Una humanidad previa a la cristiana

Pedro Rizo: «La mujer y el sexo de los ángeles»

Pedro Rizo: "La mujer y el sexo de los ángeles"

Años atrás recibí un e.mail denigrando a la mujer.

Mi remitente recurría a nombres de una humanidad previa a la cristiana.

PITÁGORAS: “Hay un principio bueno, que nos da el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que nos da el caos, las tinieblas y la mujer”.

SAN JUAN DAMASCENO: «La mujer es una burra tozuda, gusano en el corazón del hombre, hija de la mentira, centinela del infierno, ella expulsó a Adán del Paraíso».

“SAN” TERTULIANO: «Tú eres la puerta del demonio; eres la que quebró el sello de aquel árbol prohibido; eres la primera desertora de la ley divina (…)»

SAN AGUSTÍN: «El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer.»

La fobia a las mujeres suele venir del miedo al sexo contrario, válido también de ellas hacia el hombre, es decir, provienen de una falta de evolución pre-adulta. Si se trata de un casado, de la inconsciente protesta contra deberes imprevistos en su “libre” soltería; o ante una esposa más cultivada e inteligente que él. En general, la beligerancia se nos despierta por el deseo de posesión, que no es egoísmo sino el miedo a amar. Cosa que obliga a vivir en el miedo ignorando al amor.

De los pensamientos que escojo de mi remitente, que canoniza a Tertuliano y a autores de muy variada condición, merece apostillarse San Agustín, del que distingue lo que le gusta sin tener en cuenta la mochila de su vida (s. IV). Su historia juvenil (tuvo una amante absorbente), o la evolución de su pensamiento (influido en el maniqueísmo). Si ha de creerse que el de Hipona no era partidario del matrimonio, debemos ajustarnos a su entero contexto biográfico.  Decía que “un cristiano ama en una misma mujer a la criatura de Dios, lo humano, y odia la unión animal”. Una distinción alma-cuerpo con la que todos gozamos y sufrimos en permanente duplicidad de atractivos. (Gal 5, 17) Aunque peligrosamente anticipado al jansenismo, quizás por ese maniqueísmo de los dos principios divinos: el Bien personificado en lo humano – que es la unión de alma y cuerpo -, y el Mal, representado en el cuerpo – simple soporte animal -, al que considera separado de la criatura humana. Esto es una brillante tontería y artificial soporte de supuestas vocaciones.

La valoración de la mujer, su defensa, es medalla que sólo merece esta civilización nuestra, todavía cristiana, pues que no fue Grecia ni Roma sino la cultura infundida por la Iglesia católica lo que tras siglos de educación colocó a la mujer en el lugar alcanzado – hasta ahora -, en nuestras sociedades. Miren el resto del mundo y no encontrarán otro caso como el del Occidente salido de la fe en Jesucristo. (Recordemos que “cultura” se deriva de “culto”, es decir, de una religión.) Consideren qué es la mujer en todas las culturas ajenas a “lo católico”. Desde la sumeria, babilónica, egipcia, persa, fenicia, judía… hasta los pueblos del Oriente chino, indochino, japonés, mogol y el tapiz salvaje de la negritud africana, o las religiones indo-brahmánicas, el Islam, los lamas, la simplicidad de los aborígenes americanos. En todos, excepto casos irrelevantes, la mujer fue y sigue siendo, algo parecido a un instrumento un poco más útil que un animal o un esclavo. El pensamiento griego y la organización romana tampoco son ejemplo de respeto femenino, hasta que se bautizaron cristianos. Es indiscutible por evidente.

Intentemos, pues, una apología de la mujer ya que en la misma Iglesia, y en ella cierto fundador que rebajó el matrimonio a “clase de tropa”, se ha pecado mucho en este renglón.

Yo encuentro que la mujer, en igualdad de origen y educación, es mejor criatura que el hombre; más sutil, delicada, receptiva e intuitiva; más capacitada para la abnegación y más preparada para pisar tierra firme, lo cual no la priva de idealismo. El hombre es más creativo, más desvalido y, consecuentemente, más audaz en su enfrentamiento a la supervivencia y el dominio de su entorno.

La Iglesia, en virtud de la Nueva Alianza que representó Jesucristo (Jn 19, 26-27) fue la primera institución que se rebeló contra la marginación de la mujer que en la Antigüedad no era mucho más que un recipiente procreador. A la cual, en cuanto al amor sexual, se la desechaba para preferir los efebos, elección que para Platón era “más generosa ya que no se obtenía descendencia”. Caradura aberrante que ignora el objeto de la genitalidad y se queda de guagua con el premio. Lo que ya los antiguos llamaron lascivia.

Dios quiso tanto al hombre en la creación de la mujer que del cielo les mandó el enamoramiento en su edad más hermosa y así el don de saber, ellas y solo ellas, descubrirnos cualidades “silenciosas y cubiertas de polvo”. Por su naturaleza de esposa y madre, la mujer conserva la especie y blinda a la sociedad por el gobierno de la familia, donde el hombre se humaniza desde la primera experiencia en su regazo. Enorme, imprescindible experiencia es la mujer para el hombre; éste, al que Dios creó solo y de cuyos huesos sacó su compañera. De ello empezamos a beneficiarnos en el ‘habitat’ natural de su vientre; cuando nos alimenta a sus pechos, maravilla desde cualquier perspectiva que se estudie; cuando nos asea acostumbrándonos de niños a la limpieza; cuando al bebé que fuimos lo llena de besos, en tanto que “alimento” irreemplazable para nuestro desarrollo; que mientras mece la cuna, de sus labios tomamos “inconsciente conciencia” de que Dios existe. En esto se suma que por su amor al esposo se infunde en el hijo el amor al padre. Todo eso y más nos llega de la mujer en diferentes grados, según el rango de su entorno y clase. Ellas, me refiero a las cristianas, desde niños hasta ancianos nos disponen un hogar limpio y confortable, el calor de una familia y hasta la suerte posible de una sabia ancianidad .

La diferencia diametral de naturalezas, como polos opuestos, nos separan al hombre y a la mujer cuando nos entrometemos cada cual donde no somos; y nos atraen con fuerza sobrenatural cuando las respetamos. La mujer es para el hombre durante toda la vida la amistad del alma… y la pasión unificadora que parece fruta que jamás caduque. Y es en ellas, no sé por qué no lo dije ya, que se nos regala nuestra sucesión en los hijos, única ‘reencarnación’ filosóficamente aceptable.

Pienso que el que las ofende quizás sea porque sólo trató con mujeres heridas que odian al hombre por torpe instinto de conservación… O porque a alguien hay que echar la culpa de sus propios errores. Para entenderlas lo mejor –es lo que me parece- es no dejar de amarlas: como hijos, primero, y como hombres, después. Y si en el tráfico de sentimientos nos tienta el culparlas de nuestros males, leamos las redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz y examinemos si escondemos turbadores subconscientes.

La “manzana” y el pecado.

Mucha novelería rodea a la famosa manzana ideada por los pintores flamencos y renacentistas; más en particular desde que los papas impusieron el celibato para el sacerdocio católico. Hasta el punto de que para bastantes clérigos hoy parezca ser solamente una figura condenatoria del amor humano, reducido a sólo sexo y éste, encima, vilipendiado como si no fuera un don que Dios nos entregó ya en la misma edad de la inocencia.

Adán y Eva fueron criaturas nuevas y singulares, compuestas de espíritu inmortal en un soporte de carne; nuestra unión con la mujer es una aleación -cuerpo y alma – que supera la función cooperadora con gratificaciones que el sexo a solas no puede dar. Así, igual que el instrumento no peca sino la errónea intención de su uso, no hay sexo malo si respeta sus funciones y, sobre todo, el amor que lo enciende. Debemos señalar la gran mentira que presenta la nueva cultura materialista, pues que, contrariamente a lo que se nos propone no hay relación sexual que valga la pena sin amor espiritual. Porque el amor entre hombre y mujer no es la penuria de solo instintos sino de eternas y trascendentes almas personificadas. Realidad que sustenta la indisolubilidad del Matrimonio Cristiano.

En el libro del Génesis podemos advertir que el hombre, por más que presuma de primogenitura, ni siquiera supo ejercerla, como autoridad. Adán aceptó la propuesta de Eva en la primera edición de calzonazos que se registra. Quizás, no lo olvidemos, porque ella era parte de su identidad y seguirla, incluso en el error, fue misterio de solidaridad hacia la especie. Fue a través de una mujer que se iniciaron hechos de “teológica” trascendencia como que, si bien bajo un árbol nos enfrentamos a Dios, por el contrario fue por una doncella, otra mujer, que se inició el rescate del género humano tras aquellos eternos minutos previos al sí de la Anunciación. No sé yo si separados – Eva expulsada por instigadora y nosotros dando nombre a los dinosaurios – habríamos soportado el tedio de no pelear media vida por y con ellas y descubrir que nos quieren hasta cuando nos odian.  Mark Twain imaginó a Adán poniendo en su tumba este epitafio: “Donde quiera estuvo ella, estuvo el Paraíso”.

Sobre la prohibición hacia el árbol del Génesis oí decir hace algunos años al titular de una conocida parroquia del noroeste de Madrid, que nuestros primeros padres cuando tomaron el fruto del Árbol de la Ciencia “robaron la inteligencia”. ¿Será el referente de la formación de la nueva Iglesia? Porque lo dijo un alumno de la sobre-prestigiada escuela de la Santa Cruz y el Opus Dei. Y es que este pasaje de las Escrituras sigue poco aclarado. Lo que hemos sabido siempre sobre el árbol “de la Ciencia del Bien y del Mal” es que en él Dios se reservó el derecho a decidir qué es el Bien y qué el Mal. En esa función se apoyan las Tablas de la Ley, esto es Los Mandamientos. ¿Que robamos la inteligencia…? Si nos quiso tontos ¿para qué mandarnos que domináramos la tierra si es tarea que supone facultades portentosas? Es muy obtuso pensar así de Aquél de cuyo aliento recibimos la vida y el alma y con la inteligencia nos distinguió del resto de las criaturas.

Por tanto, el pecado fundamental de la nueva criatura fue otro distinto al uso del sexo y en absoluto un “robar la inteligencia”. ¡Vaya bobada! El error de nuestros primeros padres, el pecado capital de todos los capitales, fue sin duda el que se apunta: Querer igualarnos con Dios señalando la ley de vida a nuestro capricho y momento.

El Mentiroso engañó a nuestros padres y sigue haciéndolo cuando queremos ver otra cosa diferente a lo que Él nos reveló.(Principio y base del ecumenismo modernista). El resto de los pecados son reediciones de bolsillo que, antes que a Dios, nos hacen daño a nosotros mismos; en cada pecado llevamos la penitencia. Por ejemplo, la gula, la ira y la pereza nos animalizan; o el robo, la envidia, la codicia y el asesinato nos aniquilan socialmente. Con esto se descubre un entendimiento espontáneo. Que Dios con sus leyes miró antes nuestro bien que su imperio. Así su Hijo lo subrayó llamándole Padre y, San Juan, le definió con la palabra: Amor. (1 Jn 4, 8; 4, 16)

Despreciar a la mujer… Pero qué imbéciles. Es tirarnos piedras a nuestro tejado, es otro más de los antagonismos polémicos, lucha de clases, dialéctica progre que todo lo tergiversa. Por eso buscan en la Escritura antigua una enemistad entre la mujer y el hombre, como dice “San” Tertuliano. En lugar de entre la mujer y la serpiente que es lo que dice la Biblia (Gn 3, 15).

Pedro Rizo

 

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