Manuel Morillo

Manuel Morillo: «Redes sociales: ¿pa qué?»

Manuel Morillo: "Redes sociales: ¿pa qué?"

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Este título cuestiona una de las típicas puyas o coletillas del humorista José Mota, y creo que deberíamos hacer más el «humor» y menos la guerra.

Últimamente estamos asistiendo a un boom de neologismos anglosajones aplicados a nuestra terminología tecnológica: «hashtag» o etiqueta; «on-line» o en línea, «trending topic» o tendencia; «influencer» o persona influyente; etc; pero lo que más peligroso me resulta es este término, que seguramente muchas personas desconocen: «F.O.M.O (Fear of missing out), que no es otra cosa que el miedo a perderse algo que esté sucediendo en cualquier lugar del universo.

En 90 años hemos pasado de opinar de lo que sucedía lejos de nosotros sin un conocimiento previo, tal como advertía José Ortega y Gasset en su «Rebelión de las masas» de 1931, ese derecho a opinar sin compasión ni comprensión; a un exceso de información que nos hace intentar saber todo lo que sucede a todas horas, y eso no es sano.

Digo que no es sano porque está creando unos niveles altísimos de dependencia de diferentes utensilios con los que la mayoría no sabrían vivir: smartphone, tablet, ordenador…y que si bien nos ayudan mucho en nuestras tareas cotidianas, se han convertido en una especie de brujos malignos que nos incitan a su uso constante, son una especie de droga del siglo XXI, una droga nunca antes conocida ni consumida, porque solo entra en nuestro cerebro través de nuestra sentido visual y nos provoca una exacerbada ansiedad.

Y claro, en el primer lugar del «top-ten» (otro palabro) de esa información o desinformación digital, que deberían llamar visual pero son nuestros intrépidos dedos quienes les dan sus formas maquiavélicas; están las denominadas redes sociales, de las que era un ávido consumidor y de las que puedo decir que me he desintoxicado porque realmente no me llevaban a ningún sitio, solo me entretenían y me hacían perder el tiempo que podía usar para otros menesteres.

El vocablo «entretener» tiene a mi entender dos sentidos, uno de ocio: que es el tiempo de asueto en el que disfrutamos con algo o con alguien; y otro temporal: que ejerce en nosotros una especie de viaje galáctico en el que estás presente pero no latente, o dicho de otro modo, estás como inconsciente , en «standby» , sigues en cuerpo presente pero no en alma. Tu alma se ha vendido al diablo tecnológico, como en el «Fausto» de Goethe pero en versión 3.0.

Hay aquí una problemática gravosa para progenitores, profesorado y por supuesto para los grandes consumidores de información: adolescentes y alumnado en general: ese problema es encontrar el límite entre el entretenimiento, al pasar las horas muertas, o el reconocimiento de estar enganchado a esa morfina digital.

Todas las personas tienen, o deberían tener, un «quehacer», un saber qué hacer a cada momento, el quehacer de cada cual. Ortega y Gasset ya decía que el mero hecho de no hacer nada ya es hacer algo, y lo dijo con gran conocimiento de causa, en el momento de la preponderancia, llámese también rebelión o imperio, de las masas. Siempre he dicho que Ortega fue un gran visionario que predijo muchos hechos que han acabado sucediendo, y nos estaba avisando sin quererlo del problema limítrofe que he anticipado antes.

Hemos de pensar que en esa década de los años 30, de la que nos informaba Ortega, se había avanzado tanto en todos los aspectos que las masas, la muchedumbre, tenía a su alcance cualquier espectáculo que otrora solo estaba destinado a las clases pudientes; en ese momento, cine, teatro o fútbol eran la máxima expresión de esa masa que sentía fervor por lo público. En el ámbito más privado podríamos hablar de lo operístico como paradigma.

Pues si hace 90 años eran imparables, tanto el fenómeno de las masas como el progreso científico-tecnológico, imaginaros esto elevado al infinito en la actualidad,  en el que te consideran una especie de «meteco» griego o analfabeto digital si no tienes ni pajolera idea de las tecnologías de la información. Y la situación de confinamiento no ha hecho más que agravar este concepto, renovarse o morir. El único pero fue que el progreso llevaba y lleva a la destrucción de tanto en tanto, pero eso no es objeto de estudio en este artículo.

Y quien no entra desde luego en este ámbito de analfabetismo digital es cualquier persona nacida después del 2000, lo llevan en la sangre y se vanaglorian de ello, de dejarte atrás (o eso creen). Entonces: ¿Dónde está ese límite que mencionaba anteriormente?, ¿Cómo le dices a alguien que deje de usar un artificio cuando lo usas tú también y no le estás dando ejemplo?, ¿Cómo le pides a un alumno que no utilice un smart phone en el aula pero luego le envías una tarea en la que ese utensilio es vital?.

En fin, ese límite es una tarea ardua pero hay que encontrar un equilibrio en el que el consumidor distinga entre el ocio y el negocio, entre el entretenimiento y la saturación. Si hace casi un siglo se produjo el imperio de las masas, ahora nos encontramos con el imperio digital…y éste ha venido para quedarse.

Manuel Morillo

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