Manuel Olmeda Carrasco: «Nuevas martingalas: vacunas y fondos europeos»

Pedro Sánchez
Pedro Sánchez

Cuando alguien resulta incompetente absoluto —más si recibe un histórico rechazo ciudadano— se agarra desesperadamente al uso de diversas martingalas para no perder perspectiva ni descuidar la escena. Le ocurre a Pedro Sánchez, cuya incapacidad viene acompañada de malsanos vicios: vanidad, falacia y egolatría enfermizas, entre otros. Solo individuos como él, vinculados a aspectos parcialmente indecorosos, pueden mantener tal hipoteca sin anotar alteración alguna. Tras la debacle madrileña imputable a él casi en exclusiva, desde mi punto de vista, se ha percibido un silencio táctico, pero no ningún gesto de propio arrepentimiento o inquietud. Al contrario, ya ha buscado oportunas cabezas de turco para arrostrar cualquier peaje que alguien pudiera exigirle. Desde luego, la valentía únicamente se confirma en coyunturas extremas. No es el caso.

Martingala, según el DRAE en su acepción primera, significa: “Artificio o astucia para engañar a alguien, o para otro fin”. Completo muestrario de dicho vocablo, con diferentes modalidades y matices, podrán apreciarse a lo largo de los próximos meses —si tenemos a punto el juicio crítico— cual certeros, novedosos e incuestionables remedios. Sánchez (apellido patronímico que significa hijo de Sancho) es el nuevo Sancho Panza conocedor del bálsamo de Fierabrás. Sin embargo, contra su vieja e hipotética función curativa de dolencias físicas, la nueva poción mágica remediará los males del ciudadano cuando el gobierno aplique su mejunje. Este taumaturgo, si fuese preciso, se revestirá de hada madrina, tan ficticia como la Cenicienta, si ello le lleva a restablecer aquella añeja seducción y mantenerse palaciego, aunque a altas horas pudiera perder uno de sus zapatos. La apetencia es alargar sine die el “bailoteo litúrgico”.

Observo estupefacto el caparazón exhibido por nuestro presidente cada miércoles, día de control al gobierno. Gesto y réplica irradian desprecio a los españoles, a diputados rivales (a veces incluso a congresistas afines, codiciosos, que lo sostienen sin pudor) y a la propia Cámara. Me pregunto con cierta inconsciencia qué habrán visto mis conciudadanos en Sánchez para izarlo tan alto. Seguramente han descubierto méritos ignotos, sinuosos, que el resto no apreciamos y, desde luego, menos hechos que los avalen. Ha jugado con España a la gallina ciega desde todos los ámbitos posibles: sanitario, económico, institucional, político, jurídico y resto, por si dejara alguno. Como consecuencia —y flanqueado por cientos de asesores e Iván Redondo que redondea el número, nunca mejor dicho— encuentra cristianos a quienes arrojar a los leones sin distinguir coliseo concreto.

Gar-Mar (padre Vicente García Martínez) expresó: “El silencio es a veces una mala respuesta, una respuesta amarguísima”. ¿Pudo realizar un ejercicio de clarividencia sobre Sánchez cuando compuso sentencia tan agria y exacta? Ignoro si su retiro fue una cura de humildad ineludible o tránsito táctico para sembrar el olvido penitente que reparara la herida electoral del 4-M. Vuelto al mundo rutinario avista parecido desprecio, altivez e insolencia, anteriores al proceso balsámico, reconstituyente. Debemos presuponerle, a estas alturas, alguna anomalía epistemológica si no reducido coeficiente intelectual. Solo así lograremos concebir que siga uncido al palo de la noria y de vueltas a ver si los viejos cangilones recogen copiosas rentas políticas. Ocurre, no obstante, que demasiados de ellos están ya agujereados y descargan nada, solo fatuas fantasías.

Hoy toca abundar sobre vacunas y derrota (por segunda vez, quizás tercera) del virus como resultado adjunto. Desde enero lleva anunciando la inmunidad de rebaño (modificada a grupo, menos peyorativa pero más engañosa) a finales de agosto. Le reconozco una rara habilidad para cubrirse las espaldas por él mismo o a cargo de abnegados botarates. La presunta inmunidad, allá por agosto abrasador, le supondrá apropiarse —en su retiro vacacional— de un triunfo indecoroso porque el éxito le correspondería a la CE y Comunidades encargadas de su proceso posterior. Si para esas fechas el porcentaje de inmunidad fuera irrisorio, serían culpables los distintos laboratorios por incumplimiento de contrato. Eso sí, encadenado a impúdico descaro y artillería mediática al efecto de persuadir a quienes repele comulgar con ruedas de molino.

Corroboradas las palabras de Unamuno: “A veces el silencio es la peor mentira”, tendremos certidumbre de que Sánchez embauca cuando habla y magnifica la falacia si calla. Sus irregulares mutis o reservas potencian episodios donde lo inverosímil hornea infundios espectaculares. Los tiempos completan una alternancia hasta ahora eficaz, desconozco si debido a habilidad del personaje o mentecatez del conjunto. Desde aquella tomadura de pelo a los militantes para convertirse en secretario general (léase capo intocable), los españoles somos voraces esponjas, tal vez humillantes receptores, de patrañas sin fin. El Plan de Recuperación y Resiliencia —solo el epígrafe debería levantar sospechas— ha calado tan hondo en Europa que vaticinan la mayor subida del PIB en la UE durante los próximos dos años, aunque paradójicamente no disminuya el paro. ¿Cómo armonizamos tal contradicción? Dicho amasijo mezcla aserciones sin sentido, ilógicas.

Mientras, pasea obcecado por el espacio nacional, con terquedad cargante, ciento cuarenta mil millones de fondos europeos. Me recuerda la táctica de Queipo de Llano haciendo deambular por Sevilla “cuatro legionarios”, para conseguir una sensación enfática, artera, delirante o el cuento del manjar degustado al aroma y su correspondiente pago sonoro con el tintineo monetario. Sánchez, perillán donde los haya, logra que el efecto Marshall tenga una insólita elasticidad. Si de la nada crea una economía sobrecogedora, paradigmática, qué no se encumbrará con las perspectivas avaladas por estudios internacionales para las dos próximas temporadas. El sentido común y la criba empirista me incitan a dudar sobre cualquier predicción, sea proveniente del fantaseo presidencial o especialistas mundiales cuyos datos indiciarios se estiman falsos, prestos a dar el pego. Este tema, sustantivo, viene acompañado del absurdo como música de fondo.

Pese a la incompetencia manifiesta, Sánchez ofrece auténtica pericia para acercarse a siglas inconvenientes siempre que le permitan objetivos rutilantes. Denuncia contactos peligrosos del PP cuando él se ayuga con partidos totalitarios, algunos que se definen antiespañoles y remata propinando abrazos a Bildu. La exaltación que le brinda esa amplia claque del Congreso, del organigrama sanchista y de “solventes asesores”, deja al descubierto qué predicamento moral acompaña a tan “intachables” servidores públicos. Es comprensible que cada cual defienda sus lentejas (legumbre bíblica) porque se ha acentuado aquella amenaza de Guerra: “Quién se mueva no sale en la foto” y eso esconde un significado prosaico: pasar de miles de euros mensuales al paro; en el mejor de los casos a cobrar mil euros escasos. Atentos Susana Díaz y barones contestatarios; os la tiene jurada.

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