaje evangélico, por la tenacidad en defensa de los más débiles, o como abanderados frente a desviaciones de la doctrina; aunque también, quizá, por ese voto especial de obediencia al Papa, que heredó de la Orden del Temple doscientos años después de su desaparición.

Pues, no se sorprendan, pero los ataques más fuertes contra el representante de Dios en la Tierra provienen de dentro de la propia Iglesia. Probablemente tengan incluso un origen no muy alejado del Vaticano, donde algunos purpurados verían con temor peligrar privilegios y honores. No soy un teólogo para opinar y discernir las razones que se esgrimen a favor y en contra del Papa, pero me siento un hombre de bien de nuestro tiempo y creo que es absolutamente necesario que la Iglesia, nuestra Iglesia, se adapte a la realidad de los tiempos y margine la pompa y el boato. Por poner un ejemplo, baste decir que mientras nuestros templos se vacían, el Papa Francisco congregó en la misa celebrada el 18 de enero de 2015 en Filipinas a más de 6 millones de personas; el evento con mayor asistencia de la historia.

Se cumplía el mensaje del Principito: «derecho, camino adelante…, no se puede ir muy lejos»; así que, la Iglesia retiró en 1988 a José María Castillo, y a Juan Antonio Estrada, la venia docendi. En 1950, Hans Urs von Balthasar, abandonó la Compañía de Jesús y le prohibieron dar clases porque sus ideas se alejaban del mensaje tradicional católico. Karl Rahner fue marginado por Juan XXIII al ser investigado por sospecha de herejía. En 1958, un decreto del Santo Oficio mandó retirar las obras de Teilhard de todas las bibliotecas religiosas.

Nada dignifica tanto al ser humano, como perdonar a quien le ofende. Y eso fue lo que ocurrió: ninguno de los referidos teólogos se alejó de la Iglesia, ni mostró rencor alguno, antes bien, mantuvieron una disciplina ejemplar a la Iglesia y al Santo Padre. Por ello, y porque muy probablemente su teología esté próxima a la del Papa, de quien, los que permanecen vivos, se muestran admiradores incondicionales, Francisco les ha abierto las puertas, con una llamada al diálogo y a la alegría del evangelio.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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