P. Rizo

Mel Gibson quiere llevar al cine a… Don Pelayo

Mel Gibson quiere llevar al cine a... Don Pelayo
El teleférico sobre las cataratas del Niágara de Torres Quevedo. PD

Producen un emocionado agradecimiento estos propósitos del cineasta estadounidense, que este verano recorre el Norte de España.

Mel Gibson conserva gran afición y cariño por España. Como acendrado católico es, obviamente, un hispanista entusiasta.

Digo obviamente no por énfasis sino para subrayar una realidad ampliamente conocida. Porque un católico instruido –como lo es él, que así lo recibió de su padre- sabe que si a la Historia de la Iglesia le quitamos la de España, aquella apenas merecería una nota a pie de página de la Historia Universal.

Y puesto que los españoles durante más de doscientos años cargamos con la maldición, más cierto la estupidez, de ensuciar nuestro protagonismo en el mundo, he pensado revivir algunos nombres, bastante olvidados pero mucho más cercanos a nosotros que la Batalla de Clavijo. Empezaré con :

Leonardo Torres Quevedo

Podríamos fijarnos hoy en el reciente centenario -8 de agosto de 2016-  de la inauguración de su TELEFÉRICO sobre las cataratas del Niágara.

Este invento fue obra del cántabro Leonardo Torres Quevedo, justo durante la Guerra Europea de 1914. En América todavía lo llaman “El Spanish Aerocar”. Hoy, con un siglo y tres años de edad, sigue funcionando. Ha trasladado en una distancia de medio kilómetro y a más de 70 metros sobre la catarata, a millones de turistas cada año. Si no conozco el de Niágara sí he comprobado su seguridad asombrosa en el teleférico de Fuente De, en Potes, Cantabria. Dado su éxito, su teleférico se fue instalando en terribles pasos de los Alpes y cientos de otros lugares, turísticos o no, del mundo..

Leonardo Torres Quevedo fue un inventor muy avanzado a su tiempo. Adelanto fue, sin duda, el TELEKINO, mando a distancia que sigue siendo base para los que hoy se fabrican. Y otros muchos de menos brillo como es el caso de “El ajedrecista”.

Creo que un guión sobre la vida de este español daría para una película muy interesante, no sólo por el relieve de sus proyectos y realizaciones, sino por la peripecia de su tiempo y sus personales tics y rarezas. A mí me admira que dedicara tanta afición a Zamenhof, el inventor del esperanto, idioma artificial que don Leonardo habló con fluidez. Pero sobre todo para descubrir que cuando apenas salíamos de la postración del 98 ya fuimos capaces de asombrar al mundo con inventos, y su realización, que son hoy todavía hitos del ingenio del hombre. Y huella imborrable de España.

Hay que visitar las cataratas del Niágara para decir ¡Viva España, Leonardo!

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