Hasta que el vapuleado Zapatero vuelva a ganar las elecciones

Aquí en España puede ya pasar cualquier cosa

Escribe Ignacio Camacho en ABC -«El día de los prodigios«- que si Alberto de Mónaco se va a casar ya nada es imposible, incluso que el Tribunal Constitucional parezca decidido a alumbrar el lunes una sentencia -ya casi da igual en qué sentido con tal de que la saquen de una vez- sobre el Estatuto de Cataluña.

Un día iluminado por prodigios de este calibre puede dar lugar a cualquier extravagancia, rebasada de antemano la capacidad de asombro del más escéptico de los mortales.

Hay jornadas en que conviene estar preparados para todo; cuando los astros se cuadran en determinados vértices del cielo la Humanidad es capaz de superarse a sí misma.

Las noches de San Juan tienen fama de mágicas y al calor de las hogueras y el conjuro de las brujas suceden a veces fenómenos anormales y portentos extraordinarios.

Este miércoles, 23 de junio de 2010, ocurrieron hechos ciertamente inusuales, propios de las conjunciones planetarias profetizadas por Leire Pajín para el semestre de presidencia europea, que como los shakesperianos idus de marzo aún no ha concluido del todo.

Socialistas y populares alcanzaron al fin a ponerse de acuerdo en algo -el recorte de los gastos electorales-, acontecimiento que por sí solo constituye una gozosa novedad en el clima de enfrentamiento trincherizo que los absorbe, y hasta sus diputados rieron juntos el enésimo lapsus cómico -llamó Tararí a un congresista apellidado Matarí- del vicepresidente Chaves.

Zapatero admitió una leve autocrítica sobre los efectos de su reforma laboral -en el contexto de una autosatisfecha crecida, que tampoco hay que pasarse de optimistas- y Esperanza Aguirre forzó la renuncia del cabecilla de su oscura brigada de mortadelos.

El más reputado de los especuladores financieros mundiales anunció su intención de colocar a la orgullosa Alemania en el punto de mira de sus desestabilizadores manejos bursátiles, y la burocracia reguladora de Bruselas impuso una multa millonaria a un cartel europeo de fabricantes de retretes.

Como el día estaba metido en excentricidades, Sarkozy llamó al Elíseo al capitán de la selección francesa de fútbol para pedirle explicaciones del fracaso mundialista, en un trasunto paródico de la severa entrevista en el Despacho Oval entre Obama y el rebelde general de las tropas de Afganistán.

Todas esas rarezas presagiaban el inminente alumbramiento de un suceso inesperado de consecuencias telúricas, pero resultaba del todo imprevisible que fuese a tratarse del compromiso matrimonial del heredero monegasco, la única corona del mundo cuyo reino descansa sobre un casino.

Sucedió, y a partir de ahora nada es descartable en la vieja Europa.

Ni siquiera que el vapuleado Zapatero acabe recortando el subsidio de desempleo… y vuelva a ganar las elecciones.

 

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