Los grandes medios de comunicación la han silenciado

La histórica marcha a La Moncloa

El pasado 7 de noviembre, por primera vez en la historia de España, mil ciudadanos marcharón a La Moncloa para pedir la dimisión de su presidente

Recuerdo aún con cierta perplejidad la respuesta del inspector al mando del cordón policial en La Moncloa cuando le pregunté por qué se nos impedía llegar hasta la verja para hacer visible nuestra protesta, y me respondió que tenía órdenes de crear un perímetro de seguridad. Al margen de que el inspector tan sólo cumpliera órdenes sin tener por qué estar necesariamente de acuerdo con ellas, no pude evitar sermonearle. El caso es que no he dejado de darle vueltas a su respuesta y, especialmente, a ese perímetro de seguridad que se expande de forma tan ilegítima como arbitraria desde todo aquello que tenga que ver con el poder político.

No veo qué seria amenaza podía representar para aquel bunker inexpugnable, eufemísticamente llamado palacio, un grupo de ciudadanos que, en condiciones normales, preferiría estar a lo suyo. Es más, tal y como están las cosas, entendería que la policía creara espacios de seguridad imaginarios pero en sentido inverso, es decir: que formara un perímetro de seguridad alrededor de los ciudadanos para protegerlos de los políticos.

El 7 de noviembre sirvió para muchas cosas, más de las que habría imaginado. Pero destaca sobre todas ellas la imagen reveladora que el perímetro de seguridad se encargó de plasmar con nitidez. De un lado, aquella verja, con sus formidables barrotes de acero de más de cinco metros de altura y aquel despliegue policial protegiendo un edificio fantasmagórico y a buen seguro prácticamente deshabitado, y del otro, aquel grupo de ciudadanos armados con aquellos temibles carteles de cartón pluma. Cuanto más analizo aquella escena, más claro tengo que la estupidez de unos pocos gobierna sobre otros muchos y que los perímetros de seguridad que se dibujan en el aire y nos atenazan no sólo existen alrededor de aquel palacio fortificado, sino que se multiplican por doquier.

De un lado, aquella verja, con sus formidables barrotes de acero de más de cinco metros de altura y aquel despliegue policial protegiendo un edificio fantasmagórico y a buen seguro prácticamente deshabitado, y del otro, aquel grupo de ciudadanos armados con aquellos temibles carteles de cartón pluma.

Para las clases medias trabajadoras, es decir, para el 80% de los ciudadanos censados en España, hay tantos perímetros como amenazas reales o imaginarias tiene a bien decretar la casta política y sus interesados aliados. No están indicados en ningún mapa porque legalmente no pueden ser reconocidos, y no hay señales preceptivas que avisen de su existencia porque se delimitan sobre la marcha según convenga en cada caso.

Hay perímetros de seguridad de muchas clases, todos invisibles. Los hay en los grandes medios de comunicación, que filtran hasta la última noticia, grande o pequeña, para servir a la mesa el menú más adecuado, imponiendo una severa dieta de noticias muy escasa en proteínas. «Hoy de primero tiene usted media de Gürtel. Y para compensar el exceso de grasas saturadas, otra media de Faisán. De la crisis, unas frugales delicias salteadas de cifras. De postre, el plato fuerte: pastel de asesinato, paliza, robo y accidente de tráfico, aderezado con una fina capa de hojaldre de lejanas desgracias. Y para la cena, fútbol, mucho fútbol».

Si hablamos de esa otra parte de la información que nos venden como opinión y análisis, hay un perímetro de seguridad cuya misión consiste en evitar cualquier debate que no tenga como leitmotiv las obras menores de la casta política. Sus altercados, sus corruptelas y sus consignas son los protagonistas absolutos de cualquier buena velada en prime time. Más allá de todo esto se impone el silencio más absoluto y se extiende el vacío infinito. No hay más que ver la cara de cartón piedra que se les pone a los tertulianos cuando alguien sin previo aviso – casi siempre por error o descuido – se salta el guión. El silencio se vuelve tan denso que se podría esculpir con un cincel. A este respecto, no puedo evitar recordar a mi viejo profesor de filosofía, quien definía esos momentos de silencio como «los silencios del saber». Estoy seguro que a día de hoy los redefiniría como «los silencios del no saber».

Los perímetros de seguridad también se imponen en nosotros mismos en forma de autocensura. Expresar determinadas ideas y convicciones genera alarma, más que por el significado de las mismas, por la agresión intelectual que supone llevar la conversación hasta cotas inusitadamente elevadas, vulnerando el invisible perímetro de seguridad de lo trivial. Por último, lo políticamente correcto es otro perímetro de seguridad impuesto por el pensamiento totalitario.

En esta España secuestrada por el poder político, el manual del buen urbanita impone un número de perímetros de seguridad casi inagotable, uno por cada tema que pueda volverse inquietante a poco que se profundice en él. La buena relación con cualquier conocido se basa en mantener cierto nivel de ignorancia y desentendimiento. Si bien se puede polemizar sobre todo lo trivial hasta hartarse, en modo alguno está bien visto aventurarse en cuestiones más trascendentes. Todos estos perímetros de seguridad, que se han ido imponiendo tanto en el exterior como en el interior de la propia persona, nos han llevado a la incomunicación, al aislamiento y la soledad. Nos debilitan y nos hacen vulnerables. Y de eso se trata.

Pero en esta ocasión el 7 de noviembre se produjo un pequeño pero trascendental cambio. Aquel inspector de policía fue enviado a La Moncloa con la misión de crear un nuevo muro de contención con carácter de urgencia. ¿Por qué? La pregunta, aunque obvia, tiene una respuesta novedosa y esperanzadora. Quien lo ordenó se había dado perfecta cuenta de que todos los demás perímetros de seguridad habían dejado de existir y las alarmas, tras tanto tiempo silenciosas, sonaron atronadoras. Aquel perímetro de seguridad de última hora fue una muestra de debilidad inaudita y, al mismo tiempo, una prueba de nuestra creciente fuerza.

 

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