CONSECUENCIAS CULTURALES

Paul Buchet: «El Bien y el Mal en Pandemia»

Paul Buchet: "El Bien y el Mal en Pandemia"

La pandemia del coravid-19  es un fenómeno  que tendrá consecuencias  culturales insospechables.

Nuestra cultura globalizada caracterizada por su individualismo, su existencialismo, su consumismo y sus derroches deja muchos interrogantes. De hecho las manifestaciones masivas en las ciudades del mundo que precedieron la pandemia revelan una gran variedad de indignaciones, de insatisfacciones y de demandas sociales. Las instituciones mismas como los Estados, las Iglesias, las familias viven  en crisis. Es difícil predecir los cambios culturales  que se producirán inexorablemente sólo se pueden hacer algunas reflexiones  particulares  para ayudar a lo que vendrá.

La pandemia  sorprendió  cómo menos se la esperaba. Después de muchos grandes  descubrimientos científicos y en medio del entusiasmo mundial por  las nuevas  tecnologías, fue como abrir una caja de pandora, las vidas personales,  familiares y laborales se perturbaron, la educación formal se suspendió y las emergencias sanitarias  y sociales, tambalean  las economías domésticas, estatales e internacionales y se destaparon angustias olvidadas.

Después de las primeras emociones, se puede celebrar el profesionalismo y la entrega del personal medical, la socialización de los Estados y  las solidaridades que se van construyendo pero un malestar existencial sigue vigente y se  manifiesta por las impaciencias, los problemas mentales del confinamiento y los  desórdenes sociales. Se espera  tener luego las vacunas y poder erradicar más o menos esta enfermedad  como las anteriores  pero algo cambió.

Se recuerda  la reconstrucción de la post guerra mundial,  el animó de las poblaciones para recuperarse,  la esperanza  de sanar las heridas y  de llegar  a un mejor  bien estar que el anterior.  Los ánimos actuales son diferentes, se nota  más  inseguridad y dudas respecto al porvenir. Por muchos comentarios que existen, se sufre del silencio de la inteligencia, de la debilidad ideológica, de la falta de verdaderos líderes. Las opiniones  contradictorias se desparraman en las redes sociales. En la política y en las religiones se acentúan las  divisiones y los vacíos. La historia seguirá su curso pero  se producirán  cambios culturales frutos de una multiplicidad de posicionamientos diversos. Algunos cambios serán circunstanciales, la globalización obliga pero se espera  que surjan cambios reflexionados y decididos tanto en la política que en las religiones.

Gran parte de la población del mundo occidental  comparte todavía una cultura  heredada de la ex civilización cristiana. Aun cuando las religiones son menos practicadas, mantienen una cierta mentalidad influente en las poblaciones. La preocupación caritativa  para los pobres y los débiles es sin duda una herencia cristiana  y humanitaria preciosa,  también  la idea misma del” Progreso” de la humanidad pero existen también ideas y prácticas tradicionales  que son cuestionables para la superación de la crisis y también para el futuro de las próximas generaciones.

El hombre puede descubrir la inmensidad del Universo pero  se interroga de  su ingenuidad para  un Progreso ilimitado. Delante las catástrofes naturales, los problemas ecológicos, las violencias y ahora este virus tan difícil, vuelven las antiguas dudas existenciales, se descubren  nuevas responsabilidades y culpabilidades…. Se envejecieron las ideas tradicionales, muchos valores se desplazan, unos nuevos se  descubren. El cristianismo, tiene sus propias ideas acerca del Bien y del Mal , las otras religiones como el Hinduismo, el Budismo y el Islam no interpretan de la misma manera los valores y la percepción del Mal, del progreso… El Mal, la culpabilidad y el pecado pertenecen a las  inteligencias  propias del judaísmo y del cristianismo. La tradición católica   explica el Bien y el Mal  como un conocimiento  “natural” del ser humano (la consciencia)  que se concreta en una ética social y en los  códigos morales que las sociedades adoptan por su cuenta. De este “conocimiento”  se dedujeron  las ideas de responsabilidades, de culpabilidades  y de pecados.

Los filósofos modernos han criticado  esta interpretación cristiana de la consciencia humana, los científicos, los psicólogos y los sociólogos  han trabajado para entender y  mejorar esta facultad  pero  el discurso cristiano  se quedó encerrado  en explicaciones  incomprensibles. No es seguro que el confinamiento que dejo las misas y los cultos en recaudo vaya  favoreciendo una mejor espiritualidad  de las personas.

Pensando en el aporte del cristianismo para  los cambios en la  post- pandemia, lo primero que se puede decir es que la cristiandad  desorientó las consciencias cuando  priorizó la consideración del Mal. El Bien, lo bello y lo bueno  están  menos tomados en cuenta. El segundo relato bíblico de la creación es el preferido de muchos predicadores,  trata del problema del Mal y sobretodo de la responsabilidad humana. El primero relato es, él,  más positivo porque celebra lo bien hecho de todo  lo creado junto al cual añade  el encargo de Dios al hombre de progresar. La religión cristiana no valoró lo suficiente las realidades terrestres y prefirió hacerse cargo del mal cometido por el hombre  (el pecado)

La última petición del “Padre Nuestro” después del perdón de las ofensas pide sencillamente a Dios la liberación del mal y el concilio Vaticano II, apenas lo menciona, diciendo escuetamente  que: “el hombre es incapaz de dominarlo (el mal),… que la Ley divina le advierte para evitarlo…, que el hombre está inclinado al mal desde su nacimiento. No se habla casi nada  del  “mal sufrido” como los cataclismos, las inundaciones, las enfermedades, los accidentes. Se devuelven los cristianos al enigma del viejo Job de la Biblia. El filósofo P Ricoeur  dice que el mal no es nada sino el comienzo del Bien.

Las preocupaciones del pecado han literalmente obsesionado el cristianismo. A la cristiandad  le gusta de sobremanera referirse a  la “historia” de Adán y Eva comiendo el fruto prohibido del árbol del conocimiento del Bien y del mal. Esa idea del “pecado originel” declara  “desesperada” la existencia de todo recién nacido, es una  “culpa” iniical que produjó  todas las dificultades de vivir a los hombres y mujeres. La antropología puede haber denunciado la imposibilidad histórica de un acto humano prehistórico que habría condenado para siempre la humanidad pero  el problema es que los católicos se aferran a este concepto para urgir su práctica del bautismo de los niños que “lava de la mancha del pecado original”, y para los evangélicos, por este pecado inicial,  los seres humanos se contagian irremediablemente  de  la condición de pecador, y sólo Dios puede salvarlos, por su misericordia,  no les imputa  sus pecados  si se conviertan.  Se puede criticar estas  consideraciones religiosas pero no se puede  olvidar que el problema del Bien y del Mal sigue vigente en medio de esta pandemia. La problemática es de  reequilibrar  estas nociones cristianas para contribuir a superar  esta emergencia.

Importa darles su importancia a las teorías de la evolución de las especies y la expansión del universo. Si las religiones podrían asumirlas mejor,  impactarían para el progreso cultural mundial. Estos conocimientos científicos entregan unas perspectivas más positivas de la existencia. La evolución progresivo del mundo con sus percances y  avances tiene una  autonomía que facilita una mejor valoración de la Creación divina.  La condición humana con sus limitaciones innatas ¿tendrá culpa? No es mejor pensar que  carece de una relación prestablecida  con Dios. Si hay que hablar de pecado originel,  y después de pecados cometidos se debe hablar de separación  de con  Dios. Todo ser humano para cumplir su destino necesita entrar en contacto con Dios. Salir del agua bautismal  es   nacer de nuevo para  la vida de  “hijo de Dios”.  San Pablo habla de “la ansiosa espera de la creación entera  para ser liberada  de la  servidumbre de la corrupción y participar a la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. Es interesante colocar el coronavirus en esta perspectiva.

Existe otro malentendido  en el cristianismo :  la preocupación exagerada por de la moralidad. A las autoridades religiosas  les gusta erigirse en maestras de moral, les gusta enseñar y controlar la actuación de los hombres. Es una herencia de los maestros de la Ley Mosaica (los diez mandamientos). La Iglesia católica en particular  se instaló  con su código  moral anterior al de los  estados, pero la moral  es asunto humano o  civil,  se refiere a la vida personal  y al orden público para el l Bien común. Tan  poderosa se puso la Institución eclesial  con sus predicas de  condenaciones eterna que hasta  Napoleón mismo decía que prefería  en un pueblo mejor un cura mejor  que 10 gendarmes. El “pecado” a lo contrario  es una realidad religiosa, es una ruptura de relación con  Dios. Hablar de “ culpa”, “deuda”, “ desobediencia”, “ofensa”  es un lenguaje  medievo que trata a Dios como dignitario, cobrador, mandamás… cuando Jesús nos dijo de llamar a Dios “Padre”.  Somos nosotros los sarmientos de Él que es la vid. Pecar es separación fatal de la Vida verdadera.

Es entonces importante  hacer las diferencias  entre una falta moral, delito y  pecado.  Según la cultura en la que se vive,  se sostiene unos valores determinados (libertad, justicia, solidaridad…) Por ejemplos el humanismo personalista  defiende los derechos humanos y puede denunciar los culpables de estos atropellos.  A  otro  nivel, los países, acuerdan unos códigos  “éticos” (de valores consensuados :la Constitución). Las leyes norman las conductas de los ciudadanos y la justicia castiga los infractores.  De tal manera que un delito puede no ser pecado y puede ser pecado  lo que no es delito.

Durante siglos las Iglesias buscaron  tutelar los gobiernos para imponer sus propios códigos morales  en torno a la “Ley natural,  las doctrinas morales y sociales, se crearon conflictos en temas como el divorcio, la homosexualidad, la reproducción  por laboratorio, …

Es urgente que las iglesias rectifiquen  sus malentendidos. La Iglesia católica  en particular tiene una práctica del sacramento del perdón de Dios que hace crisis. Como  ejemplo, durante décadas, delante los confesionarios se mantuvieron filas de parejas confesándose toda las semanas por estar practicando la regulación de nacimientos con métodos no naturales, esto creó una escrupulosidad  morbosa o una desafectación notoria.  También por el secreto de la confesión se encubren delitos graves  cuando  se da la absolución y la comunión  a violadores  y pedófilos sin mayor penitencia.

Todo esto no es para desvalorizar los  ritos sacramentales de la reconciliación con Dios.  La Iglesia restablece la relación con Dios que perdona vale decir que lo rehabilita el pecador como hijo suyo. Es también una riqueza de la Iglesia de promover por la confesión  de los pecados un perfeccionamiento de los lazos con Dios. La santidad de la comunidad cristiana es testimonio para que el mundo crea,  las corrupciones en la iglesia  son doblemente escandalosas. Se  puede preguntar  también ¿porque  la concientización del pecado, el arrepentimiento y  la gracia del perdón de Dios no pueden compartirse  de otra manera que individualmente  en un acto de reconciliación comunitario con Dios?

En el corazón del cristianismo hay muchos sentimientos positivos  que se pueden rehabilitar. Al hacerlo las religiones aportarán lo suyo a la nueva cultura que emergerá.  Entretanto se agradece por el Espíritu de Dios  que guía  muchas buenas voluntades para  superar esta crisis del coronavirus. Se solidariza  con las víctimas de la pandemia, el rostro actual de Cristo crucificado.

Paul Buchet

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