La caída de Occidente.

MADRID, 22 (OTR/PRESS)

No necesito releer a Spengler para hacerme una idea aproximada de la caída del Imperio Romano. Me imagino a los patricios, en las termas, haciendo cálculos sobre lo que les va a costar la boda de una hija, de la misma manera que los pijos de Houston o de Madrid, en la cafetería del gimnasio, comentan los últimos desastres de los Yorkers o del Real Madrid, mientras Wall Street reacciona ante las medidas de Obama como si se hubiera declarado un incendio, y el Ibex baja por las escaleras del 8.000 hasta darse de bruces con el Siete.

Sólo me faltaba escuchar a los sindicalistas de la enseñanza hablar del éxito de la huelga, que permitirá con esta grandilocuente victoria que los profesores cobren este mes dos o tres días menos, mientras el público en general, y los padres en particular, recuerdan que los profesores tienen trabajo fijo, y que claman mucho por la enseñanza y la sanidad pública, pero los jerarcas llevan a sus hijos a la enseñanza privada y, como funcionarios que son, huyen de la Seguridad Social y se acogen al sistema sanitario de la Muface.

La decadencia del Imperio Romano comenzó el día que los hijos de los patricios dejaron de nutrir a las centurias, y la decadencia de Occidente cuando se consideró que los Ejércitos debían de estar formados por los pobres o los inmigrantes que aspiraban a tener papeles. La gente habla de que hay apretarse el cinturón para salvarnos todos, con la boca pequeña, pero se pone como un basilisco si le exigen legalmente dos horas más de trabajo, mientras los sindicatos, que viven tiempos difíciles para mantener cierto prestigio y salvar la cara, curan su silencio ante el ataque a las pensiones con esta fiesta folklórica tan triunfal.

No necesito ir a la biblioteca para releer «La Decadencia de Occidente», y percibir que estamos ante el final de un ciclo, en la agonía de un periodo que da los últimos estertores, mientras algunos sordos se entretienen con nacionalismos de juguete, mientras caen los muros imperiales y siguen alimentando leyendas que nunca existieron. Se trata de un panorama patético, terrible y estremecedor: cientos de millones de personas caminando hacia el abismo como si hubiera un puente que nunca existió.

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