‘The New York Times’ nos presenta como “la sombra de Europa”

El desasosiego nacional español

El pasmo exterior es general y los avisos sobre la economía no cesan de llegar

El desasosiego nacional español
Las largas colas del paro ante las oficinas de empleo. EFE

Madrid ahora es una cena. Han vuelto los refrigerios vespertinos a medida que las gentes se atragantan con almuerzos apresurados y a medida, también, que el desasosiego ha cundido entre amplias capas de la población.

Las cenas se convocan a las nueve de la noche, o sea cuando aún el sol pica y cuando en el estómago no suele caber más que una sal de frutas procedente de la comida. Pero las cenas proliferan porque a esas horas parece que ya se puede hablar mal de Zapatero con mayor libertad.

La gente cree que, pasadas las ocho, los espías de Rubalcaba y del militar del CNI de Zapatero y Bono se van de fiesta, y no se dedican a su menester, que no es otro que poner la oreja para trincar a todo el que pone mal al Gobierno.

De modo que las cenas están de moda con un solo objetivo: hacerse lenguas de lo mal que está todo y de hasta dónde nos puede llevar este insensato.

También se habla, es verdad, del deterioro físico, ojeras en forma de alforjas incluidas, en que ha caído el presidente, de los sudores calientes que cada día corren más profusos por la faz del ex candidato a la Presidencia del Gobierno, José Bono Martínez, del último estirón del bono español respecto al alemán (aquí el que no sabe de bonos, con minúscula, es sencillamente un irresponsable), de las ruinas de los medios informativos socialistas (Prisa, al parecer ha pedido a la Seguridad Social que aplace sus pagos), de cómo los insultos de la izquierda aún mandante son ternezas poéticas mientras los de la derecha abyectas invectivas fascistas, y se habla por fin, entre los espárragos, cada día más tiesos, y la merluza, cada día más garbancera (te la tomes como te la tomes nunca sabe en Madrid a merluza), del último rumor que sitúa a varios personajes de la Villa y Corte con tumores irreversibles de sigma, un cáncer que ofrece grandes esperanzas a los enemigos del enfermo.

El Cacao español

Pero, sobre todo, se habla del cacao español últimamente aderezado por la resurrección de la enemiga externa, un doble término que se inventó Franco o su escritor, el crítico taurino trincón Lozano Sevilla, y que volcaba sobre cualquier país extranjero que osara una crítica, por suave que fuera, al Régimen una sarta de improperios publicados en el Arriba, periódico en el que escribieron muchos socialistas y mediopensionistas de antes y de ahora.

José Blanco, al que no se le conocen demasiados viajes, se ha sumado a la pléyade de adictos que defienden a Zapatero y trituran a Europa, sobre todo a Alemania, llamándola ya antiespañola y egoísta, y aquí se ha abierto la veda de la caza del foráneo censor o detractor.

A diario, los jefes de Prensa socialistas empiezan su jornada tratando de entender lo que periódicos como el francés Le Figaro o el más complicado Frankfurter Allgemeine Zeitung escriben sobre Zapatero y cuadrilla.

Y claro, amanecen como si se hubieran tragado un cocodrilo. El pasado jueves, el Frankfurter alertaba con dos apreciaciones sobre nuestra precariedad: «La desconfianza se mantiene sobre la economía española», y «El aumento del riesgo es alarmante».

El pasmo exterior es general, acendrado además, por la opinión que un par de bancos americanos han formulado sobre la evolución del desempleo en España: nada menos que para 2011 el 22% del país al paro.

Descrédito nacional

Los españoles ya ni siquiera se creen al gerente del FMI, Strauss-Kahh y sus palabras de templaza. El solo hecho de que el francés haya tenido que venir a Madrid ya supone que la confianza en lo que les dicen desde España es muy pequeñita.

Contaba con una enorme puntillosidad, enorme rigor pero, hay que decirlo, con más discreción de la que se puede atribuir a un periodista veterano, nuestro corresponsal político, Miguel Gil, el grado de espanto que se ha traído Mariano Rajoy de su reunión con los líderes continentales.

La crónica no tenía desperdicio: de ella, se derivaban dos conclusiones: la primera, el absoluto descrédito que sufre Zapatero entre los gobernantes económicos populares de la Unión Europea; la segunda, el pitorreo, como suena, que alguno de ellos, quizá el propio Berlusconi, se trae con nuestro todavía presidente del Gobierno.

Contaba algo más que es preciso reiterar: uno, que la vicepresidenta Salgado se las ve y se las desea para comunicarse con Zapatero y narrarle cómo marchan sus conversaciones, por ejemplo en Bruselas, y, dos, que alguno de los fontaneros que rodean a Zapatero (no quiero pensar que estemos hablando de Bernardino León) se permitió amenazar a uno de los coordinadores de los ministros económicos del Partido Popular Europeo, una vez que éste, finés para más señas, pusiera en solfa todas y cada una de las medidas adoptadas, es un decir, por el presidente español.

«Sabemos quién eres», llegó a decirle al parecer este ufano monaguillo a lo Corleone.

El calendario útil

A lo peor, este vocinglero funcionario no conocía aún la calificación que un periódico nada sospechoso de conservadurismo cavernícola como el The New York Times dedicaba a nuestro país. Nos describía así «España, la sombra de Europa«.

Antes, en tiempos de Aznar, éramos el sol, y él, Zapatero, nos iba a llevar al «corazón de Europa», ahora nos hemos convertido en el problema, en la casquería continental.

Los europeos no se acaban de conformar con ese calendario utilitarista (sobre todo para el nacionalismo catalán y algunos empresarios) que se quiere rellenar de aquí, ya casi julio, hasta el próximo mes de enero.

Consta de cuatro etapas: primera, Zapatero pierde clamorosamente el Debate sobre el Estado de la Nación; segunda, se pega en octubre un gran morrazo en las elecciones catalanas; tercera, no hay quien le apruebe los Presupuestos; y cuarta, en definitiva, no le queda otro remedio que convocar elecciones generales anticipadas.

Y mientras, ¿qué?, ¿dejamos que el gerente de la catástrofe pilote las reformas? Una invitación al suicidio: tal calendario no arreglará el mercado laboral, no inflará de nuevo la burbuja inmobiliaria, apenas disminuirá el déficit, aminorará sólo unos milloncejos nuestro terrible endeudamiento, seguirá bajo mínimos nuestra productividad y continuaremos sin competir en igualdad de condiciones con nuestros socios europeos, no digamos ya con los americanos y los asiáticos emergentes.

Pero esto es lo que se lleva ahora. Se me olvidaba un aditamento: el cambio de Gobierno. Quinielas, las hay; incluso surge de nuevo el nombre de Miguel Boyer, un veleta que va y viene y que ahora parece que se ha convertido en consejero del mismísimo Zapatero.

A la vejez, viruelas. Lo seguro no es más que esto: con este hombre no vamos a parte alguna pero, es más: o se ataca de forma revolucionaria la reforma del macroestado que nos desfalca o continuaremos en la ruina al menos una década.

Ahora mismo ya no parece una blasfemia solicitar la deconstrucción del estado parcial de las autonomías. No es que no nos guste, es que no se puede pagar.

Hace unos días, una economista de la que lamento no recordar el apellido propugnaba, en una arrebato de acracia controlada, partir de cero, revisar todos los servicios que la propia tecnología ha dejado obsoletos. Proponía por ejemplo los Correos estatales.

Era una apuesta brillante y tentadora, pero claro está que los socialistas que intervienen hasta el billete del Metro estarían absolutamente en contra de la idea. Ésa podría ser una estupenda razón para intentarlo.

NOTA.- este artículo se publico originalmente en La Gaceta.

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